Nueva Traducción BibliaTodo

Ezequiel 20

NTBT-2026-11-07

Introducción a Ezequiel

Ezequiel conduce al lector desde la pérdida de Jerusalén hasta la promesa de una vida reunida alrededor de la presencia de Dios. Sus visiones, advertencias y anuncios de restauración afrontan una pregunta dolorosa: ¿qué futuro puede tener un pueblo que ha profanado el pacto y ha sido llevado al destierro? La respuesta descubre la santidad del Señor, la gravedad de la infidelidad y la misericordia con que él mismo limpia, reúne y renueva. La esperanza cristiana reconoce su centro en Jesucristo, el Pastor que entrega su vida y nos abre la comunión con el Padre por el Espíritu Santo.

El profeta y su tiempo

El libro presenta a Ezequiel como sacerdote, hijo de Buzi, llamado por la palabra de Jehová entre los desterrados junto al río Quebar, en tierra de los caldeos (Ezequiel 1:1–3). Su ministerio se sitúa en la crisis de Judá bajo el dominio de Babilonia. El destierro del rey Joaquín, ocurrido en 597 a. C., sirve de referencia para contar los años. Las revelaciones fechadas que el libro conserva abarcan aproximadamente de 593 a 571 a. C. Estas fechas describen el marco de los mensajes conservados; no ofrecen una biografía completa del profeta.

La primera visión menciona también «el año treinta», sin explicar de manera inequívoca el punto de partida de ese cómputo. Puede relacionarse con la edad de Ezequiel, pero esa posibilidad debe conservarse como interpretación. En cambio, el quinto año del destierro de Joaquín está expresamente identificado. El relato comunica muchas experiencias en primera persona y contiene asimismo la presentación del profeta en tercera persona. Su condición sacerdotal ayuda a comprender la atención a la santidad, la contaminación, el culto y la presencia divina.

Dos noticias permiten seguir la gran ruptura histórica: el anuncio del comienzo del sitio de Jerusalén en Ezequiel 24:1–2 y la llegada del sobreviviente que informa de la caída en Ezequiel 33:21–22. La destrucción de la ciudad ocurrió en 587 o 586 a. C., según el cómputo cronológico adoptado. El orden del libro sigue también propósitos temáticos: la revelación del año veintisiete en Ezequiel 29:17 precede a otra del año undécimo en Ezequiel 30:20.

El recorrido del libro

Capítulos 1–3: la gloria de Dios y el llamado del profeta. Jehová se manifiesta en la tierra del destierro y encarga a Ezequiel comunicar su palabra a un pueblo resistente. La imagen del centinela explica su responsabilidad: escuchar a Dios y advertir fielmente. El mensajero responde por su encargo; quienes escuchan responden por su conducta (Ezequiel 3:16–21).

Capítulos 4–24: el juicio sobre Jerusalén y Judá. Acciones simbólicas, discursos, relatos figurados y visiones desenmascaran la falsa seguridad de la ciudad. El templo no puede emplearse como garantía de impunidad mientras se practica la idolatría y se oprime al prójimo. La visión de la gloria que se aparta de Jerusalén muestra la profundidad de la ruptura (Ezequiel 11:22–25). Las advertencias culminan en la noticia del sitio.

Capítulos 25–32: la palabra del Señor a las naciones. Amón, Moab, Edom, los filisteos, Tiro, Sidón y Egipto quedan bajo la autoridad de Jehová. La hostilidad contra el pueblo, el orgullo comercial y la confianza en el poder reciben juicio. El escenario internacional no está fuera del gobierno de Dios; ninguna riqueza, alianza o grandeza imperial hace invulnerable a una nación.

Capítulos 33–39: responsabilidad y esperanza después de la ruina. La caída de Jerusalén transforma la situación de los oyentes. El Señor denuncia a los pastores infieles, promete buscar a sus ovejas y anuncia limpieza, corazón nuevo y su Espíritu. La visión de los huesos secos y la unión de las dos maderas comunican vida y reunión para Israel. La derrota de Gog afirma que la agresión no frustrará el propósito santo de Dios.

