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Salmos 35

NTBT-2026-11-07

Salmos: oración, sabiduría y esperanza ante Dios

Salmos enseña a llevar toda la vida delante de Jehová: la alegría y el dolor, la culpa y el perdón, la gratitud y las preguntas que todavía esperan respuesta. Sus ciento cincuenta poemas forman un libro de oración y alabanza que llama a confiar en el Dios santo, justo y misericordioso.

Un libro con muchas voces

La colección no procede de un único autor ni de una sola circunstancia. Sus inscripciones asocian numerosos salmos con David y conservan también nombres como Asaf, los hijos de Coré, Salomón, Moisés y Etán. Otros poemas no mencionan un nombre. Estas indicaciones deben leerse con atención: pueden señalar autoría, pertenencia a una colección o relación con una persona, según su formulación. No conviene convertir cada nombre en una biografía que el poema no proporciona.

Algunas inscripciones sitúan la oración en un acontecimiento; otras dan indicaciones para el canto o los instrumentos. Forman parte del encabezamiento transmitido del salmo y deben distinguirse de los títulos descriptivos que ayudan a leerlo. Su vocabulario musical no siempre puede explicarse con certeza. Reconocer ese límite es mejor que asignar un significado preciso a cada indicación desconocida.

No existe una fecha única para todo el libro. Sus voces recorren diferentes horizontes de la vida de Israel: la realeza, la adoración en el santuario, la crisis nacional, la experiencia de Babilonia y la esperanza de restauración. Salmos 137:1–4 recuerda el dolor de los cautivos, mientras que Salmos 126:1–3 celebra la restauración y conduce a pedir que Dios complete su obra. Los poemas no dan una cronología completa de su composición ni permiten identificar a todos los responsables de reunirlos.

Cómo se organiza la colección

El libro está dispuesto en cinco grandes partes. Las conclusiones de las primeras cuatro incluyen bendiciones que ayudan a reconocer sus límites; la quinta conduce a la alabanza final de todo lo que respira. El orden no es una biografía continua de David ni una secuencia exacta de fechas.

  • Libro I, Salmos 1–41. La enseñanza sobre los dos caminos y el rey ungido abre la colección. Numerosas oraciones presentan la confianza, el peligro, la confesión y la necesidad de que Jehová escuche.
  • Libro II, Salmos 42–72. La sed de Dios y las súplicas del individuo y de la comunidad se unen a la esperanza de un gobierno justo. La sección termina con una bendición y una referencia a las oraciones de David.
  • Libro III, Salmos 73–89. Las preguntas sobre el bien, la destrucción y el aparente fracaso de las promesas se expresan con especial intensidad. La fidelidad de Dios es invocada dentro de una crisis que no se resuelve negando el sufrimiento.
  • Libro IV, Salmos 90–106. La fragilidad humana se coloca ante la eternidad de Dios. Su reinado, sus obras y la memoria de su trato con Israel sostienen la esperanza más allá de la debilidad de los reyes humanos.
  • Libro V, Salmos 107–150. La gratitud por el rescate, el amor a la enseñanza divina, los cantos de ascenso y la alabanza compartida amplían la respuesta del pueblo. El cierre convoca a alabar a Jehová con todo lo que tiene aliento.

Estas orientaciones muestran el movimiento de cada parte, pero no reducen todos sus poemas a un solo tema. Cada salmo conserva una voz y una unidad propias que deben escucharse antes de relacionarlas con el conjunto.

Aprender a leer poesía bíblica

Las líneas suelen dialogar mediante paralelismos: una puede ampliar, contrastar o explicar a la otra. Árboles, caminos, escudos, aguas, luz y oscuridad permiten percibir la experiencia del orante. Las imágenes no son códigos que exijan descubrir un significado secreto para cada objeto. Su sentido nace del movimiento del poema.

Hay himnos, acciones de gracias, lamentos, confesiones, poemas de sabiduría y cantos relacionados con la realeza. Un lamento puede comenzar con angustia y concluir con confianza, aunque no todos llegan a una resolución visible. La pregunta «¿hasta cuándo?» es una manera de seguir dirigiéndose a Dios; no debe confundirse automáticamente con incredulidad.

En algunos salmos, la inscripción se cuenta como versículo en el hebreo; por eso su numeración puede diferir de la del texto español. Esa diferencia debe distinguirse de una omisión. También conviene observar los cambios de voz: el orante puede hablar a Dios, a la comunidad, a sus adversarios o a sí mismo dentro de un mismo poema.

El Dios al que el pueblo se dirige

Jehová es Creador y Rey, conoce la conducta humana, defiende la justicia y permanece fiel a sus promesas. Su santidad hace imposible tratar el mal como algo indiferente. Su amor leal permite que el pecador se acerque con arrepentimiento y que el afligido pida ayuda sin fingir fortaleza.

Los salmos enseñan a amar la instrucción de Dios y a meditar en ella, pero no presentan la obediencia como un mecanismo para evitar toda aflicción. El justo también llora, espera y necesita ser rescatado. La prosperidad del malvado y el sufrimiento del fiel forman parte de las preguntas que el libro lleva ante el Señor.

