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Levítico 27

NTBT-2026-11-07

Introducción a Levítico

Al terminar Éxodo, la gloria de Jehová llena el tabernáculo. Levítico comienza con el Señor hablando desde esa tienda. El pueblo ha sido liberado de Egipto y Dios habita en medio de él; ahora necesita aprender cómo acercarse, recibir purificación y vivir en consonancia con su santidad.

Las instrucciones sobre ofrendas, sacerdotes, alimentos, lavamientos, relaciones y tiempos de celebración pertenecen a esa vida de pacto. El libro reúne el culto y la conducta cotidiana: la presencia del Señor tiene implicaciones para el altar, pero también para el trato al vecino, al trabajador, al pobre y al extranjero.

El nombre y la continuidad de la historia

El nombre hebreo del libro procede de su primera palabra, wayyiqrāʾ, «y llamó». El título «Levítico» lo relaciona con Leví y con el ámbito sacerdotal, aunque sus enseñanzas se dirigen a toda la comunidad. Los sacerdotes de la familia de Aarón tienen responsabilidades particulares; el resto de Israel también debe conocer y obedecer las disposiciones que recibe por medio de Moisés.

El escenario principal sigue siendo el desierto de Sinaí. Éxodo fecha el montaje del tabernáculo en el primer día del primer mes del segundo año, y Números comienza con una comunicación divina en el primer día del segundo mes de ese año. Levítico queda situado narrativamente entre esos momentos, mientras Israel permanece junto al monte. El libro también recoge instrucciones para cuando entre en la tierra, como las del reposo de los campos.

Autoría y grado de certeza

Levítico forma parte del Pentateuco, tradicionalmente vinculado con Moisés. El propio texto presenta sus mandatos como palabras que Jehová comunica a Moisés para Israel; en algunos discursos interviene también Aarón como destinatario. El resumen final vuelve a situar los mandamientos en el Sinaí, dados por medio de Moisés. Ese es el marco de autoridad que el libro afirma expresamente.

El texto no ofrece una fecha de composición ni describe todo el proceso por el cual sus instrucciones adquirieron su forma escrita final. Conviene distinguir ese asunto de la ambientación de los acontecimientos: el escenario del Sinaí es explícito, mientras que la fecha y las etapas de la redacción no se detallan dentro del libro.

Destinatarios y propósito

La comunidad de Israel debe aprender a vivir delante del Dios que la ha rescatado. El Señor se presenta como quien rompió su yugo de esclavitud y promete andar en medio de ella. La obediencia se desarrolla dentro de esa relación recibida; las disposiciones de santidad no son el precio con el que Israel consigue por primera vez la atención de Dios.

Los sacerdotes deben distinguir entre lo santo y lo común, entre lo puro y lo impuro, y enseñar los estatutos al pueblo. Las ofrendas y los procedimientos de purificación permiten atender situaciones concretas del culto; los mandamientos sobre la vida diaria ordenan las relaciones de una comunidad que pertenece al Señor. La santidad une cercanía, responsabilidad y servicio.

Forma literaria y desarrollo

Predominan los discursos legales, introducidos por fórmulas que identifican al Señor como quien habla y a Moisés como mediador. Las instrucciones presentan casos y distinguen condiciones: el tipo de ofrenda, los recursos de la persona, la responsabilidad del sacerdote o la clase de impureza. Las repeticiones ayudan a comparar situaciones y a reconocer diferencias importantes.

También hay narración, especialmente en la consagración de Aarón y de sus hijos y en el comienzo de su servicio. La muerte de Nadab y Abiú muestra la gravedad de acercarse a Dios desatendiendo su mandato. El libro combina así enseñanza y acontecimientos que hacen visible la responsabilidad del ministerio.

Cómo avanza el libro

  • Levítico 1–7: las principales ofrendas y las responsabilidades de quienes las presentan y de los sacerdotes.
  • Levítico 8–10: consagración de Aarón y sus hijos, comienzo del servicio y muerte de Nadab y Abiú.
  • Levítico 11–15: distinciones de pureza e impureza y procedimientos relacionados con alimentos, parto, afecciones de la piel y flujos corporales.
  • Levítico 16: el Día de la Expiación y la purificación del santuario y del pueblo.
  • Levítico 17–22: sangre, vida, conducta sexual, justicia, amor al prójimo, santidad sacerdotal y cuidado de las ofrendas.
  • Levítico 23–24: tiempos señalados, servicio de lámparas y pan, y disposiciones relativas al nombre del Señor y a la justicia.
  • Levítico 25: reposo de la tierra, jubileo, posesiones y responsabilidades hacia el hermano empobrecido.
  • Levítico 26: bendiciones del pacto, consecuencias de la desobediencia y memoria de la fidelidad de Dios.
  • Levítico 27: votos y disposiciones sobre personas, animales, bienes y otras dedicaciones al Señor.