Capítulos 40–48: el santuario y la vida restaurada. El recorrido describe accesos, espacios, servicio y culto; la gloria vuelve a la casa. La tierra se ordena con límites para el poder del príncipe, provisión para quienes sirven e inclusión de extranjeros residentes en la heredad. El río que sale del santuario lleva vida, y el libro termina con el nombre de la ciudad: «Jehová está allí» (Ezequiel 48:35).

La santidad de Dios y la verdad sobre el pecado

La declaración de que conocerán a Jehová acompaña tanto el juicio como la restauración. Conocerlo incluye reconocer su autoridad, su justicia y su fidelidad. La denuncia alcanza prácticas concretas: violencia, soborno, extorsión, abuso y desprecio del extranjero, del huérfano y de la viuda (Ezequiel 22:6–12). El abandono de Dios daña la vida compartida. Por eso, la restauración del culto debe ir acompañada de un ejercicio justo de la autoridad.

El capítulo 18 confronta la pretensión de explicar la propia situación únicamente por la culpa de generaciones anteriores. La historia de la comunidad tiene consecuencias reales, y cada persona es llamada a apartarse de su propia maldad. El Señor anuncia vida al que vuelve y declara que no se complace en la muerte del malvado (Ezequiel 18:21–23). Ante quienes sienten que sus pecados los consumen, vuelve a llamar con urgencia al arrepentimiento (Ezequiel 33:10–11). La seriedad de la advertencia forma parte de su llamado misericordioso.

El corazón nuevo y el Espíritu de Dios

La renovación comienza en la iniciativa del Señor. Él reúne, limpia de los ídolos, sustituye la dureza del corazón y pone su Espíritu dentro del pueblo (Ezequiel 36:22–28). El corazón de carne expresa una disposición viva y receptiva frente a la insensibilidad de la piedra. La obediencia aparece como resultado de esa obra interior. El regreso a la tierra, por sí solo, no resolvería la infidelidad que había llevado al destierro.

La interpretación que Dios da de los huesos secos debe orientar la lectura: representan a toda la casa de Israel, que se considera sin esperanza (Ezequiel 37:11–14). El Señor promete abrir un futuro donde el pueblo solo ve muerte. La segunda imagen del capítulo añade la reunión de los reinos divididos, un solo pastor y un pacto de paz (Ezequiel 37:21–28). La aplicación personal de estas promesas necesita respetar primero ese destinatario y ese propósito.

Jesús promete que el Padre dará el Consolador para permanecer con los suyos (Juan 14:16–17). El Espíritu Santo es persona divina: guía en la verdad y glorifica al Hijo (Juan 16:13–15). Su obra nos conduce a Jesucristo conforme a la Escritura. Padre, Hijo y Espíritu Santo son el único Dios; sus personas permanecen distintas. La salvación se recibe por gracia mediante la fe en Cristo, y las buenas obras son fruto de esa vida recibida (Efesios 2:8–10).

Jesucristo, el Pastor y Rey de la esperanza

Frente a dirigentes que se alimentaron del rebaño, el Señor promete buscar, reunir, vendar y fortalecer a sus ovejas. Después anuncia a su siervo David como único pastor (Ezequiel 34:11–16; Ezequiel 34:23–24). La promesa une el cuidado de Dios con la esperanza real de la casa de David. El gobierno que restaura debe atender a los débiles y practicar la justicia.

Jesús se presenta como el buen Pastor que conoce a sus ovejas, reúne un solo rebaño y entrega voluntariamente su vida para volver a tomarla (Juan 10:11–18). Su muerte y resurrección fundamentan nuestra salvación y nuestra relación con el Padre. Ningún dirigente humano puede ocupar su lugar. Leer a Ezequiel desde Cristo permite reconocer la profundidad de esa esperanza y medir el servicio de quienes cuidan al pueblo por su fidelidad al Salvador.