Las peticiones de juicio expresan el deseo de que la violencia y el engaño no tengan la última palabra. Algunos poemas suplican directamente la intervención del Juez; otros, como Salmos 149:6–9, presentan a los fieles participando en la ejecución de un juicio escrito. Estas voces deben conservar su fuerza y su contexto, sin convertir una enemistad privada en una autorización divina para castigar. La enseñanza de Jesús de amar a los enemigos y la renuncia apostólica a devolver mal por mal orientan la conducta cristiana: Mateo 5:43–48 y Romanos 12:17–21.

Salmos y Jesucristo

Jesús enseñó a sus discípulos a comprender lo escrito acerca de él en la Ley, los Profetas y los Salmos, en relación con su muerte, su resurrección y el anuncio del perdón a las naciones (Lucas 24:44–47). Esa lectura no exige transformar cada detalle del libro en una predicción directa. Parte del sentido de los poemas y atiende a las conexiones que el conjunto bíblico establece.

La realeza del ungido en Salmos 2 y el señorío y sacerdocio de Salmos 110:1–4 encuentran un alcance decisivo en el Mesías. La oración apostólica aplica Salmos 2 al rechazo de Jesús y reconoce que la oposición no canceló el propósito de Dios (Hechos 4:24–30). El sufrimiento del justo y la esperanza de vindicación también permiten comprender la profundidad de su entrega.

Jesucristo, nuestro Señor y único Salvador, es el fundamento de la esperanza cristiana. La salvación se recibe por gracia mediante la fe; las obras son fruto de esa gracia. El creyente se acerca al Padre por medio del Hijo y aprende a orar guiado por el Espíritu Santo. La voz del Espíritu en las Escrituras no elimina la voz humana de los salmistas: Hechos reconoce que habló por boca de David (Hechos 1:15–16).

Aplicación editorial: orar con los salmos

Escucha primero qué dice el poema, quién habla y qué necesidad presenta. Después puedes responder con sus palabras, reconociendo las diferencias entre su situación y la tuya. Una súplica de un rey de Israel no convierte cada conflicto personal en una guerra santa, y una promesa de cuidado no obliga a negar el dolor.

Puedes llevar al Padre tus preguntas, confesar tu pecado, agradecer sus dones y pedir protección para otros. En Jesucristo, la oración no depende de producir una emoción perfecta. Los salmos forman una confianza que sabe llorar y una alabanza que recuerda de quién procede la vida.

Plegaria pidiendo ser librado de los enemigos

Salmo de David.

Defiende mi causa, SEÑOR, contra los que me acusan;
combate a los que me combaten.
Toma el escudo y el gran escudo, y levántate en mi ayuda. Saca la lanza y cierra el paso a mis perseguidores.
Dile a mi alma: «Yo soy tu salvación».
Que sean avergonzados y humillados los que buscan mi vida;
que retrocedan y queden confundidos los que traman mi mal.
Que sean como tamo ante el viento, mientras el ángel del SEÑOR los empuja. Que su camino sea oscuro y resbaladizo, mientras el ángel del SEÑOR los persigue. Porque sin motivo escondieron su red para mí en una fosa;
sin motivo cavaron para quitarme la vida.
Que la ruina lo sorprenda sin saberlo;
que lo atrape la red que escondió y caiga en ella para su destrucción.
Entonces mi alma se alegrará en el SEÑOR y se regocijará en su salvación. Todos mis huesos dirán: «SEÑOR, ¿quién es como tú, que libras al afligido del más fuerte que él, al pobre y al necesitado de quien los despoja?».

El dolor de una bondad traicionada

Se levantan testigos violentos;
me interrogan sobre cosas que desconozco.
Me pagan mal por bien y dejan mi alma desolada. Pero cuando ellos enfermaban, yo me vestía de tela de duelo y humillaba mi alma con ayuno;
mi oración volvía a mi pecho.
Me comportaba como por un amigo o un hermano;
me encorvaba de dolor, como quien guarda luto por su madre.
Pero al tropezar yo, se alegraron y se reunieron;
se reunieron contra mí agresores que no conocía.
Me desgarraban sin descanso.
Como burlones impíos en un banquete, rechinan sus dientes contra mí. Señor, ¿hasta cuándo seguirás mirando?
Rescata mi alma de sus estragos, mi única vida de los leones.
Te daré gracias en la gran asamblea y te alabaré entre un pueblo numeroso.

La mentira ante la mirada del SEÑOR

No dejes que mis enemigos falsos se alegren a costa mía ni que los que me odian sin motivo se guiñen el ojo. Porque no hablan de paz;
contra los que viven tranquilos en la tierra traman palabras engañosas.
Abren de par en par su boca contra mí y dicen: «¡Ajá, ajá!
¡Nuestros ojos lo han visto!».
Tú lo has visto, SEÑOR;
no calles.
Señor, no te alejes de mí.
¡Despierta y levántate para hacerme justicia, Dios mío y Señor mío, para defender mi causa! Júzgame conforme a tu justicia, SEÑOR, Dios mío;
no dejes que se alegren a costa mía.
No permitas que digan en su corazón: «¡Ajá, esto queríamos!».
No permitas que digan: «¡Lo hemos devorado!».
Que sean avergonzados y humillados juntos los que se alegran de mi desgracia;
que se vistan de vergüenza y deshonra los que se engrandecen contra mí.

La alegría de quienes esperan justicia

Que griten de alegría y se regocijen los que desean mi vindicación;
que digan siempre: «¡Sea engrandecido el SEÑOR, que se complace en el bienestar de su siervo!».
Mi lengua hablará de tu justicia y de tu alabanza todo el día.

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