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Josué 4

NTBT-2026-11-07

Josué: la fidelidad de Dios y la herencia de Israel

Josué narra la entrada de Israel en Canaán, las campañas principales y la distribución de la tierra. Su centro es la fidelidad de Jehová a la palabra dada a los antepasados, junto con el llamado a escucharle y servirle como pueblo suyo.

Situación y continuidad

El relato comienza después de la muerte de Moisés, cuando Israel todavía debe cruzar el Jordán. Continúa la historia del éxodo y del recorrido por el desierto. Jehová había prometido la tierra a Abraham, Isaac y Jacob; Josué recibe la responsabilidad de conducir al pueblo y distribuir su herencia. La sucesión de dirigentes cambia la etapa de la historia, pero la promesa y la autoridad de Dios permanecen (Deuteronomio 34:4–9; Josué 1:1–9).

Las exhortaciones del libro se dirigen dentro del relato a Israel, a sus dirigentes y a sus tribus. También enseñan a quienes leen después a reconocer lo que Dios ha hecho y a responderle con fidelidad. La pregunta no es solo cómo obtuvo Israel una tierra, sino cómo debe vivir delante del Señor que lo liberó y lo estableció.

Autoría y fecha

El libro lleva el nombre de su protagonista, pero no identifica de manera expresa al responsable de su forma completa. Josué 24:26 afirma que Josué escribió palabras en el libro de la ley de Dios. Ese dato reconoce una actividad escrita suya; no dice que redactara personalmente todas las escenas que ahora leemos.

El final incluye las muertes y sepulturas de Josué y Eleazar, y recuerda el servicio de los ancianos que sobrevivieron a Josué (Josué 24:29–33). Por ello conviene distinguir al dirigente, las palabras que se le atribuyen y la presentación final de la historia. El texto no proporciona una fecha de composición ni permite fijar un año exacto para cada campaña. Su secuencia interna es clara: muerte de Moisés, entrada y establecimiento, despedida y muerte de Josué.

Género y manera de leer

Es una narración histórica con una perspectiva teológica expresa: cuenta acontecimientos, conserva discursos y reúne listas de lugares y límites para mostrar la relación de Israel con Jehová. Las campañas destacan acciones decisivas; los repartos siguen la lógica de las herencias tribales. Una lista de ciudades puede parecer menos dramática que un cruce de río, pero muestra cómo el don anunciado llega a comunidades concretas.

Las afirmaciones generales de victoria deben leerse junto con los detalles del propio libro. Josué 11:23 celebra la conquista y el descanso de la guerra; 13:1 reconoce que queda tierra por poseer. Las campañas principales, la asignación de territorios y la ocupación de todos sus lugares son aspectos relacionados que el relato distingue. La fidelidad de Dios se proclama sin ocultar tareas pendientes ni desobediencias del pueblo.

Recorrido del libro

Capítulos 1–5: encargo a Josué, exploración de Jericó, ayuda de Rahab, cruce del Jordán y preparación del pueblo en Gilgal. La entrada depende de la presencia de Jehová y renueva la memoria de la liberación.

Capítulos 6–12: Jericó, el pecado de Acán, Hai, el acuerdo con los gabaonitas y las campañas principales. Las victorias se relacionan con la palabra divina; el pecado dentro de Israel y las decisiones sin consulta también producen consecuencias.

Capítulos 13–21: distribución de las herencias, límites y ciudades, ciudades de refugio y lugares para los levitas. La sección termina celebrando que Jehová ha cumplido sus buenas palabras (Josué 21:43–45).

Capítulo 22: regreso de las tribus orientales y una controversia sobre un altar. La unidad del pueblo debe conservarse aunque sus herencias queden a distintos lados del Jordán.

Capítulos 23–24: exhortaciones finales, memoria de las obras de Dios y compromiso de servirle. Las sepulturas concluyen una etapa de la historia y dejan ante las generaciones siguientes la responsabilidad de continuar escuchando.

Santidad, juicio y misericordia

Los relatos de destrucción son severos y deben afrontarse con seriedad. La tierra no se concede porque Israel sea moralmente superior. Deuteronomio 9:4–6 relaciona la entrada con el juicio contra la maldad y con el juramento a los antepasados. Génesis 15:16 ya situaba ese juicio dentro de una historia de paciencia divina. Las disposiciones de Deuteronomio 20:16–18 explican además el peligro de adoptar los cultos de esos pueblos.

La condición de Israel no le permite tratar el mandato como una oportunidad de apropiarse de todo. El pecado de Acán suscita juicio dentro del mismo pueblo (Josué 7:1). A la vez, Rahab es preservada y llega a vivir en medio de Israel (6:22–25). La narración exige atender a la relación con Jehová, a su palabra y a la misericordia, sin reducir la historia a una oposición entre pueblos buenos por nacimiento y pueblos malos por nacimiento.

Estos mandatos pertenecen a la situación histórica narrada. La misión que Jesucristo confía a sus discípulos consiste en hacer discípulos, bautizar y enseñar sus mandamientos (Mateo 28:18–20). El libro de Josué no autoriza a una iglesia ni a un dirigente actual a emprender conquistas o violencia contra otros pueblos.