El santuario, el río y la presencia de Dios

Las medidas y disposiciones finales expresan una vida ordenada ante la santidad del Señor. El centro del recorrido es el regreso de su gloria y la promesa de habitar en medio de Israel (Ezequiel 43:4–7). La administración de la tierra también debe responder a esa presencia: el príncipe ha de abandonar la violencia y respetar la heredad del pueblo (Ezequiel 45:8–9; Ezequiel 46:18). Los extranjeros residentes con sus familias reciben una participación real en la heredad (Ezequiel 47:21–23).

Las relaciones con Jesucristo requieren atender también a las diferencias. El príncipe de la visión prepara una ofrenda por sí mismo y por el pueblo (Ezequiel 45:22); Jesús es santo, sin pecado, y se ofrece por nosotros (Hebreos 7:26–28). Su sacrificio único y suficiente sostiene toda comprensión cristiana del perdón (Hebreos 10:11–14). La santidad y el culto de estos capítulos deben leerse dentro del conjunto de la Escritura, reconociendo la obra decisiva del Hijo.

El río nace del santuario y transforma aguas y riberas con abundancia de vida (Ezequiel 47:8–12). Apocalipsis retoma el río y el árbol de la vida, y los vincula expresamente al trono de Dios y del Cordero (Apocalipsis 22:1–3). La ciudad final tiene a Dios y al Cordero como su templo (Apocalipsis 21:22–23). Así, la esperanza de presencia que cierra Ezequiel se abre hacia la comunión plena con Dios, libre de muerte y dolor (Apocalipsis 21:3–4).

Cómo acercarse a sus visiones e imágenes

Conviene seguir cada unidad completa, identificar quién habla y a quién se dirige, y escuchar las explicaciones que el propio libro ofrece. Los actos simbólicos pertenecen al encargo particular del profeta; las alegorías de ciudades expresan la gravedad de su infidelidad. Su lenguaje intenso exige discernimiento y nunca concede permiso para ejercer violencia contra otra persona. Las imágenes de la gloria comunican una realidad divina que supera al observador; el vocabulario de semejanza ayuda a reconocer ese límite.

Los nombres antiguos, las cifras y las medidas deben comprenderse dentro de su contexto. Las diferencias de interpretación merecen una evaluación paciente; los parecidos entre un nombre antiguo y uno moderno no bastan para identificar pueblos actuales ni calcular acontecimientos futuros. La atención solicitada al profeta en Ezequiel 40:4 orienta también una lectura cuidadosa: mirar, escuchar y prestar atención al mensaje recibido. El propósito del libro se reconoce en la santidad, la justicia y la vida que proceden del Señor.

Aplicación editorial

Lee Ezequiel con reverencia y esperanza. Reconoce el pecado sin esconderte detrás de la historia de tu familia, de un cargo o de una institución. Acude a Jesucristo, nuestro Señor y único Salvador, y recibe por fe su gracia. Pide al Espíritu Santo que forme en ti una respuesta obediente a la Escritura. Al cuidar, trabajar o ejercer autoridad, procura el bien de quienes pueden ser dañados por tus decisiones. Busca ante todo la comunión con el Padre por medio del Hijo: la restauración encuentra su bien mayor en pertenecer al Dios que habita con su pueblo.

