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Juan 21

NTBT-2026-11-07

Introducción al Evangelio según Juan

Juan te invita a conocer a Jesucristo como el Hijo eterno que vino al mundo para revelar al Padre y dar vida. Sus palabras, sus señales, su muerte y su resurrección forman un testimonio que llama a creer en él. La historia conduce desde el Verbo que estaba con Dios antes de la creación hasta el Señor resucitado que recibe, restaura y envía a sus discípulos.

El testigo y la autoría

La antigua tradición cristiana atribuye este Evangelio a Juan, hijo de Zebedeo, uno de los discípulos de Jesús. Dentro del relato, el nombre del autor no aparece como una firma. El cierre vincula el testimonio y la escritura con «el discípulo a quien Jesús amaba», relacionado con la cena, la cruz y los encuentros después de la resurrección (Juan 13:23–26; Juan 19:26–27; Juan 21:24).

La identificación tradicional debe distinguirse de los datos que el propio libro expresa. El plural «sabemos que su testimonio es verdadero» ha dado lugar a preguntas sobre quienes confirmaron o participaron en la transmisión del escrito. No se nombran todas esas personas ni se describen las etapas de redacción. El Evangelio afirma su relación con un testigo cercano a Jesús y presenta lo escrito como un testimonio verdadero dirigido a la fe.

Fecha, contexto y destinatarios

El libro no declara un año ni una ciudad de composición. Suele situarse su forma final en las últimas décadas del siglo I, frecuentemente alrededor de los años noventa. La tradición lo relaciona con Éfeso, en Asia Menor. Son referencias históricas que ayudan a situarlo, sin convertir una fecha o un lugar discutidos en una afirmación explícita del narrador.

No se nombra a un destinatario individual. Las explicaciones de términos y costumbres permiten pensar en lectores que necesitaban comprender el entorno judío de Jesús. El propósito alcanza tanto a quienes deben recibir al Salvador como a quienes necesitan ser afirmados en la fe. El relato muestra conflictos, temor a la exclusión y resistencia al testimonio, pero también la fe de personas muy distintas.

Género y propósito

Es un evangelio: una narración de la persona, la enseñanza, la muerte y la resurrección de Jesús que comunica la buena noticia de la salvación. Sus escenas tienen una elaboración literaria cuidadosa. Los diálogos, los malentendidos, las imágenes y las señales permiten avanzar en el reconocimiento del Hijo enviado por el Padre.

Su finalidad se declara en Juan 20:30–31: creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y tener vida en su nombre. El libro selecciona acontecimientos verdaderos para conducir a esa respuesta. No pretende narrar cada acto de Jesús, como recuerda también Juan 21:25.

Un recorrido por el libro

  1. 1:1–18: el prólogo presenta al Verbo eterno que es Dios, se hace carne y da a conocer al Padre.
  2. 1:19–12:50: el testimonio de Juan el Bautista, el llamado de los primeros discípulos, las señales y las conversaciones revelan la identidad de Jesús y las distintas respuestas a él. Su ministerio público avanza entre la fe y la oposición hasta la llegada de su hora.
  3. 13–17: la cena, el lavado de los pies, el mandamiento del amor, la promesa del Espíritu y la oración al Padre preparan a los discípulos para la partida de Jesús y para su misión.
  4. 18–19: el arresto, los interrogatorios, la condena, la crucifixión y la sepultura muestran la entrega consciente del Hijo y el cumplimiento de las Escrituras.
  5. 20: el sepulcro vacío y los encuentros con María Magdalena, los discípulos y Tomás afirman la realidad de la resurrección y culminan en la confesión del Señor y en el propósito de recibir vida por la fe.
  6. 21: la pesca y la comida junto al lago, la restauración de Pedro y la declaración sobre el testimonio verdadero muestran el cuidado del Resucitado y el llamado a seguirlo.

El Hijo revela al Padre

El prólogo llama a Jesús el Verbo, λόγος (logos): la Palabra personal que estaba con Dios y era Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de él, y él se hizo carne. Su humanidad verdadera permite conocer la gloria del Hijo que revela al Padre (Juan 1:1–18).

