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Lucas 14

NTBT-2026-11-07

Introducción al Evangelio según Lucas

Lucas te conduce a conocer a Jesucristo como el Salvador prometido, el Hijo que cumple la voluntad del Padre y busca a los perdidos. Su relato sigue la fidelidad de Dios desde los anuncios del nacimiento hasta la cruz, la resurrección y la ascensión. La buena noticia que comienza en Israel será anunciada a todas las naciones.

El autor y la relación con Hechos

La antigua tradición cristiana atribuye este Evangelio a Lucas, colaborador de Pablo. Las cartas del Nuevo Testamento mencionan a Lucas como «el médico amado» y como colaborador en el ministerio (Colosenses 4:14; Filemón 1:24). El narrador del Evangelio no escribe su nombre dentro del relato; la atribución tradicional debe distinguirse de lo que el prólogo declara expresamente.

El autor explica que ha investigado cuidadosamente los acontecimientos y que recibe el testimonio de quienes fueron testigos oculares y servidores de la palabra. Hechos se dirige al mismo Teófilo y recuerda un primer relato sobre lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar hasta su ascensión (Lucas 1:1–4; Hechos 1:1–2). Ambos libros forman una narración vinculada: el Evangelio presenta la obra de Jesús y Hechos continúa con el testimonio acerca del Señor resucitado por el poder del Espíritu Santo.

Fecha, contexto y destinatarios

El libro no ofrece una fecha ni un lugar de composición. Habitualmente se sitúa en el siglo I, con propuestas que van desde los años sesenta hasta las últimas décadas del siglo. Las diferencias dependen, entre otras cuestiones, de cómo se entiende su relación con Hechos y con los otros evangelios. Conviene reconocer esa discusión sin atribuir al autor un año o una ciudad que no declara.

El destinatario nombrado es Teófilo, quien ya había recibido enseñanza acerca de Jesús. El propósito explícito es que conozca la certeza de esa enseñanza. El tratamiento «excelentísimo» expresa respeto, pero no identifica por sí solo su cargo, su ciudad o una función precisa como patrocinador. El horizonte del libro es más amplio: desde el anuncio de luz para las naciones hasta la misión final, la salvación de Dios se presenta para todos los pueblos (Lucas 2:29–32; Lucas 24:47).

Género y propósito

Es un evangelio: una narración de la vida, la enseñanza, la muerte y la resurrección de Jesús que da a conocer su identidad y llama a responder a él. El prólogo destaca la investigación, el testimonio recibido y la presentación ordenada. Ese orden permite seguir el sentido de la historia; no obliga a suponer que cada enseñanza y cada escena se organicen según una cronología moderna exhaustiva.

Lucas presenta los acontecimientos como cumplimiento de las promesas de Dios. Jesús anuncia el favor del Señor, sana, perdona pecados, llama a seguirlo y se dirige con decisión hacia Jerusalén (Lucas 4:16–21; Lucas 9:51). Su muerte y resurrección dan el significado decisivo a todo ese camino.

Un recorrido por el libro

  1. 1–2: el prólogo y los anuncios, nacimientos e infancia de Juan y Jesús sitúan la salvación dentro de las promesas de Dios a Israel.
  2. 3:1–4:13: la predicación de Juan, el bautismo, la genealogía y la tentación preparan el ministerio de Jesús.
  3. 4:14–9:50: Jesús anuncia el reino en Galilea y sus alrededores, manifiesta su autoridad, reúne discípulos y revela el camino de su padecimiento.
  4. 9:51–19:27: el viaje hacia Jerusalén reúne encuentros, parábolas y enseñanza sobre la misericordia, la oración, las riquezas, el arrepentimiento y el discipulado.
  5. 19:28–21:38: Jesús entra en Jerusalén, enseña en el templo, afronta controversias y anuncia juicio y esperanza, llamando a la vigilancia.
  6. 22–23: la Cena, la oración, el arresto, los juicios, la crucifixión y la sepultura presentan la entrega del Salvador.
  7. 24: el sepulcro vacío, las apariciones, la explicación de las Escrituras y la ascensión preparan a los testigos para anunciar a Cristo a todas las naciones.

Jesucristo y la salvación por gracia

Jesús vino a buscar y salvar lo perdido (Lucas 19:10). Recibe a pecadores, llama al arrepentimiento y anuncia el gozo por quien vuelve a Dios. Las parábolas de lo perdido y el encuentro con Zaqueo muestran la iniciativa de la gracia y una respuesta que transforma la vida (Lucas 15:1–7; Lucas 19:1–10).

La salvación tiene su fundamento en la persona y en la obra de Jesús. Él entrega su cuerpo y derrama su sangre por los suyos; resucitado, envía a proclamar el arrepentimiento y el perdón en su nombre (Lucas 22:19–20; Lucas 24:46–47). La fe recibe esa gracia, y la obediencia, la generosidad y el servicio son su fruto.

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo

El bautismo distingue al Hijo que es bautizado, al Espíritu Santo que desciende y al Padre que declara su complacencia en su Hijo amado (Lucas 3:21–22). Jesús vive en comunión con el Padre, ora y cumple su voluntad. El Espíritu Santo actúa en el anuncio y en el ministerio del Salvador y será enviado sobre sus testigos. El relato revela la acción del único Dios sin confundir las personas del Padre, del Hijo y del Espíritu.

