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Josué 17

NTBT-2026-11-07

Josué: la fidelidad de Dios y la herencia de Israel

Josué narra la entrada de Israel en Canaán, las campañas principales y la distribución de la tierra. Su centro es la fidelidad de Jehová a la palabra dada a los antepasados, junto con el llamado a escucharle y servirle como pueblo suyo.

Situación y continuidad

El relato comienza después de la muerte de Moisés, cuando Israel todavía debe cruzar el Jordán. Continúa la historia del éxodo y del recorrido por el desierto. Jehová había prometido la tierra a Abraham, Isaac y Jacob; Josué recibe la responsabilidad de conducir al pueblo y distribuir su herencia. La sucesión de dirigentes cambia la etapa de la historia, pero la promesa y la autoridad de Dios permanecen (Deuteronomio 34:4–9; Josué 1:1–9).

Las exhortaciones del libro se dirigen dentro del relato a Israel, a sus dirigentes y a sus tribus. También enseñan a quienes leen después a reconocer lo que Dios ha hecho y a responderle con fidelidad. La pregunta no es solo cómo obtuvo Israel una tierra, sino cómo debe vivir delante del Señor que lo liberó y lo estableció.

Autoría y fecha

El libro lleva el nombre de su protagonista, pero no identifica de manera expresa al responsable de su forma completa. Josué 24:26 afirma que Josué escribió palabras en el libro de la ley de Dios. Ese dato reconoce una actividad escrita suya; no dice que redactara personalmente todas las escenas que ahora leemos.

El final incluye las muertes y sepulturas de Josué y Eleazar, y recuerda el servicio de los ancianos que sobrevivieron a Josué (Josué 24:29–33). Por ello conviene distinguir al dirigente, las palabras que se le atribuyen y la presentación final de la historia. El texto no proporciona una fecha de composición ni permite fijar un año exacto para cada campaña. Su secuencia interna es clara: muerte de Moisés, entrada y establecimiento, despedida y muerte de Josué.

Género y manera de leer

Es una narración histórica con una perspectiva teológica expresa: cuenta acontecimientos, conserva discursos y reúne listas de lugares y límites para mostrar la relación de Israel con Jehová. Las campañas destacan acciones decisivas; los repartos siguen la lógica de las herencias tribales. Una lista de ciudades puede parecer menos dramática que un cruce de río, pero muestra cómo el don anunciado llega a comunidades concretas.

Las afirmaciones generales de victoria deben leerse junto con los detalles del propio libro. Josué 11:23 celebra la conquista y el descanso de la guerra; 13:1 reconoce que queda tierra por poseer. Las campañas principales, la asignación de territorios y la ocupación de todos sus lugares son aspectos relacionados que el relato distingue. La fidelidad de Dios se proclama sin ocultar tareas pendientes ni desobediencias del pueblo.

Recorrido del libro

Capítulos 1–5: encargo a Josué, exploración de Jericó, ayuda de Rahab, cruce del Jordán y preparación del pueblo en Gilgal. La entrada depende de la presencia de Jehová y renueva la memoria de la liberación.

Capítulos 6–12: Jericó, el pecado de Acán, Hai, el acuerdo con los gabaonitas y las campañas principales. Las victorias se relacionan con la palabra divina; el pecado dentro de Israel y las decisiones sin consulta también producen consecuencias.

Capítulos 13–21: distribución de las herencias, límites y ciudades, ciudades de refugio y lugares para los levitas. La sección termina celebrando que Jehová ha cumplido sus buenas palabras (Josué 21:43–45).

Capítulo 22: regreso de las tribus orientales y una controversia sobre un altar. La unidad del pueblo debe conservarse aunque sus herencias queden a distintos lados del Jordán.

Capítulos 23–24: exhortaciones finales, memoria de las obras de Dios y compromiso de servirle. Las sepulturas concluyen una etapa de la historia y dejan ante las generaciones siguientes la responsabilidad de continuar escuchando.

Santidad, juicio y misericordia

Los relatos de destrucción son severos y deben afrontarse con seriedad. La tierra no se concede porque Israel sea moralmente superior. Deuteronomio 9:4–6 relaciona la entrada con el juicio contra la maldad y con el juramento a los antepasados. Génesis 15:16 ya situaba ese juicio dentro de una historia de paciencia divina. Las disposiciones de Deuteronomio 20:16–18 explican además el peligro de adoptar los cultos de esos pueblos.

La condición de Israel no le permite tratar el mandato como una oportunidad de apropiarse de todo. El pecado de Acán suscita juicio dentro del mismo pueblo (Josué 7:1). A la vez, Rahab es preservada y llega a vivir en medio de Israel (6:22–25). La narración exige atender a la relación con Jehová, a su palabra y a la misericordia, sin reducir la historia a una oposición entre pueblos buenos por nacimiento y pueblos malos por nacimiento.

Estos mandatos pertenecen a la situación histórica narrada. La misión que Jesucristo confía a sus discípulos consiste en hacer discípulos, bautizar y enseñar sus mandamientos (Mateo 28:18–20). El libro de Josué no autoriza a una iglesia ni a un dirigente actual a emprender conquistas o violencia contra otros pueblos.