Su misión está fundada en esa relación eterna. Jesús habla las palabras del Padre, realiza sus obras y recibe el honor que le corresponde al Hijo. La confesión de Tomás, «Señor mío y Dios mío», expresa personalmente la identidad revelada desde el comienzo (Juan 5:19–23; Juan 20:28). El Padre y el Hijo son distintos, y el Evangelio mantiene la unidad del único Dios.

El Espíritu Santo y la comunión con Dios

Jesús promete otro Consolador, el Espíritu de la verdad. Él enseñará, recordará las palabras del Señor, dará testimonio de él y lo glorificará. Su guía permanece unida a la revelación del Hijo y del Padre (Juan 14:16–17; Juan 14:26; Juan 16:13–15).

El Espíritu Santo es la persona divina que acompaña la vida y el testimonio de los creyentes. El Padre lo da y el Hijo lo envía. La acción del único Dios recibe así una expresión personal: el Padre ama y envía, el Hijo revela y salva, y el Espíritu guía en la verdad y hace conocido al Salvador. Sus personas permanecen distinguidas en una misma obra de gracia.

La vida se recibe por gracia mediante la fe

El Padre envía al Hijo por amor al mundo. Quien cree recibe vida eterna; quien rechaza la luz permanece bajo juicio. La salvación tiene un centro personal: Jesucristo, el camino al Padre, el único Salvador en quien se encuentra la vida (Juan 3:16–21; Juan 14:6).

Esa vida comienza en la relación con Dios y tiene una plenitud futura en la resurrección y la comunión con Jesús. El creyente ya ha pasado de muerte a vida y espera ser levantado por el Hijo (Juan 5:24; Juan 6:40). La obediencia, el amor y el servicio son fruto de la gracia recibida, como muestra la imagen de permanecer en la vid (Juan 15:1–12).

Las señales y las respuestas de las personas

Las señales revelan quién es Jesús. El agua convertida en vino, el alimento compartido, la vista concedida al ciego y la vida devuelta a Lázaro conducen hacia su persona. Él mismo se presenta como el pan de vida y como la resurrección y la vida (Juan 6:35; Juan 11:25–27).

El libro permite reconocer respuestas diversas: búsqueda, incomprensión, fe, temor, rechazo y adoración. Nicodemo, la mujer samaritana, el hombre que recibió la vista, Marta, María Magdalena, Pedro y Tomás son personas concretas dentro de esa historia. El Salvador recibe preguntas, confronta el pecado y forma una fe que aprende a depender de él.

Las Escrituras, la Pascua y la gloria de la cruz

La vida de Jesús está enraizada en la revelación dada a Israel. El testimonio de Moisés, las promesas, los salmos y los profetas iluminan su misión. La imagen del Hijo levantado recuerda la serpiente levantada por Moisés, y la figura del Cordero de Dios conduce a contemplar la entrega que quita el pecado (Juan 3:14–15; Juan 1:29).

La llegada de su hora une sufrimiento y glorificación. Jesús acepta la copa del Padre, da su vida voluntariamente y lleva su obra a cumplimiento. La resurrección manifiesta la victoria de esa entrega y transforma la tristeza de los discípulos en alegría (Juan 10:17–18; Juan 19:30; Juan 20:19–20).

El amor, el servicio y el testimonio

El discípulo recibe el amor de Jesús y aprende a amar conforme a él. El lavado de los pies, el mandamiento nuevo y el cuidado confiado a Pedro muestran una autoridad que sirve y una fe que se vuelve atención concreta al prójimo (Juan 13:12–17; Juan 13:34–35; Juan 21:15–17).

El Resucitado da paz y envía a los suyos. Su testimonio alcanzará a quienes no estuvieron presentes en los primeros encuentros, pero reciben la palabra acerca del Señor. La misión está sostenida por el Espíritu Santo y tiene como centro la verdad y el perdón que se reciben en Cristo (Juan 17:20–23; Juan 20:21–23).

