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Salmos 68

NTBT-2026-11-07

Salmos: oración, sabiduría y esperanza ante Dios

Salmos enseña a llevar toda la vida delante de Jehová: la alegría y el dolor, la culpa y el perdón, la gratitud y las preguntas que todavía esperan respuesta. Sus ciento cincuenta poemas forman un libro de oración y alabanza que llama a confiar en el Dios santo, justo y misericordioso.

Un libro con muchas voces

La colección no procede de un único autor ni de una sola circunstancia. Sus inscripciones asocian numerosos salmos con David y conservan también nombres como Asaf, los hijos de Coré, Salomón, Moisés y Etán. Otros poemas no mencionan un nombre. Estas indicaciones deben leerse con atención: pueden señalar autoría, pertenencia a una colección o relación con una persona, según su formulación. No conviene convertir cada nombre en una biografía que el poema no proporciona.

Algunas inscripciones sitúan la oración en un acontecimiento; otras dan indicaciones para el canto o los instrumentos. Forman parte del encabezamiento transmitido del salmo y deben distinguirse de los títulos descriptivos que ayudan a leerlo. Su vocabulario musical no siempre puede explicarse con certeza. Reconocer ese límite es mejor que asignar un significado preciso a cada indicación desconocida.

No existe una fecha única para todo el libro. Sus voces recorren diferentes horizontes de la vida de Israel: la realeza, la adoración en el santuario, la crisis nacional, la experiencia de Babilonia y la esperanza de restauración. Salmos 137:1–4 recuerda el dolor de los cautivos, mientras que Salmos 126:1–3 celebra la restauración y conduce a pedir que Dios complete su obra. Los poemas no dan una cronología completa de su composición ni permiten identificar a todos los responsables de reunirlos.

Cómo se organiza la colección

El libro está dispuesto en cinco grandes partes. Las conclusiones de las primeras cuatro incluyen bendiciones que ayudan a reconocer sus límites; la quinta conduce a la alabanza final de todo lo que respira. El orden no es una biografía continua de David ni una secuencia exacta de fechas.

  • Libro I, Salmos 1–41. La enseñanza sobre los dos caminos y el rey ungido abre la colección. Numerosas oraciones presentan la confianza, el peligro, la confesión y la necesidad de que Jehová escuche.
  • Libro II, Salmos 42–72. La sed de Dios y las súplicas del individuo y de la comunidad se unen a la esperanza de un gobierno justo. La sección termina con una bendición y una referencia a las oraciones de David.
  • Libro III, Salmos 73–89. Las preguntas sobre el bien, la destrucción y el aparente fracaso de las promesas se expresan con especial intensidad. La fidelidad de Dios es invocada dentro de una crisis que no se resuelve negando el sufrimiento.
  • Libro IV, Salmos 90–106. La fragilidad humana se coloca ante la eternidad de Dios. Su reinado, sus obras y la memoria de su trato con Israel sostienen la esperanza más allá de la debilidad de los reyes humanos.
  • Libro V, Salmos 107–150. La gratitud por el rescate, el amor a la enseñanza divina, los cantos de ascenso y la alabanza compartida amplían la respuesta del pueblo. El cierre convoca a alabar a Jehová con todo lo que tiene aliento.

Estas orientaciones muestran el movimiento de cada parte, pero no reducen todos sus poemas a un solo tema. Cada salmo conserva una voz y una unidad propias que deben escucharse antes de relacionarlas con el conjunto.

Aprender a leer poesía bíblica

Las líneas suelen dialogar mediante paralelismos: una puede ampliar, contrastar o explicar a la otra. Árboles, caminos, escudos, aguas, luz y oscuridad permiten percibir la experiencia del orante. Las imágenes no son códigos que exijan descubrir un significado secreto para cada objeto. Su sentido nace del movimiento del poema.