Misericordia y vida de los discípulos

Lucas presta atención a los pobres, a las mujeres, a los enfermos, a los pecadores despreciados y a quienes quedaban al margen de la estima social. La compasión de Jesús conduce a reconocer la dignidad de las personas y su necesidad de salvación. La parábola del samaritano muestra la misericordia hecha acción, mientras el encuentro con Marta y María destaca la atención a la palabra del Señor (Lucas 10:25–42).

La oración, el uso de los bienes, la humildad y la perseverancia forman parte del discipulado. Seguir a Jesús implica recibir su gracia y obedecer su palabra. El Señor forma a seguidores que necesitan corrección y perdón, y los sostiene con su fidelidad (Lucas 9:23–26; Lucas 22:31–32).

Las Escrituras y la esperanza que continúa

La historia de Jesús está enraizada en las promesas a Abraham, David e Israel, y culmina en su cumplimiento salvador. Después de resucitar, el Señor explica que el Cristo debía padecer y entrar en su gloria. Abre el entendimiento de sus discípulos para comprender las Escrituras y los hace testigos (Lucas 24:25–27; Lucas 24:44–49).

El Evangelio termina con Jesús bendiciendo, los discípulos adorándolo y la comunidad alabando a Dios en Jerusalén. Hechos continuará el anuncio del Salvador vivo, comenzando allí y extendiéndose hasta los confines de la tierra (Lucas 24:50–53; Hechos 1:8).

Aplicación editorial

Al leer Lucas, observa qué revela cada encuentro acerca de Jesucristo y cómo responde cada persona a su palabra. Acude al Padre por medio de tu Salvador, recibe su perdón y busca la guía del Espíritu Santo conforme a las Escrituras. Que la gracia de Jesús produzca en ti fe, misericordia, oración y una esperanza firme en su resurrección.

Jesús sana en sábado a un hombre enfermo

Un sábado Jesús entró a comer pan en casa de uno de los dirigentes de los fariseos, y ellos lo vigilaban. Había delante de él un hombre que padecía de hidropesía. Jesús preguntó a los expertos en la ley y a los fariseos: «¿Está permitido sanar en sábado, o no?». Ellos guardaron silencio. Él tomó al hombre, lo sanó y lo despidió. Luego les dijo: «¿Quién de ustedes, si su hijo o su buey cae en un pozo, no lo sacará enseguida aunque sea sábado?». Y no pudieron responder a estas cosas.

Humildad al recibir un lugar a la mesa

Al observar cómo los invitados escogían los primeros lugares, les decía una parábola: «Cuando alguien te invite a una boda, no te sientes en el primer lugar, no sea que haya invitado a alguien más distinguido que tú, y venga el que los invitó a ambos y te diga: “Cede el lugar a este”. Entonces, con vergüenza, tendrás que ocupar el último lugar. Más bien, cuando te inviten, ve y siéntate en el último lugar, para que, cuando venga el que te invitó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces recibirás honra delante de todos los que estén contigo a la mesa. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Una mesa abierta a quienes no pueden corresponder

También decía al que lo había invitado: «Cuando ofrezcas un almuerzo o una cena, no llames a tus amigos, a tus hermanos, a tus parientes ni a tus vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez y recibas así tu recompensa. Más bien, cuando ofrezcas un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos. Serás dichoso porque ellos no tienen con qué recompensarte; pues se te recompensará en la resurrección de los justos».

Parábola de la gran cena

Al oír esto, uno de los que estaban a la mesa le dijo: «¡Dichoso el que coma pan en el reino de Dios!». Él le dijo: «Un hombre preparaba una gran cena e invitó a muchos. A la hora de la cena envió a su esclavo a decir a los invitados: “Vengan, porque ya está preparado”. Pero todos, de común acuerdo, comenzaron a excusarse. El primero le dijo: “He comprado un campo y necesito salir a verlo. Te ruego que me excuses”. Otro dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Te ruego que me excuses”. Y otro dijo: “Me he casado y por eso no puedo ir”. El esclavo volvió y contó estas cosas a su señor. Entonces el dueño de la casa se enojó y dijo a su esclavo: “Sal de prisa a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos”. El esclavo dijo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste y todavía hay lugar”. El señor dijo al esclavo: “Sal a los caminos y a los cercados, y oblígalos a entrar para que se llene mi casa. Porque les digo que ninguno de aquellos hombres que fueron invitados probará mi cena”».

Lo que cuesta seguir a Cristo

Grandes multitudes iban con Jesús. Él se volvió y les dijo: «Si alguien viene a mí y no aborrece a su propio padre, a su madre, a su esposa, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. Quien viene en pos de mí y no carga su propia cruz no puede ser mi discípulo. Porque ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular el costo para ver si tiene con qué terminarla? No sea que ponga los cimientos y no pueda terminar, y todos los que lo vean comiencen a burlarse de él, diciendo: “Este hombre comenzó a construir y no pudo terminar”. ¿O qué rey, al salir a la guerra contra otro rey, no se sienta primero a considerar si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil? Si no puede, cuando el otro aún está lejos, le envía una delegación para pedir condiciones de paz. Así, pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee no puede ser mi discípulo.

Cuando la sal pierde su sabor

La sal es buena; pero, si hasta la sal pierde su sabor, ¿con qué se la sazonará? No sirve ni para la tierra ni para el montón de estiércol; la arrojan fuera. El que tenga oídos para oír, que oiga».

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