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1 Reyes 7

NTBT-2026-11-07

Introducción a 1 Reyes: el reino ante la palabra de Jehová

1 Reyes sigue la historia desde los últimos días de David y la llegada de Salomón al trono hasta el gobierno de Ocozías, hijo de Acab. La construcción del templo, la división del reino y la confrontación de los profetas con los reyes forman parte de una misma pregunta: ¿cómo responde el pueblo que ha recibido las promesas de Dios a su palabra y a su pacto?

Contexto, autoría y horizonte del relato

El libro continúa la historia de la monarquía narrada en Samuel. Salomón hereda un reino unido, pero después de su muerte Israel y Judá quedan bajo gobiernos distintos. Jerusalén sigue siendo la sede de la casa de David en Judá; en el norte se suceden varias dinastías y Samaria llega a convertirse en la capital. Las alianzas, guerras, construcciones y decisiones de culto muestran cómo el ejercicio del poder afecta a todo el pueblo.

El texto no nombra a su autor ni ofrece una fecha de redacción. Sus remisiones a los anales de los reyes muestran que selecciona acontecimientos dentro de una historia más amplia, pero no identifican por sí solas al redactor ni todas las etapas de composición. Tampoco hay un encabezamiento que nombre a un grupo concreto de destinatarios.

1 y 2 Reyes deben leerse como una historia que continúa: el reinado de Ocozías pasa del final del primero al comienzo del segundo. El recorrido completo llega hasta el destierro y la liberación de Joaquín en Babilonia, en 2 Reyes 25:27–30. La forma completa del relato conoce, por tanto, ese acontecimiento; esa observación no permite fijar el año de composición de cada sección. Su explicación del juicio, del cautiverio y de la fidelidad divina tiene un peso especial para lectores que consideran la pérdida de la tierra y del reino a la luz de las promesas de Jehová.

Género y propósito

Es una narración histórica que interpreta el gobierno de Israel y Judá desde la relación del pueblo con Jehová. Alterna escenas desarrolladas, discursos, oraciones, listas de funcionarios, descripciones del templo, anuncios proféticos y resúmenes de reinados. Los años de un rey se relacionan con los de otro, y el narrador vuelve a veces al comienzo de un gobierno después de haber contado un episodio posterior. Por eso sus resúmenes no deben leerse como si todo ocurriera en una secuencia lineal de un solo reino.

El libro no mide la fidelidad por la riqueza, la fuerza militar o la duración del poder. Las fórmulas sobre hacer lo recto o lo malo «ante los ojos de Jehová» expresan su criterio. Un rey puede construir ciudades o recibir una victoria y seguir siendo responsable de su idolatría y de su trato al prójimo. La palabra divina anuncia, confronta y juzga; el desarrollo de los acontecimientos muestra su autoridad.

Recorrido del libro

  • Capítulos 1–2: la sucesión de David, la proclamación de Salomón y la consolidación de su trono.
  • Capítulos 3–10: la sabiduría y la organización del reino, la construcción y dedicación del templo, la riqueza y la fama de Salomón.
  • Capítulo 11: la infidelidad de Salomón, los adversarios que surgen y el anuncio de la división.
  • Capítulos 12–16: la ruptura bajo Roboam y Jeroboam, el culto de los becerros y los reinados de Israel y Judá hasta la llegada de Acab.
  • Capítulos 17–22: el ministerio de Elías, la confrontación con Baal, la preservación de un pueblo fiel, las guerras con Aram, la viña de Nabot, la palabra de Micaías y la muerte de Acab. El libro termina con los resúmenes de Josafat y Ocozías.

Promesa, sabiduría y fidelidad

El encargo de David relaciona el trono con andar en los caminos de Jehová y guardar su palabra (1 Reyes 2:1–4). Salomón pide un corazón que escuche para juzgar al pueblo, y Dios le concede sabiduría (1 Reyes 3:5–14). Sin embargo, recibir ese don no hace innecesaria la obediencia: el rey terminará siguiendo a otros dioses, y la división se anunciará como juicio por su infidelidad (1 Reyes 11:9–13).