Claves para comprender sus enseñanzas

La santidad nace de quién es Dios. «Serán santos, porque yo, Jehová su Dios, soy santo» dirige la vida de toda la comunidad. La santidad comprende lo que se presenta en el santuario y la forma de tratar a otros. Dejar alimento para el necesitado, pagar al trabajador, juzgar sin favoritismos y amar al prójimo forman parte del mismo llamado.

La expiación es una provisión de Dios. Levítico 17:11 relaciona la sangre con la vida y declara que Dios la ha dado sobre el altar para hacer expiación. Los sacrificios pertenecen al modo que él establece para atender el pecado y la impureza en medio del pueblo. Cada clase de ofrenda debe entenderse por su función propia: no todas se preparan de la misma manera ni responden a la misma situación.

Impureza ritual y culpa moral deben distinguirse. Algunas situaciones de impureza surgen de procesos corporales ordinarios, como los vinculados al parto. El estado ritual afecta al acceso al santuario sin significar por sí mismo que la persona haya cometido una falta moral. El libro también trata pecados y transgresiones; por eso es necesario atender a la situación concreta, a lo que debe purificarse y a la respuesta que se ordena.

El pacto abarca toda la vida. Los tiempos de reposo y celebración, el uso de la tierra y las relaciones económicas recuerdan que Israel vive ante su Dios. Las advertencias del capítulo 26 muestran que la desobediencia tiene consecuencias; su cierre mantiene la memoria de las promesas a los patriarcas y de la fidelidad del Señor incluso en medio del juicio.

Levítico y Jesucristo

El Nuevo Testamento retoma este lenguaje para presentar la obra de Jesús. Hebreos explica que la repetición de sacrificios no podía dar la purificación definitiva de la conciencia, y anuncia que Cristo obtuvo redención eterna mediante su propia sangre. Su ofrenda, hecha de una vez para siempre, es el fundamento de nuestra confianza para acercarnos a Dios. La salvación es por su gracia mediante la fe en él, nuestro Señor y único Salvador.

Pedro une el llamado a ser santos con el rescate recibido mediante la sangre preciosa de Cristo, descrito como un cordero sin defecto y sin mancha. La obediencia es la respuesta a ese rescate. La relación con Levítico se desarrolla desde esas conexiones bíblicas, respetando también la función histórica de cada instrucción en el culto de Israel.

Jesús cita el mandato de amar al prójimo como a uno mismo al enseñar cuáles son los mayores mandamientos. La vida consagrada al Padre incluye amor, justicia y misericordia. El Espíritu Santo nos guía conforme a la verdad de Dios y a la obra de Jesucristo; la enseñanza de santidad debe conducir a una vida rendida al Señor y al cuidado de las personas.

Orientación para tu lectura

Al comenzar una instrucción, observa quién debe actuar, qué presenta, dónde lo hace y con qué finalidad. Distingue las tareas de la persona que lleva la ofrenda y las del sacerdote. Cuando se repita un procedimiento, busca qué se mantiene y qué cambia; a menudo esa diferencia explica el sentido de la nueva situación.

Lee los términos «santo», «puro», «impuro», «pecado» y «expiación» dentro de cada contexto. Las notas te ayudarán a conocer el vocabulario original y las costumbres que necesiten explicación. Después considera cómo el Nuevo Testamento desarrolla la relación con Cristo antes de trasladar directamente una disposición ritual a tu vida. Busca comprender la santidad de Dios, la provisión de su gracia y la respuesta de fe y obediencia que te corresponde.