Escuchar cada voz dentro de su contexto

Las conversaciones incluyen afirmaciones de Jesús, preguntas de quienes lo buscan y acusaciones de sus adversarios. Cada voz debe reconocerse dentro de la escena. La expresión «los judíos» tiene sentidos distintos según el contexto y con frecuencia señala a autoridades opositoras; Jesús, sus discípulos y muchas personas que creen también pertenecen al pueblo judío. El Evangelio llama a recibir al Salvador y a amar la verdad, no a despreciar a un pueblo.

Aplicación editorial

Al leer Juan, pregunta qué revela cada escena acerca de Jesucristo y cómo responde la persona que está ante él. Pon tu fe en el Hijo que murió y resucitó, acércate por él a tu Padre celestial y recibe la guía del Espíritu Santo conforme a la Escritura. Que la vida dada por gracia produzca en ti amor, obediencia, servicio y una esperanza firme en la comunión con tu Señor.

Jesús se aparece a siete de sus discípulos

Después de esto, Jesús se manifestó de nuevo a los discípulos junto al mar de Tiberias. Se manifestó de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado Dídimo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar». Ellos le dijeron: «También nosotros vamos contigo». Salieron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. Cuando ya amanecía, Jesús estaba de pie en la playa, pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les preguntó: «Muchachos, ¿tienen algo de comer?». Le respondieron: «No».

La pesca abundante y el reconocimiento del Señor

Él les dijo: «Echen la red al lado derecho de la barca, y encontrarán». La echaron y ya no podían arrastrarla por la cantidad de peces. Entonces aquel discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: «¡Es el Señor!». Al oír que era el Señor, Simón Pedro se ciñó la ropa, porque estaba desvestido, y se arrojó al mar. Los otros discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red de peces, porque no estaban lejos de tierra, sino a unos noventa metros.

Jesús recibe a los discípulos con una comida

Cuando bajaron a tierra, vieron unas brasas con un pescado encima y pan. Jesús les dijo: «Traigan de los pescados que acaban de pescar». Simón Pedro subió y arrastró hasta tierra la red, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aunque eran tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: «Vengan a desayunar». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Tú quién eres?», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio; y lo mismo hizo con el pescado. Esta era ya la tercera vez que Jesús se manifestaba a los discípulos después de haber resucitado de entre los muertos.

Jesús restaura a Pedro y le confía su rebaño

Después de desayunar, Jesús preguntó a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te amo». Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos». Volvió a preguntarle por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te amo». Jesús le dijo: «Pastorea mis ovejas». Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Pedro se entristeció porque le había preguntado por tercera vez: «¿Me amas?», y le respondió: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.

La fidelidad de Pedro y su llamado al seguimiento

En verdad, en verdad te digo: cuando eras más joven, te ceñías tú mismo y caminabas adonde querías. Pero cuando envejezcas, extenderás las manos, y otro te ceñirá y te llevará adonde no quieres». Dijo esto para indicar con qué muerte iba a glorificar a Dios. Después de decir esto, le dijo: «Sígueme».

El discípulo amado y el llamado a seguir a Jesús

Pedro se volvió y vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que durante la cena se había inclinado sobre su pecho y había dicho: «Señor, ¿quién es el que te entrega?». Al verlo, Pedro preguntó a Jesús: «Señor, ¿y este qué?». Jesús le respondió: «Si quiero que él permanezca hasta que yo venga, ¿qué tiene eso que ver contigo? Tú sígueme». Entonces se extendió entre los hermanos el dicho de que aquel discípulo no moriría. Pero Jesús no le dijo que no moriría, sino: «Si quiero que él permanezca hasta que yo venga, ¿qué tiene eso que ver contigo?».

El testimonio verdadero sobre Jesús

Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que escribió estas cosas, y sabemos que su testimonio es verdadero. Jesús hizo también muchas otras cosas. Si se escribieran una por una, creo que ni el mundo mismo podría contener los libros que se escribirían.

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