Modo de proceder de Dios con Israel

En el año séptimo, el día diez del quinto mes, vinieron algunos de los ancianos de Israel a consultar al SEÑOR y se sentaron delante de mí. La palabra del SEÑOR vino a mí: «Hijo de hombre, habla a los ancianos de Israel y diles: Así dice el Señor DIOS: ¿Vienen ustedes a consultarme? Tan cierto como que vivo yo, no me dejaré consultar por ustedes, declara el Señor DIOS. ¿Los juzgarás? ¿Los juzgarás, hijo de hombre? Hazles conocer las abominaciones de sus padres. Diles: Así dice el Señor DIOS: El día en que escogí a Israel, alcé mi mano ante los descendientes de la casa de Jacob y me di a conocer a ellos en la tierra de Egipto. Alcé mi mano ante ellos y dije: “Yo soy el SEÑOR, su Dios”. Aquel día alcé mi mano ante ellos, jurando sacarlos de la tierra de Egipto a una tierra que había explorado para ellos, una tierra que fluye leche y miel, la más hermosa de todas las tierras. Les dije: “Que cada uno arroje las cosas detestables que tiene ante sus ojos. No se contaminen con los ídolos de Egipto. Yo soy el SEÑOR, su Dios”. Pero se rebelaron contra mí y no quisieron escucharme. Ninguno arrojó las cosas detestables que tenía ante sus ojos ni abandonaron los ídolos de Egipto. Entonces dije que derramaría mi furor sobre ellos y desahogaría mi ira contra ellos en medio de la tierra de Egipto. Pero actué por causa de mi nombre, para que no fuera profanado ante los ojos de las naciones en medio de las cuales estaban, ante cuya vista me había dado a conocer a ellos al sacarlos de la tierra de Egipto.

La liberación, la ley y la rebelión en el desierto

Los saqué de la tierra de Egipto y los llevé al desierto. Les di mis estatutos y les hice conocer mis decretos, por los cuales vivirá la persona que los cumpla. También les di mis días de reposo como señal entre mí y ellos, para que supieran que yo soy el SEÑOR, el que los santifica. Pero la casa de Israel se rebeló contra mí en el desierto. No anduvieron conforme a mis estatutos y rechazaron mis decretos, por los cuales vivirá la persona que los cumpla. Profanaron en gran manera mis días de reposo. Entonces dije que derramaría mi furor sobre ellos en el desierto para exterminarlos. Pero actué por causa de mi nombre, para que no fuera profanado ante los ojos de las naciones a cuya vista los había sacado. También alcé mi mano ante ellos en el desierto, jurando no llevarlos a la tierra que les había dado, que fluye leche y miel, la más hermosa de todas las tierras, porque rechazaron mis decretos, no anduvieron conforme a mis estatutos y profanaron mis días de reposo, pues su corazón seguía a sus ídolos. Sin embargo, mi ojo se apiadó de ellos para no destruirlos, y no acabé con ellos en el desierto.

El llamado a los hijos y su nueva rebelión

Les dije a sus hijos en el desierto: “No anden conforme a los estatutos de sus padres, no guarden sus decretos ni se contaminen con sus ídolos. Yo soy el SEÑOR, su Dios. Anden conforme a mis estatutos, guarden mis decretos y cúmplanlos. Santifiquen mis días de reposo y que sean señal entre mí y ustedes, para que sepan que yo soy el SEÑOR, su Dios”. Pero los hijos se rebelaron contra mí. No anduvieron conforme a mis estatutos ni guardaron mis decretos para cumplirlos, por los cuales vivirá la persona que los cumpla. Profanaron mis días de reposo. Entonces dije que derramaría mi furor sobre ellos para desahogar mi ira contra ellos en el desierto. Pero retiré mi mano y actué por causa de mi nombre, para que no fuera profanado ante los ojos de las naciones a cuya vista los había sacado. También alcé mi mano ante ellos en el desierto, jurando dispersarlos entre las naciones y esparcirlos por los países, porque no cumplieron mis decretos, rechazaron mis estatutos y profanaron mis días de reposo. Sus ojos seguían a los ídolos de sus padres. Yo también les di estatutos que no eran buenos y decretos por los cuales no podían vivir. Los contaminé con sus ofrendas, al ofrecer ellos a todo primogénito del vientre, para dejarlos desolados, para que supieran que yo soy el SEÑOR.