La promesa a David permanece dentro de esa historia de fracaso y misericordia. Jehová no retira todo el reino de su casa ni presenta sus pecados como algo sin consecuencias. El relato mantiene juntas su fidelidad y la responsabilidad de quienes gobiernan, sin convertir la elección divina en un permiso para apartarse de él.

El templo, la oración y los pueblos

La dedicación del templo ocupa un lugar central. La casa lleva el nombre de Jehová y es lugar de oración, mientras él escucha desde los cielos. La petición por el extranjero busca que todos los pueblos conozcan su nombre (1 Reyes 8:41–43). La oración contempla también el pecado y el cautiverio, y pide perdón cuando el pueblo se vuelva a Dios de corazón (1 Reyes 8:46–53).

El edificio no garantiza seguridad al margen del pacto. 1 Reyes 9:1–9 anuncia que abandonar a Jehová traerá pérdida de la tierra y desolación de la casa. Esta advertencia permite comprender por qué la magnificencia del templo y de la corte no basta para explicar el futuro del pueblo.

La palabra profética, la justicia y la misericordia

El culto establecido por Jeroboam responde a su temor de perder el reino y conduce a Israel al pecado (1 Reyes 12:26–33). Más adelante, Elías confronta el servicio a Baal y pide que el pueblo reconozca al único Dios que puede responder y hacer volver su corazón (1 Reyes 18:36–39). Jehová preserva a quienes no han doblado sus rodillas ante Baal y dispone la continuidad de su obra (1 Reyes 19:15–18).

Su cuidado alcanza también a una viuda de Sarepta y a su casa (1 Reyes 17:8–16). Su justicia encuentra a Acab en la viña obtenida después del asesinato de Nabot. La acusación une la muerte injusta con el despojo, mientras el final del episodio reconoce la humillación del rey y aplaza la calamidad sobre su casa (1 Reyes 21:19–24; 1 Reyes 21:27–29). La misericordia no llama bueno al crimen, y el juicio no vuelve indiferente a Dios ante una respuesta de humillación.

1 Reyes en relación con Jesucristo

La historia de la casa de David conduce a la esperanza del Rey cuyo gobierno no tendrá fin. Lucas 1:30–33 anuncia que Jesús recibirá el trono de David y reinará para siempre. En Mateo 12:42, el propio Jesús declara que hay algo mayor que Salomón. Su autoridad y su sabiduría permiten leer los dones y los fracasos de los reyes desde la plenitud que se encuentra en él.

La relación con el templo también encuentra su centro en Cristo. Juan 2:18–22 explica que Jesús hablaba del santuario de su cuerpo y vincula su palabra con su resurrección. Nuestra esperanza y nuestro acceso al Padre descansan en Jesucristo, nuestro Señor y único Salvador, que murió por nuestros pecados y resucitó. Efesios 2:4–10 afirma que la salvación es don de la gracia de Dios recibido por la fe; la obediencia y las buenas obras son fruto de la vida que él da, no su precio.

La lectura del libro invita así a escuchar al Dios que habla y a reconocer el señorío de Cristo sobre la vida entera. Jesús promete el Espíritu de la verdad, el Consolador dado por el Padre, para permanecer con los suyos (Juan 14:15–17). El Padre celestial, el Hijo y el Espíritu Santo no se confunden: el mismo Dios nos recibe por medio de Cristo y nos guía en su verdad. Las narraciones de los reyes han de comprenderse primero en su contexto; su relación con nuestro Señor se reconoce en las promesas, enseñanzas y conexiones que la Escritura misma desarrolla.

