Nueva Traducción BibliaTodo

Romanos 14

NTBT-2026-11-07

Romanos: la justicia de Dios y la vida que nace del evangelio

Romanos anuncia cómo Dios salva por medio de Jesucristo a personas culpables y reúne en un mismo pueblo a judíos y gentiles. La carta conduce desde la necesidad universal de misericordia hasta una vida de adoración, esperanza y amor, sostenida por el Espíritu Santo.

Autor y situación de la carta

Pablo se presenta como siervo de Cristo Jesús y apóstol llamado por Dios. Al final, Tercio se identifica como quien escribió materialmente la carta; esta colaboración no cambia la identidad de quien habla y dirige su argumento (Romanos 1:1; Romanos 16:22). Pablo todavía no había visitado a los creyentes de Roma. Deseaba conocerlos, servirlos y recibir su ayuda para continuar hacia España. Su relación con ellos no era la de fundador que regresaba a su propia comunidad, aunque conocía a muchas personas a las que saluda.

La carta no indica un año. Su situación se ubica antes del viaje a Jerusalén con la ayuda de Macedonia y Acaya, y antes de la llegada de Pablo a Roma narrada al final de Hechos (Romanos 15:23–28; Hechos 28:30–31). La recomendación de Febe, vinculada a Cencrea, y el saludo de Gayo hacen verosímil un origen en la región de Corinto, durante la etapa de su ministerio en Grecia; es una reconstrucción a partir de los indicios, no una ciudad y fecha expresamente consignadas en la carta (Romanos 16:1–2; Romanos 16:23; Hechos 20:1–3). El texto permite reconocer con más seguridad esa etapa de la misión que fijar un año exacto.

Destinatarios y propósito

Los destinatarios son los amados de Dios en Roma, llamados a ser santos. Las alusiones a creyentes de origen gentil y la atención extensa a Israel, Abraham y la Ley muestran una comunidad para la cual la relación entre judíos y gentiles era importante. Los saludos mencionan una iglesia reunida en casa y varios grupos de hermanos; muestran una red de relaciones sin precisar dónde se reunía cada grupo (Romanos 1:6–7; Romanos 11:13; Romanos 16:3–5; Romanos 16:14–16).

Pablo expone el evangelio que predica, prepara una colaboración misionera y llama a una comunión que no convierta las diferencias de comida y observancia de días en motivos de desprecio. Estos fines se necesitan mutuamente: el Dios que justifica por la fe es el Dios de judíos y gentiles, y quienes han sido recibidos por Cristo deben recibirse entre sí (Romanos 3:27–30; Romanos 14:1–6; Romanos 15:7–13). No conocemos todos los detalles que dieron origen a cada tensión; la carta misma debe orientar la reconstrucción.

Cómo avanza el argumento

  • 1:1–17: presentación del evangelio acerca del Hijo, deseo de visitar Roma y anuncio de la justicia de Dios para todo el que cree.
  • 1:18–3:20: exposición del pecado humano. La idolatría, el juicio hipócrita y la desobediencia a la Ley impiden que alguien se declare inocente por su grupo o sus conocimientos.
  • 3:21–4:25: justificación por gracia mediante la fe en Jesucristo. Abraham ilustra que la promesa se recibe por fe y no se compra con obras.
  • 5:1–8:39: paz con Dios, contraste entre Adán y Cristo, unión con la muerte y resurrección del Señor, liberación del dominio del pecado y vida en el Espíritu, aun en medio del sufrimiento.
  • 9:1–11:36: fidelidad de Dios, misericordia, situación de Israel y participación de los gentiles. El argumento desemboca en adoración y excluye la arrogancia contra Israel.
  • 12:1–15:13: respuesta a las misericordias de Dios: mente renovada, dones para servir, amor, responsabilidad pública y acogida de los hermanos siguiendo a Cristo.
  • 15:14–16:27: misión, planes de viaje, ayuda a Jerusalén, colaboradores, advertencias y alabanza a Dios.