Hay himnos, acciones de gracias, lamentos, confesiones, poemas de sabiduría y cantos relacionados con la realeza. Un lamento puede comenzar con angustia y concluir con confianza, aunque no todos llegan a una resolución visible. La pregunta «¿hasta cuándo?» es una manera de seguir dirigiéndose a Dios; no debe confundirse automáticamente con incredulidad.

En algunos salmos, la inscripción se cuenta como versículo en el hebreo; por eso su numeración puede diferir de la del texto español. Esa diferencia debe distinguirse de una omisión. También conviene observar los cambios de voz: el orante puede hablar a Dios, a la comunidad, a sus adversarios o a sí mismo dentro de un mismo poema.

El Dios al que el pueblo se dirige

Jehová es Creador y Rey, conoce la conducta humana, defiende la justicia y permanece fiel a sus promesas. Su santidad hace imposible tratar el mal como algo indiferente. Su amor leal permite que el pecador se acerque con arrepentimiento y que el afligido pida ayuda sin fingir fortaleza.

Los salmos enseñan a amar la instrucción de Dios y a meditar en ella, pero no presentan la obediencia como un mecanismo para evitar toda aflicción. El justo también llora, espera y necesita ser rescatado. La prosperidad del malvado y el sufrimiento del fiel forman parte de las preguntas que el libro lleva ante el Señor.

Las peticiones de juicio expresan el deseo de que la violencia y el engaño no tengan la última palabra. Algunos poemas suplican directamente la intervención del Juez; otros, como Salmos 149:6–9, presentan a los fieles participando en la ejecución de un juicio escrito. Estas voces deben conservar su fuerza y su contexto, sin convertir una enemistad privada en una autorización divina para castigar. La enseñanza de Jesús de amar a los enemigos y la renuncia apostólica a devolver mal por mal orientan la conducta cristiana: Mateo 5:43–48 y Romanos 12:17–21.

Salmos y Jesucristo

Jesús enseñó a sus discípulos a comprender lo escrito acerca de él en la Ley, los Profetas y los Salmos, en relación con su muerte, su resurrección y el anuncio del perdón a las naciones (Lucas 24:44–47). Esa lectura no exige transformar cada detalle del libro en una predicción directa. Parte del sentido de los poemas y atiende a las conexiones que el conjunto bíblico establece.

La realeza del ungido en Salmos 2 y el señorío y sacerdocio de Salmos 110:1–4 encuentran un alcance decisivo en el Mesías. La oración apostólica aplica Salmos 2 al rechazo de Jesús y reconoce que la oposición no canceló el propósito de Dios (Hechos 4:24–30). El sufrimiento del justo y la esperanza de vindicación también permiten comprender la profundidad de su entrega.

Jesucristo, nuestro Señor y único Salvador, es el fundamento de la esperanza cristiana. La salvación se recibe por gracia mediante la fe; las obras son fruto de esa gracia. El creyente se acerca al Padre por medio del Hijo y aprende a orar guiado por el Espíritu Santo. La voz del Espíritu en las Escrituras no elimina la voz humana de los salmistas: Hechos reconoce que habló por boca de David (Hechos 1:15–16).

Aplicación editorial: orar con los salmos

Escucha primero qué dice el poema, quién habla y qué necesidad presenta. Después puedes responder con sus palabras, reconociendo las diferencias entre su situación y la tuya. Una súplica de un rey de Israel no convierte cada conflicto personal en una guerra santa, y una promesa de cuidado no obliga a negar el dolor.

Puedes llevar al Padre tus preguntas, confesar tu pecado, agradecer sus dones y pedir protección para otros. En Jesucristo, la oración no depende de producir una emoción perfecta. Los salmos forman una confianza que sabe llorar y una alabanza que recuerda de quién procede la vida.

El Dios del Sinaí y del santuario

Al músico principal. Salmo de David. Cántico.