Otros edificios de Salomón

Salomón construyó su propio palacio durante trece años y lo terminó por completo. Construyó la Casa del Bosque del Líbano, de unos cuarenta y seis metros de largo, veintitrés de ancho y catorce de alto. Tenía cuatro filas de columnas de cedro, con vigas de cedro sobre las columnas. Por encima de las vigas que descansaban sobre las columnas había un techo de cedro. Eran cuarenta y cinco vigas, quince por fila. Había tres filas de ventanas, unas frente a otras en tres niveles. Todas las entradas y las jambas tenían marcos rectangulares, y las ventanas estaban unas frente a otras en tres niveles. También hizo el Pórtico de las Columnas, de unos veintitrés metros de largo y catorce de ancho. Delante de ellas había otro pórtico con columnas y una cubierta al frente. Hizo el Pórtico del Trono, donde impartía justicia, el Pórtico del Juicio. Estaba revestido de cedro desde el pie de una pared hasta el pie de la pared opuesta. Su propia residencia estaba en otro patio, detrás del pórtico, y tenía la misma construcción. También hizo una casa como aquel pórtico para la hija del faraón, con quien Salomón se había casado. Todas estas construcciones eran de piedras de gran valor, labradas a medida y aserradas por dentro y por fuera, desde los cimientos hasta los remates, y por fuera hasta el gran patio. Los cimientos eran de piedras grandes y de gran valor, unas de unos cuatro metros y medio y otras de unos tres metros y medio. Por encima había piedras de gran valor, labradas a medida, y madera de cedro. El gran patio tenía alrededor tres hileras de piedra labrada y una hilera de vigas de cedro, al igual que el patio interior de la casa del SEÑOR y el pórtico de la casa.

Hiram y las columnas de bronce del templo

El rey Salomón mandó traer de Tiro a Hiram. Era hijo de una viuda de la tribu de Neftalí. Su padre era de Tiro y trabajaba el bronce. Hiram tenía gran sabiduría, entendimiento y conocimiento para hacer toda clase de trabajos en bronce. Fue a ver al rey Salomón y realizó toda su obra. Fundió las dos columnas de bronce. Una columna tenía unos ocho metros con treinta centímetros de alto, y un cordón de unos cinco metros y medio rodeaba la otra. Hizo dos capiteles de bronce fundido para colocarlos sobre las columnas. La altura de un capitel era de unos dos metros con treinta centímetros, y la del segundo también era de unos dos metros con treinta centímetros. Los capiteles que estaban sobre las columnas tenían redes entrelazadas y cordones en forma de cadenas: siete para un capitel y siete para el otro. Hizo las columnas y puso dos hileras alrededor de una red para cubrir los capiteles que estaban sobre las granadas. Lo mismo hizo con el segundo capitel. Los capiteles que estaban sobre las columnas del pórtico tenían forma de lirio y medían aproximadamente un metro con ochenta centímetros. Los capiteles de las dos columnas estaban arriba, junto a la parte abultada que quedaba al lado de la red. Había doscientas granadas en hileras alrededor del segundo capitel. Levantó las columnas en el pórtico del salón principal. Levantó la columna derecha y la llamó Jaquín; levantó la columna izquierda y la llamó Boaz. En lo alto de las columnas había un diseño en forma de lirio. Así se terminó el trabajo de las columnas.

Mobiliario del templo

Hizo el Mar de metal fundido, redondo, de unos cuatro metros con sesenta centímetros de un borde al otro, dos metros con treinta centímetros de alto y trece metros con ochenta centímetros de circunferencia. Por debajo de su borde lo rodeaban figuras de calabazas, unas veinte por metro, alrededor de todo el Mar. Las calabazas estaban en dos hileras y fueron fundidas junto con él. Descansaba sobre doce bueyes: tres miraban al norte, tres al oeste, tres al sur y tres al este. El Mar estaba encima de ellos, y todas sus partes traseras miraban hacia dentro. Su espesor era de unos ocho centímetros. Su borde tenía la forma del borde de una copa, como una flor de lirio. Su capacidad era de unos cuarenta y dos mil litros.