Relaciones bíblicas

Votos y bienes dedicados al SEÑOR

El SEÑOR habló a Moisés y le dijo: «Habla a los hijos de Israel y diles: “Cuando un hombre haga un voto especial para dedicar personas al SEÑOR conforme a tu valoración, en cuanto a tu valoración de un varón de veinte a sesenta años, tu valoración será de unos quinientos setenta gramos de plata, según el peso del santuario. Si es una mujer, tu valoración será de unos trescientos cuarenta y dos gramos de plata. De cinco a veinte años, tu valoración para un varón será de unos doscientos veintiocho gramos de plata, y para una mujer, de unos ciento catorce gramos de plata. Desde un mes de edad hasta cinco años, tu valoración para un varón será de unos cincuenta y siete gramos de plata, y tu valoración para una mujer será de unos treinta y cuatro gramos de plata. De sesenta años en adelante, si es varón, tu valoración será de unos ciento setenta y un gramos de plata; para una mujer será de unos ciento catorce gramos de plata. Si es demasiado pobre para pagar tu valoración, será presentado ante el sacerdote, y el sacerdote lo valorará; según los recursos del que hizo el voto, el sacerdote lo valorará.

La dedicación de animales

Si se trata de un animal de los que se pueden presentar como ofrenda al SEÑOR, todo animal de esa clase que se dé al SEÑOR será santo. No lo cambiará ni lo sustituirá, bueno por malo ni malo por bueno. Si sustituye un animal por otro, tanto el animal como su sustituto serán santos. Si se trata de algún animal impuro, de los que no se pueden presentar como ofrenda al SEÑOR, pondrá el animal delante del sacerdote. El sacerdote lo valorará, sea bueno o malo; conforme a la valoración del sacerdote, así será. Si lo rescata, añadirá un veinte por ciento a tu valoración.

Casas y campos consagrados

Si un hombre consagra su casa como cosa santa al SEÑOR, el sacerdote la valorará, sea buena o mala; la valoración que fije el sacerdote será definitiva. Si el que consagró su casa la rescata, añadirá un veinte por ciento al importe de tu valoración, y será suya. Si un hombre consagra al SEÑOR parte del campo de su posesión, tu valoración dependerá de la semilla necesaria para sembrarlo: unos quinientos setenta gramos de plata por la siembra de unos doscientos veinte litros de cebada. Si consagra su campo desde el año del jubileo, tu valoración quedará firme. Si consagra su campo después del jubileo, el sacerdote calculará el importe según los años que queden hasta el año del jubileo, y se descontará de tu valoración. Si el que consagró el campo lo rescata, añadirá un veinte por ciento al importe de tu valoración, y el campo quedará en su poder. Si no rescata el campo y el campo es vendido a otro hombre, ya no podrá ser rescatado. Cuando el campo quede libre en el jubileo, será santo para el SEÑOR, como un campo consagrado irrevocablemente; será posesión del sacerdote. Si consagra al SEÑOR un campo que haya comprado, que no sea parte de su posesión hereditaria, el sacerdote le calculará el importe de la valoración hasta el año del jubileo. Ese mismo día entregará el valor fijado como cosa santa al SEÑOR. En el año del jubileo, el campo volverá a aquel de quien lo compró, a quien pertenece la posesión hereditaria de la tierra. Toda valoración se hará conforme al siclo del santuario, que pesa unos once gramos. El siclo equivale a veinte geras.

Lo que ya pertenece al SEÑOR

Pero nadie consagrará el primogénito de los animales, que ya pertenece al SEÑOR por ser primogénito. Sea una res o un animal del rebaño, es del SEÑOR. Si se trata de un animal impuro, lo rescatará conforme a tu valoración y añadirá un veinte por ciento. Si no es rescatado, será vendido conforme a tu valoración.

Lo consagrado irrevocablemente

Pero nada de lo que un hombre consagre irrevocablemente al SEÑOR de todo lo que posee, sea una persona, un animal o un campo de su posesión, podrá venderse ni rescatarse. Todo lo consagrado irrevocablemente es cosa santísima para el SEÑOR. Ninguna persona puesta bajo anatema podrá ser rescatada; se le dará muerte sin falta.

Los diezmos de la tierra y de los rebaños

Todo diezmo de la tierra, tanto del grano de la tierra como del fruto de los árboles, pertenece al SEÑOR. Es santo para el SEÑOR. Si un hombre rescata parte de su diezmo, añadirá un veinte por ciento a su valor. En cuanto a todo diezmo del ganado vacuno y del rebaño, de todo lo que pase bajo la vara, el décimo será santo para el SEÑOR. No examinará si es bueno o malo ni lo sustituirá. Si lo sustituye, tanto el animal como su sustituto serán santos; no podrán ser rescatados”». Estos son los mandamientos que el SEÑOR ordenó a Moisés para los hijos de Israel en el monte Sinaí.

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