Nueva Traducción BibliaTodo

1 Samuel 26

NTBT-2026-11-07

1 Samuel: la palabra de Dios y el comienzo de la monarquía

El primer libro de Samuel narra el nacimiento y el ministerio de Samuel, el establecimiento del reinado de Saúl y la elección de David. Desde la oración de Ana hasta el duelo por Saúl en Gilboa, el libro muestra que la vida de Israel no puede sostenerse mediante la apariencia, el poder militar o una institución religiosa separados de la palabra de Jehová.

Contexto y propósito

La historia se sitúa en la transición desde el período de los jueces hacia la monarquía. Israel afronta la presión de los filisteos, la corrupción de dirigentes religiosos y la dificultad de permanecer fiel a Jehová. Samuel sirve como profeta y juez; el pueblo pide un rey, Saúl recibe ese cargo y David es ungido antes de llegar a ocupar el trono. La narración termina con la muerte de Saúl, no con la coronación de David.

El libro forma la memoria de Israel acerca de sus dirigentes y de su relación con Dios. No identifica una primera comunidad receptora con localidad y fecha precisas. Su propósito se reconoce en el relato: enseñar que tanto el pueblo como su rey deben escuchar a Jehová. La petición de un rey contiene un rechazo del gobierno divino, pero Dios no abandona por ello su propósito con su pueblo (1 Samuel 8:4–9; 12:19–25).

Nombre, autoría y fecha

El nombre del libro corresponde al papel decisivo de Samuel en esta transición. No equivale a una declaración de que él haya redactado toda la obra: su muerte se cuenta en 1 Samuel 25:1, antes de varios acontecimientos que siguen narrándose. El texto no nombra a su redactor final ni ofrece una fecha de composición. Conviene distinguir el tiempo de los sucesos del momento posterior en que fueron recogidos en su forma transmitida.

La tradición bíblica conoce registros proféticos de los hechos de David asociados a Samuel, Natán y Gad (1 Crónicas 29:29–30). Ese dato confirma la importancia del testimonio profético en la memoria del reino, pero no permite asignar con exactitud cada capítulo de Samuel a uno de esos nombres. El libro conserva expresiones retrospectivas y mira hacia las consecuencias de los sucesos; tales indicios no bastan para fijar un año único ni una reconstrucción completa de su composición.

Forma literaria y movimiento del relato

Predomina la narración histórica que interpreta los acontecimientos a la luz de la relación de Israel con Jehová. Incluye oraciones, poesía, discursos, anuncios proféticos y diálogos. El cántico de Ana presenta desde el comienzo al Dios que humilla al poderoso y levanta al necesitado, y abre la mirada hacia su rey y su ungido (1 Samuel 2:1–10). Ese horizonte ayuda a comprender los cambios de posición que atravesarán las familias, los sacerdotes y los gobernantes.

El relato distingue lo que Jehová anuncia, lo que el narrador informa y lo que los personajes piensan o afirman. Saúl puede interpretar una circunstancia como favorable y estar equivocado; Aquis puede elogiar a David sin conocer sus engaños. Los episodios alternan a veces entre escenarios de una misma crisis, especialmente al final. Reconocer esas voces y movimientos evita convertir cada opinión o cada acción narrada en una norma aprobada por Dios.

Bosquejo

  • Capítulos 1–3: la oración de Ana, el crecimiento de Samuel y el juicio sobre la casa de Elí.
  • Capítulos 4–7: la captura y el regreso del arca, la soberanía de Jehová frente a los filisteos y el servicio de Samuel.
  • Capítulos 8–12: la petición de un rey, la elección de Saúl y el llamado a servir fielmente a Jehová.
  • Capítulos 13–15: las guerras de Saúl, su desobediencia y el rechazo de su reinado.
  • Capítulos 16–20: la unción de David, su entrada al servicio de Saúl, la victoria sobre Goliat y el pacto con Jonatán.
  • Capítulos 21–26: la huida de David, la matanza de Nob, el rescate de Keila y las ocasiones en que renuncia a matar a Saúl o vengarse por su cuenta.
  • Capítulos 27–31: David en territorio filisteo, la consulta de Saúl en Endor, el rescate de Siclag y la derrota de Gilboa.