Claves para comprenderla

Romanos es una carta con un razonamiento sostenido. Sus preguntas y objeciones permiten escuchar cómo Pablo anticipa dificultades: no toda pregunta expresa su conclusión. Conviene seguir los conectores y leer las respuestas antes de construir una enseñanza sobre una frase aislada. Las numerosas citas de las Escrituras de Israel muestran que el evangelio cumple la promesa de Dios; no presenta a Jesucristo como una solución desconectada de la historia bíblica.

La justicia de Dios se revela al salvar de manera justa por la muerte y resurrección de su Hijo. La justificación es gratuita para quien cree; no declara bueno al pecado ni hace innecesaria la transformación. Los capítulos 6–8 muestran por qué pertenecer a Cristo cambia la relación con el pecado y cómo el Espíritu capacita para una vida nueva. Las exhortaciones posteriores se apoyan en las misericordias ya recibidas, no en un intento de obtener salvación mediante méritos (Romanos 3:21–26; Romanos 6:1–4; Romanos 8:1–4; Romanos 12:1–2).

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo actúan sin confundirse: Dios envía a su Hijo, Cristo muere y resucita por nosotros, y el Espíritu nos da vida, adopción y ayuda en nuestra debilidad. Esta obra fundamenta una esperanza que no depende de vivir sin aflicciones. Nada creado puede separar del amor de Dios a quienes están en Cristo Jesús, nuestro Señor (Romanos 8:14–17; Romanos 8:26–39).

Aplicación editorial

Lee Romanos dispuesto a dejar que el evangelio examine tanto tu pecado visible como tu tendencia a juzgar desde una supuesta superioridad. Tu esperanza no descansa en tu procedencia, tu conocimiento ni tu desempeño, sino en Jesucristo, que murió y resucitó para salvar. Al recibir su gracia por la fe, aprende a servir con tus dones, a amar sin hipocresía y a acoger a tus hermanos para la gloria del Padre, con la guía del Espíritu Santo.

Recibir al débil en la fe

Reciban al débil en la fe, pero no para disputar sobre opiniones. Uno cree que puede comer de todo, mientras que el débil come verduras. El que come no desprecie al que no come, y el que no come no juzgue al que come, porque Dios lo ha recibido. ¿Quién eres tú para juzgar al criado ajeno? Ante su propio señor está en pie o cae. Pero será sostenido, porque el Señor tiene poder para sostenerlo. Uno considera un día superior a otro, mientras otro considera iguales todos los días. Que cada uno esté plenamente convencido en su propia mente. El que tiene en cuenta el día, lo hace para el Señor. El que come, come para el Señor, porque da gracias a Dios; y el que no come, se abstiene para el Señor y da gracias a Dios.

Vivir y morir para el Señor

Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; y, si morimos, morimos para el Señor. Así que, ya vivamos o muramos, del Señor somos. Porque para esto Cristo murió y volvió a vivir: para ser Señor tanto de los muertos como de los vivos. Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? Y tú, ¿por qué desprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Dios. Pues está escrito: «Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla y toda lengua confesará a Dios». Así que cada uno de nosotros dará cuenta de sí mismo.

La libertad al servicio del amor

Por tanto, ya no nos juzguemos unos a otros. Más bien, decidan no poner tropiezo ni ocasión de caer al hermano. Sé y estoy convencido en el Señor Jesús de que nada es impuro en sí mismo; pero, para quien considera que algo es impuro, para él lo es. Si por causa de la comida tu hermano se entristece, ya no vives conforme al amor. No destruyas con tu comida a aquel por quien Cristo murió. Por tanto, no permitan que se hable mal de lo que es bueno para ustedes. Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. El que sirve a Cristo de esta manera agrada a Dios y es aprobado por los seres humanos. Así pues, busquemos lo que contribuye a la paz y a la edificación mutua. No destruyas la obra de Dios por causa de la comida. Todas las cosas son limpias, pero es malo que una persona coma causando tropiezo. Es bueno no comer carne, ni beber vino, ni hacer nada en que tu hermano tropiece, se escandalice o se debilite. La fe que tienes, consérvala para ti mismo ante Dios. Dichoso el que no se juzga a sí mismo en lo que aprueba. Pero el que duda, si come, queda condenado, porque no lo hace por fe; y todo lo que no procede de la fe es pecado.

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