Josué y la esperanza en Jesucristo

La entrada en Canaán es un cumplimiento real, pero no agota la esperanza del pueblo de Dios. Hebreos 4:8–11 explica que, si Josué hubiera dado el reposo definitivo, no se hablaría después de otro día. Esa lectura conduce a escuchar con fe la voz de Dios y a reconocer que su salvación va más allá del establecimiento en una tierra.

Mateo incluye a Rahab en la genealogía de Jesús (Mateo 1:5). La mujer preservada en Jericó queda relacionada con la línea que conduce al Mesías, cuyo propósito es salvar a su pueblo de sus pecados (1:21). La conexión permite seguir la misericordia de Dios en la historia, sin convertir cada objeto o movimiento de Josué en un símbolo de Cristo.

Jesucristo es nuestro Señor y único Salvador (Hechos 4:12). La salvación se recibe por gracia mediante la fe; las buenas obras son fruto de esa gracia (Efesios 2:8–10).

Aplicación editorial

Al leer este libro, puedes aprender a confiar en la fidelidad de nuestro Padre celestial y a escuchar su Palabra bajo la guía del Espíritu Santo, quien da testimonio de Cristo y nos conduce en la verdad.

Las doce piedras tomadas del Jordán

Cuando toda la nación terminó de cruzar el Jordán, el SEÑOR dijo a Josué: «Tomen del pueblo a doce hombres, uno de cada tribu, y ordénenles: “Recojan de aquí, de en medio del Jordán, del lugar donde están firmes los pies de los sacerdotes, doce piedras. Llévenlas con ustedes al otro lado y déjenlas en el lugar donde pasarán esta noche”». Josué llamó a los doce hombres que había designado de entre los hijos de Israel, uno de cada tribu. Josué les dijo: «Pasen delante del arca del SEÑOR su Dios, hasta en medio del Jordán, y cada uno levante una piedra sobre su hombro, según el número de las tribus de los hijos de Israel, para que esto sea una señal en medio de ustedes. Cuando sus hijos les pregunten en el futuro: “¿Qué significan para ustedes estas piedras?”, les responderán: “Las aguas del Jordán quedaron cortadas delante del arca del pacto del SEÑOR. Cuando ella cruzó el Jordán, las aguas del Jordán quedaron cortadas”. Estas piedras serán un recordatorio para los hijos de Israel para siempre». Los hijos de Israel hicieron tal como Josué les había mandado. Recogieron doce piedras de en medio del Jordán, como el SEÑOR había dicho a Josué, según el número de las tribus de los hijos de Israel. Las llevaron consigo al lugar donde pasaron la noche y las dejaron allí. Josué también levantó doce piedras en medio del Jordán, en el lugar donde estaban los pies de los sacerdotes que llevaban el arca del pacto. Allí permanecen hasta el día de hoy.

El pueblo y el arca completan el cruce

Los sacerdotes que llevaban el arca permanecieron en medio del Jordán hasta que se terminó todo lo que el SEÑOR había mandado a Josué decir al pueblo, conforme a todo lo que Moisés había mandado a Josué. El pueblo se apresuró y cruzó. Cuando todo el pueblo terminó de cruzar, cruzaron el arca del SEÑOR y los sacerdotes a la vista del pueblo. Los hijos de Rubén, los hijos de Gad y la media tribu de Manasés cruzaron armados delante de los hijos de Israel, tal como Moisés les había dicho. Unos cuarenta mil hombres armados del ejército cruzaron delante del SEÑOR para la batalla, hacia las llanuras de Jericó. Aquel día el SEÑOR engrandeció a Josué ante los ojos de todo Israel; lo temieron como habían temido a Moisés, todos los días de su vida. El SEÑOR dijo a Josué: «Ordena a los sacerdotes que llevan el arca del Testimonio que suban del Jordán». Josué ordenó a los sacerdotes: «Suban del Jordán». En cuanto los sacerdotes que llevaban el arca del pacto del SEÑOR subieron de en medio del Jordán y las plantas de los pies de los sacerdotes pisaron tierra seca, las aguas del Jordán volvieron a su lugar y corrieron, como antes, desbordando todas sus orillas.

La memoria del cruce en Gilgal

El pueblo subió del Jordán el día diez del primer mes y acampó en Gilgal, al lado oriental de Jericó. Josué levantó en Gilgal aquellas doce piedras que habían tomado del Jordán. Dijo a los hijos de Israel: «Cuando en el futuro sus hijos pregunten a sus padres: “¿Qué son estas piedras?”, ustedes harán saber a sus hijos: “Israel cruzó este Jordán por tierra seca”. Porque el SEÑOR su Dios secó las aguas del Jordán delante de ustedes hasta que cruzaron, como el SEÑOR su Dios hizo con el mar Rojo, que secó delante de nosotros hasta que cruzamos, para que todos los pueblos de la tierra conozcan que la mano del SEÑOR es poderosa y para que ustedes teman al SEÑOR su Dios todos los días».

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