Que Dios se levante y sus enemigos se dispersen;
que quienes lo odian huyan de su presencia.
Como se disipa el humo, disípalos;
como se derrite la cera ante el fuego, que los malvados perezcan ante Dios.
Pero que los justos se alegren, se regocijen delante de Dios y rebosen de alegría. Canten a Dios, canten alabanzas a su nombre;
preparen el camino al que cabalga por los desiertos.
Jah es su nombre;
alégrense delante de él.
Dios, en su santa morada, es padre de los huérfanos y defensor de las viudas. Dios da un hogar a los solitarios y saca a los cautivos hacia la prosperidad;
pero los rebeldes habitan en tierra reseca.

La presencia y la provisión en el desierto

Oh Dios, cuando saliste al frente de tu pueblo, cuando marchaste por el desierto, Selah, la tierra tembló y los cielos derramaron lluvia ante Dios;
el mismo Sinaí tembló ante Dios, el Dios de Israel.
Oh Dios, esparciste lluvia generosa;
cuando tu heredad estaba agotada, tú la restauraste.
Tu comunidad habitó en ella;
en tu bondad, oh Dios, proveíste para el pobre.

La victoria anunciada y sus dones

El Señor da la palabra;
las mujeres que anuncian las buenas noticias son una gran multitud:
«¡Los reyes de los ejércitos huyen, huyen!».
Y la mujer que queda en casa reparte el botín.
Aunque ustedes descansen entre los rediles, las alas de la paloma están recubiertas de plata y sus plumas tienen un resplandor de oro. Cuando el Todopoderoso dispersó allí a los reyes, cayó nieve en Salmón.

El monte escogido y la entrada del vencedor

Monte de Dios es el monte de Basán;
monte de muchas cumbres es el monte de Basán.
Montañas de muchas cumbres, ¿por qué miran con envidia al monte que Dios deseó para habitar?
Sí, el SEÑOR morará allí para siempre.
Los carros de Dios son veinte mil, millares y millares;
el Señor está entre ellos;
el Sinaí está en el santuario.
Subiste a lo alto, llevaste cautivos y recibiste regalos de los hombres, incluso de los rebeldes, para que habites allí, Jah Dios.

El Dios que sostiene y libra

Bendito sea el Señor, que día tras día lleva nuestras cargas;
él es el Dios de nuestra salvación. Selah.
Nuestro Dios es un Dios de salvaciones;
al Señor DIOS le pertenece el librar de la muerte.
Ciertamente Dios aplastará la cabeza de sus enemigos, la coronilla cabelluda de quien persiste en sus culpas. El Señor ha dicho: «Los haré volver de Basán;
los haré volver de las profundidades del mar,
para que aplastes a tus enemigos con el pie en su sangre y la lengua de tus perros reciba de ellos su parte».

La procesión del pueblo ante su Rey

Han visto tus procesiones, oh Dios, las procesiones de mi Dios y mi Rey en el santuario. Los cantores van delante y los músicos detrás;
en medio van las jóvenes que tocan panderetas.
En las asambleas bendigan a Dios;
bendigan al SEÑOR, ustedes que proceden del linaje de Israel.
Allí está Benjamín, el menor, que los dirige;
los jefes de Judá con su multitud, los jefes de Zabulón y los jefes de Neftalí.

El poder de Dios y la respuesta de las naciones

Tu Dios ha dispuesto tu fuerza.
Fortalece, oh Dios, lo que has hecho por nosotros.
Por causa de tu templo en Jerusalén, los reyes te traerán regalos. Reprende a la bestia de los juncos, a la manada de toros entre los becerros de los pueblos, hasta que se sometan con barras de plata.
Dispersa a los pueblos que se complacen en las guerras.
Vendrán dignatarios de Egipto;
Cus se apresurará a extender sus manos hacia Dios.

La alabanza de toda la tierra

Reinos de la tierra, canten a Dios;
canten alabanzas al Señor. Selah.
Él cabalga por los cielos de los cielos antiguos;
miren, hace resonar su voz, una voz poderosa.
Reconozcan el poder de Dios;
su majestad está sobre Israel, y su fuerza, en las nubes.
Temible eres, oh Dios, desde tus santuarios.
El Dios de Israel da fuerza y vigor a su pueblo.
¡Bendito sea Dios!

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