Josué y la esperanza en Jesucristo

La entrada en Canaán es un cumplimiento real, pero no agota la esperanza del pueblo de Dios. Hebreos 4:8–11 explica que, si Josué hubiera dado el reposo definitivo, no se hablaría después de otro día. Esa lectura conduce a escuchar con fe la voz de Dios y a reconocer que su salvación va más allá del establecimiento en una tierra.

Mateo incluye a Rahab en la genealogía de Jesús (Mateo 1:5). La mujer preservada en Jericó queda relacionada con la línea que conduce al Mesías, cuyo propósito es salvar a su pueblo de sus pecados (1:21). La conexión permite seguir la misericordia de Dios en la historia, sin convertir cada objeto o movimiento de Josué en un símbolo de Cristo.

Jesucristo es nuestro Señor y único Salvador (Hechos 4:12). La salvación se recibe por gracia mediante la fe; las buenas obras son fruto de esa gracia (Efesios 2:8–10).

Aplicación editorial

Al leer este libro, puedes aprender a confiar en la fidelidad de nuestro Padre celestial y a escuchar su Palabra bajo la guía del Espíritu Santo, quien da testimonio de Cristo y nos conduce en la verdad.

Herencia de Manasés

A la tribu de Manasés también le tocó su parte por sorteo, porque él era el primogénito de José. Maquir, primogénito de Manasés y padre de Galaad, recibió Galaad y Basán, porque era un hombre de guerra. También les tocó una parte a los demás hijos de Manasés, según sus clanes: a los hijos de Abiezer, a los hijos de Helec, a los hijos de Asriel, a los hijos de Siquem, a los hijos de Hefer y a los hijos de Semida. Estos eran los hijos varones de Manasés hijo de José, según sus clanes. Pero Zelofehad hijo de Hefer, hijo de Galaad, hijo de Maquir, hijo de Manasés, no tuvo hijos varones, sino hijas. Estos eran los nombres de sus hijas: Maala, Noa, Hogla, Milca y Tirsa.

Las hijas de Zelofehad reciben su herencia

Ellas se acercaron ante el sacerdote Eleazar, ante Josué hijo de Nun y ante los jefes, y dijeron: «El SEÑOR mandó a Moisés que nos diera una herencia entre nuestros hermanos». Él les dio una herencia entre los hermanos de su padre, conforme al mandato del SEÑOR. A Manasés le tocaron diez porciones, además de la tierra de Galaad y de Basán, que está al otro lado del Jordán, porque las hijas de Manasés recibieron una herencia entre sus hijos varones. La tierra de Galaad fue para los demás hijos de Manasés.

Límites y ciudades de Manasés

El límite de Manasés iba desde Aser hasta Micmetat, que está frente a Siquem; el límite seguía hacia el sur, hasta los habitantes de En-tapúa. La tierra de Tapúa pertenecía a Manasés, pero Tapúa, junto al límite de Manasés, pertenecía a los hijos de Efraín. El límite bajaba al torrente de Caná, al sur del torrente. Estas ciudades pertenecían a Efraín, en medio de las ciudades de Manasés; el límite de Manasés estaba al norte del torrente y terminaba en el mar. Al sur era de Efraín y al norte era de Manasés, y el mar era su límite. Al norte colindaban con Aser, y al oriente, con Isacar. En Isacar y en Aser, Manasés tenía Bet-seán y sus pueblos, Ibleam y sus pueblos, a los habitantes de Dor y sus pueblos, a los habitantes de Endor y sus pueblos, a los habitantes de Taanac y sus pueblos, y a los habitantes de Meguido y sus pueblos: las tres regiones. Los hijos de Manasés no pudieron expulsar a los habitantes de estas ciudades, y los cananeos persistieron en habitar en aquella tierra. Cuando los hijos de Israel se hicieron fuertes, sometieron a los cananeos a trabajos forzados, pero no llegaron a expulsarlos.

Los hijos de José piden más espacio

Los hijos de José hablaron a Josué y dijeron: «¿Por qué me has dado como herencia una sola parte por sorteo y una sola porción, siendo yo un pueblo numeroso, pues el SEÑOR me ha bendecido hasta ahora?». Josué les dijo: «Si eres un pueblo numeroso, sube al bosque y despeja allí terreno para ti, en la tierra de los ferezeos y de los refaítas, porque la región montañosa de Efraín te queda estrecha». Los hijos de José dijeron: «La región montañosa no nos basta, y todos los cananeos que habitan en la tierra del valle tienen carros de hierro, tanto los que están en Bet-seán y en sus pueblos como los que están en el valle de Jezreel». Josué dijo a la casa de José, a Efraín y a Manasés: «Eres un pueblo numeroso y tienes gran fuerza; no tendrás una sola parte por sorteo, sino que la región montañosa será tuya. Aunque es bosque, tú lo despejarás y poseerás sus extremos, porque expulsarás a los cananeos, aunque tengan carros de hierro y sean fuertes».

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