Temas que unen el libro

La autoridad de la palabra de Jehová. Samuel es reconocido como profeta porque Dios confirma su palabra (1 Samuel 3:19–21). Ni el cargo real ni el prestigio religioso dan derecho a desobedecerla. Cuando Samuel declara que obedecer es mejor que sacrificar, no desprecia la adoración que Dios ha mandado: rechaza usarla para encubrir la rebelión (15:22–29).

La soberanía de Dios y los límites del poder humano. El arca no es un medio para obligar a Jehová a conceder victoria. Los filisteos pueden capturarla, pero no dominar al Dios cuya presencia representa. Del mismo modo, tener rey no asegura por sí solo el bienestar del pueblo. Las derrotas y las victorias deben leerse dentro de sus circunstancias, sin convertirlas en una medida automática de la condición espiritual de cada individuo.

La elección y la responsabilidad. Jehová mira el corazón y escoge a David cuando los observadores atienden a la apariencia (1 Samuel 16:7–13). Esa elección no vuelve impecable al elegido. El libro muestra tanto su confianza y su disposición a recibir corrección como sus temores, engaños y decisiones violentas. Su futuro depende de la fidelidad de Jehová, no de una biografía sin fallas.

El Espíritu de Dios, la lealtad y el cuidado del débil. El Espíritu de Jehová capacita a David para la tarea que recibe (1 Samuel 16:13); el servicio no procede solo de la fuerza del gobernante. También son decisivos los vínculos de fidelidad: Jonatán fortalece a David en Dios, Abigail lo aparta de la venganza y David protege la participación de los agotados junto al Besor. La autoridad se examina tanto en el uso de la fuerza como en la disposición a escuchar, contenerse y atender a otros.

Relación con Jesucristo y el conjunto de las Escrituras

La referencia al «ungido» en el cántico de Ana y la elección de David abren una trayectoria real que continuará en la historia bíblica. En 1 Samuel 2:10, מְשִׁיחוֹ —meshijo— significa «su ungido». En su contexto habla del rey a quien Jehová da fuerza; su relación con Jesucristo se reconoce en el desarrollo posterior de la promesa, sin convertir cada acción de Saúl o de David en una predicción directa.

El Nuevo Testamento enlaza expresamente a Samuel, Saúl y David con la llegada del Salvador Jesús (Hechos 13:20–23). A Jesús le corresponde el reino sin fin anunciado en Lucas 1:30–33. Los reyes de esta historia son limitados y necesitan la misericordia de Dios; Jesucristo es nuestro Señor y único Salvador. Su muerte y resurrección fundamentan una esperanza que no depende del éxito o del fracaso de un gobernante humano (Hechos 4:10–12).

La obediencia que el libro reclama no enseña que podamos comprar la salvación por buenas obras. Somos salvos por gracia mediante la fe en Cristo, y las obras son fruto de esa gracia (Efesios 2:8–10). El Padre nos recibe por medio de su Hijo, y el Espíritu Santo nos guía como hijos de Dios conforme a su verdad (Romanos 8:14–17). Su guía no convierte toda emoción o impresión personal en una palabra divina.

Aplicación editorial: cómo responder a su enseñanza

Al leer, observa qué palabra ha recibido cada personaje, cómo responde y qué consecuencias alcanza su decisión. Puedes reconocer la gratitud de Ana sin exigir que toda oración por un hijo tenga el mismo desenlace; admirar la confianza de David sin justificar sus engaños; y lamentar la muerte de Saúl sin borrar la gravedad de su desobediencia. El relato te llama a escuchar a Dios con humildad y a mirar a Jesucristo como el Rey fiel en quien descansa tu esperanza.

David perdona la vida a Saúl en Zif

Los de Zif fueron a Gabaa a decirle a Saúl: «¿No está David escondido en la colina de Haquila, frente a Jesimón?». Saúl se levantó y bajó al desierto de Zif con tres mil hombres escogidos de Israel para buscar a David en el desierto de Zif. Acampó en la colina de Haquila, frente a Jesimón, junto al camino. David permanecía en el desierto y vio que Saúl había venido a perseguirlo allí. David envió exploradores y supo con certeza que Saúl había llegado. Entonces David se levantó y fue al lugar donde Saúl había acampado. Vio dónde estaban acostados Saúl y Abner, hijo de Ner, jefe de su ejército. Saúl estaba acostado en el centro del campamento, y la tropa acampaba a su alrededor.