La infidelidad en la tierra y en la generación presente

Por eso, hijo de hombre, habla a la casa de Israel y diles: Así dice el Señor DIOS: También en esto me ultrajaron sus padres, al cometer infidelidad contra mí. Los llevé a la tierra que había jurado darles alzando mi mano. Pero miraron toda colina alta y todo árbol frondoso, y allí ofrecieron sus sacrificios, allí presentaron sus ofrendas provocadoras, allí pusieron sus aromas agradables y allí derramaron sus ofrendas líquidas. Les dije: “¿Qué es ese lugar alto adonde van?”. Y se le ha llamado Bama hasta el día de hoy. Por eso, dile a la casa de Israel: Así dice el Señor DIOS: ¿Se contaminan siguiendo el camino de sus padres y se prostituyen tras sus cosas detestables? Al presentar sus ofrendas y hacer pasar por el fuego a sus hijos, se contaminan con todos sus ídolos hasta el día de hoy. ¿Y voy a dejar que ustedes me consulten, casa de Israel? Tan cierto como que vivo yo, declara el Señor DIOS, no me dejaré consultar por ustedes.

El reinado de Dios, el juicio y la restauración

Lo que se les ha ocurrido no sucederá de ninguna manera, eso de que dicen: “Seremos como las naciones, como las familias de los países, que sirven a la madera y a la piedra”. Tan cierto como que vivo yo, declara el Señor DIOS, reinaré sobre ustedes con mano fuerte, con brazo extendido y con furor derramado. Los sacaré de entre los pueblos y los reuniré de los países por donde han sido dispersados, con mano fuerte, con brazo extendido y con furor derramado. Los llevaré al desierto de los pueblos y allí entraré en juicio con ustedes cara a cara. Como entré en juicio con sus padres en el desierto de la tierra de Egipto, así entraré en juicio con ustedes, declara el Señor DIOS. Los haré pasar bajo la vara y los haré entrar en el vínculo del pacto. Separaré de entre ustedes a los rebeldes y a los que se sublevan contra mí. Los sacaré de la tierra donde residen, pero no entrarán en la tierra de Israel. Entonces sabrán que yo soy el SEÑOR. En cuanto a ustedes, casa de Israel, así dice el Señor DIOS: Vayan, cada uno a servir a sus ídolos, también en adelante, si no me escuchan. Pero no profanen más mi santo nombre con sus ofrendas y sus ídolos.

La aceptación y el arrepentimiento del pueblo restaurado

Porque en mi monte santo, en el alto monte de Israel, declara el Señor DIOS, allí me servirá toda la casa de Israel, toda ella, en la tierra. Allí los aceptaré y allí reclamaré sus ofrendas y las primicias de sus dones, con todas sus cosas consagradas. Los aceptaré como aroma agradable cuando los saque de entre los pueblos y los reúna de los países por donde han sido dispersados. Mostraré mi santidad en ustedes ante los ojos de las naciones. Sabrán que yo soy el SEÑOR cuando los lleve a la tierra de Israel, a la tierra que juré dar a sus padres alzando mi mano. Allí recordarán su conducta y todas las acciones con las que se contaminaron. Se aborrecerán a ustedes mismos por todas las maldades que cometieron. Sabrán que yo soy el SEÑOR cuando trate con ustedes por causa de mi nombre, y no conforme a sus malos caminos ni a sus acciones corruptas, casa de Israel, declara el Señor DIOS».

Profecía contra el Neguev

La palabra del SEÑOR vino a mí: «Hijo de hombre, dirige tu rostro hacia el sur y proclama tu palabra contra el sur. Profetiza contra el bosque de la región del Neguev. Dile al bosque del Neguev: Escucha la palabra del SEÑOR. Así dice el Señor DIOS: Voy a encender en ti un fuego que consumirá todo árbol verde y todo árbol seco que haya en ti. La llama abrasadora no se apagará y en ella se quemarán todos los rostros, desde el sur hasta el norte. Todo ser humano verá que yo, el SEÑOR, lo he encendido. No se apagará». Entonces dije: «¡Ah, Señor DIOS! Ellos dicen de mí: “¿No es este uno que cuenta parábolas?”».

Direitos e atribuição

Santa Biblia, Nueva Traducción BibliaTodo (NTBT). Publicada por BibliaTodo Bible Society, sello editorial de BibliaTodo LLC.