Las bases móviles y las pilas de bronce

Hizo diez bases de bronce, cada una de aproximadamente un metro con ochenta centímetros de largo, un metro con ochenta centímetros de ancho y un metro con cuarenta centímetros de alto. Esta era la construcción de las bases: tenían paneles colocados entre travesaños. En los paneles que estaban entre los travesaños había leones, bueyes y querubines. Sobre los travesaños había un soporte, y debajo de los leones y los bueyes había guirnaldas en relieve. Cada base tenía cuatro ruedas de bronce y ejes de bronce. En sus cuatro esquinas había soportes fundidos debajo de la pila, cada uno junto a las guirnaldas. La abertura dentro del remate se elevaba unos cuarenta y seis centímetros. Su abertura era redonda, en forma de pedestal, de unos sesenta y nueve centímetros de diámetro. También había tallas alrededor de su abertura; sus paneles eran cuadrados, no redondos. Las cuatro ruedas estaban debajo de los paneles y sus ejes estaban unidos a la base. Cada rueda tenía unos sesenta y nueve centímetros de alto. Las ruedas estaban hechas como las de un carro. Sus ejes, llantas, radios y cubos eran todos de metal fundido. Cada base tenía cuatro soportes en sus cuatro esquinas; los soportes formaban parte de la propia base. En la parte superior de la base había una pieza redonda de unos veintitrés centímetros de alto. Sus soportes y sus paneles superiores formaban parte de ella. En las superficies de sus soportes y en sus paneles talló querubines, leones y palmeras, según el espacio disponible, con guirnaldas alrededor. Así hizo las diez bases: todas con la misma fundición, las mismas medidas y la misma forma. Hizo diez pilas de bronce. Cada pila tenía capacidad para unos ochocientos cuarenta litros y medía aproximadamente un metro con ochenta centímetros de diámetro. Colocó una pila sobre cada una de las diez bases. Puso cinco bases al lado derecho de la casa y cinco al lado izquierdo. Colocó el Mar al lado derecho de la casa, hacia el este, mirando al sur.

Inventario de las obras de bronce

Hiram hizo las pilas, las palas y los tazones. Así terminó Hiram toda la obra que hizo para el rey Salomón en la casa del SEÑOR: las dos columnas, los dos capiteles redondeados que estaban sobre las columnas y las dos redes que cubrían los dos capiteles redondeados sobre las columnas; las cuatrocientas granadas para las dos redes, dos hileras de granadas para cada red, que cubrían los dos capiteles redondeados situados sobre las columnas; las diez bases y las diez pilas sobre las bases; el Mar y los doce bueyes debajo del Mar; las ollas, las palas y los tazones. Todos estos utensilios que Hiram hizo para el rey Salomón en la casa del SEÑOR eran de bronce bruñido. El rey los hizo fundir en la llanura del Jordán, en tierra arcillosa, entre Sucot y Saretán. Salomón dejó todos los utensilios sin pesar porque eran muchísimos; no se determinó el peso del bronce.

Los utensilios de oro y los bienes consagrados

Salomón hizo todos los utensilios que había en la casa del SEÑOR: el altar de oro y la mesa de oro sobre la que se ponía el pan de la Presencia; los candelabros de oro puro, cinco a la derecha y cinco a la izquierda, delante del santuario interior; las flores, las lámparas y las tenazas de oro; los recipientes, las tijeras para las mechas, los tazones, las cucharas y los braseros de oro puro; también eran de oro las piezas donde giraban las puertas del santuario interior, el Lugar Santísimo, y las de las puertas del salón principal de la casa. Así terminó toda la obra que el rey Salomón hizo para la casa del SEÑOR. Salomón llevó las cosas que su padre David había consagrado: la plata, el oro y los utensilios, y las depositó en los tesoros de la casa del SEÑOR.

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