David y Abisai entran en el campamento

David les preguntó a Ahimelec, el hitita, y a Abisai, hijo de Sarvia y hermano de Joab: «¿Quién bajará conmigo al campamento donde está Saúl?». Abisai respondió: «Yo bajaré contigo». David y Abisai llegaron de noche hasta la tropa. Saúl estaba acostado, dormido en el centro del campamento, con la lanza clavada en tierra junto a su cabecera. Abner y la tropa estaban acostados a su alrededor. Abisai le dijo a David: «Hoy Dios ha entregado a tu enemigo en tus manos. Déjame clavarlo en tierra con la lanza de un solo golpe. No tendré que darle otro». David le respondió a Abisai: «No lo mates. ¿Quién puede extender la mano contra el ungido del SEÑOR y quedar sin culpa?». David añadió: «¡Vive el SEÑOR, que el SEÑOR mismo lo herirá! O llegará su día y morirá, o bajará a la batalla y perecerá. Que el SEÑOR me libre de extender mi mano contra el ungido del SEÑOR. Ahora toma la lanza que está a su cabecera y la jarra de agua, y vámonos». David tomó la lanza y la jarra de agua que estaban a la cabecera de Saúl, y se fueron. Nadie los vio, nadie se dio cuenta y nadie despertó. Todos dormían, porque había caído sobre ellos un sueño profundo de parte del SEÑOR.

David interpela a Abner desde la distancia

David cruzó al otro lado y se puso en la cima del monte, a lo lejos. Había una gran distancia entre ellos. David llamó a la tropa y a Abner, hijo de Ner: «¿No respondes, Abner?». Abner respondió: «¿Quién eres tú, que llamas al rey?». David le dijo a Abner: «¿No eres un hombre valiente? ¿Quién hay como tú en Israel? ¿Por qué no has protegido a tu señor el rey? Uno del pueblo ha entrado para matar a tu señor el rey. No está bien lo que has hecho. ¡Vive el SEÑOR, que merecen morir, porque no han protegido a su señor, al ungido del SEÑOR! Mira ahora dónde están la lanza del rey y la jarra de agua que había a su cabecera».

David reclama a Saúl el motivo de la persecución

Saúl reconoció la voz de David y preguntó: «¿Es esta tu voz, David, hijo mío?». David respondió: «Es mi voz, mi señor el rey». Añadió: «¿Por qué persigue mi señor a su servidor? ¿Qué he hecho? ¿Qué mal hay en mis manos? Te ruego que mi señor el rey escuche las palabras de su servidor. Si el SEÑOR te ha incitado contra mí, que acepte una ofrenda. Pero si han sido seres humanos, malditos sean delante del SEÑOR, porque hoy me han expulsado y me han privado de participar en la heredad del SEÑOR, diciendo: “Ve a servir a otros dioses”. Que mi sangre no caiga ahora a tierra lejos de la presencia del SEÑOR. El rey de Israel ha salido a buscar una sola pulga, como quien persigue una perdiz en los montes».

Saúl admite su pecado y David se encomienda al SEÑOR

Saúl dijo: «He pecado. Vuelve, David, hijo mío. No volveré a hacerte daño, porque hoy has considerado preciosa mi vida. He actuado neciamente y me he equivocado mucho». David respondió: «Aquí está la lanza del rey. Que uno de los jóvenes cruce hasta aquí y la recoja. Que el SEÑOR recompense a cada uno por su justicia y su fidelidad. Hoy el SEÑOR te entregó en mis manos, pero no quise extender la mano contra el ungido del SEÑOR. Así como hoy tu vida ha sido preciosa a mis ojos, que mi vida sea preciosa a los ojos del SEÑOR y que me libre de toda angustia». Saúl le dijo a David: «Bendito seas, David, hijo mío. Sin duda harás grandes cosas y prevalecerás». David siguió su camino, y Saúl regresó a su lugar.

Rights and attribution

Santa Biblia, Nueva Traducción BibliaTodo (NTBT). Publicada por BibliaTodo Bible Society, sello editorial de BibliaTodo LLC.