Nueva Traducción BibliaTodo

Ezequiel 27

NTBT-2026-11-07

Introducción a Ezequiel

Ezequiel conduce al lector desde la pérdida de Jerusalén hasta la promesa de una vida reunida alrededor de la presencia de Dios. Sus visiones, advertencias y anuncios de restauración afrontan una pregunta dolorosa: ¿qué futuro puede tener un pueblo que ha profanado el pacto y ha sido llevado al destierro? La respuesta descubre la santidad del Señor, la gravedad de la infidelidad y la misericordia con que él mismo limpia, reúne y renueva. La esperanza cristiana reconoce su centro en Jesucristo, el Pastor que entrega su vida y nos abre la comunión con el Padre por el Espíritu Santo.

El profeta y su tiempo

El libro presenta a Ezequiel como sacerdote, hijo de Buzi, llamado por la palabra de Jehová entre los desterrados junto al río Quebar, en tierra de los caldeos (Ezequiel 1:1–3). Su ministerio se sitúa en la crisis de Judá bajo el dominio de Babilonia. El destierro del rey Joaquín, ocurrido en 597 a. C., sirve de referencia para contar los años. Las revelaciones fechadas que el libro conserva abarcan aproximadamente de 593 a 571 a. C. Estas fechas describen el marco de los mensajes conservados; no ofrecen una biografía completa del profeta.

La primera visión menciona también «el año treinta», sin explicar de manera inequívoca el punto de partida de ese cómputo. Puede relacionarse con la edad de Ezequiel, pero esa posibilidad debe conservarse como interpretación. En cambio, el quinto año del destierro de Joaquín está expresamente identificado. El relato comunica muchas experiencias en primera persona y contiene asimismo la presentación del profeta en tercera persona. Su condición sacerdotal ayuda a comprender la atención a la santidad, la contaminación, el culto y la presencia divina.

Dos noticias permiten seguir la gran ruptura histórica: el anuncio del comienzo del sitio de Jerusalén en Ezequiel 24:1–2 y la llegada del sobreviviente que informa de la caída en Ezequiel 33:21–22. La destrucción de la ciudad ocurrió en 587 o 586 a. C., según el cómputo cronológico adoptado. El orden del libro sigue también propósitos temáticos: la revelación del año veintisiete en Ezequiel 29:17 precede a otra del año undécimo en Ezequiel 30:20.

El recorrido del libro

Capítulos 1–3: la gloria de Dios y el llamado del profeta. Jehová se manifiesta en la tierra del destierro y encarga a Ezequiel comunicar su palabra a un pueblo resistente. La imagen del centinela explica su responsabilidad: escuchar a Dios y advertir fielmente. El mensajero responde por su encargo; quienes escuchan responden por su conducta (Ezequiel 3:16–21).

Capítulos 4–24: el juicio sobre Jerusalén y Judá. Acciones simbólicas, discursos, relatos figurados y visiones desenmascaran la falsa seguridad de la ciudad. El templo no puede emplearse como garantía de impunidad mientras se practica la idolatría y se oprime al prójimo. La visión de la gloria que se aparta de Jerusalén muestra la profundidad de la ruptura (Ezequiel 11:22–25). Las advertencias culminan en la noticia del sitio.

Capítulos 25–32: la palabra del Señor a las naciones. Amón, Moab, Edom, los filisteos, Tiro, Sidón y Egipto quedan bajo la autoridad de Jehová. La hostilidad contra el pueblo, el orgullo comercial y la confianza en el poder reciben juicio. El escenario internacional no está fuera del gobierno de Dios; ninguna riqueza, alianza o grandeza imperial hace invulnerable a una nación.

Capítulos 33–39: responsabilidad y esperanza después de la ruina. La caída de Jerusalén transforma la situación de los oyentes. El Señor denuncia a los pastores infieles, promete buscar a sus ovejas y anuncia limpieza, corazón nuevo y su Espíritu. La visión de los huesos secos y la unión de las dos maderas comunican vida y reunión para Israel. La derrota de Gog afirma que la agresión no frustrará el propósito santo de Dios.

Capítulos 40–48: el santuario y la vida restaurada. El recorrido describe accesos, espacios, servicio y culto; la gloria vuelve a la casa. La tierra se ordena con límites para el poder del príncipe, provisión para quienes sirven e inclusión de extranjeros residentes en la heredad. El río que sale del santuario lleva vida, y el libro termina con el nombre de la ciudad: «Jehová está allí» (Ezequiel 48:35).

La santidad de Dios y la verdad sobre el pecado

La declaración de que conocerán a Jehová acompaña tanto el juicio como la restauración. Conocerlo incluye reconocer su autoridad, su justicia y su fidelidad. La denuncia alcanza prácticas concretas: violencia, soborno, extorsión, abuso y desprecio del extranjero, del huérfano y de la viuda (Ezequiel 22:6–12). El abandono de Dios daña la vida compartida. Por eso, la restauración del culto debe ir acompañada de un ejercicio justo de la autoridad.

El capítulo 18 confronta la pretensión de explicar la propia situación únicamente por la culpa de generaciones anteriores. La historia de la comunidad tiene consecuencias reales, y cada persona es llamada a apartarse de su propia maldad. El Señor anuncia vida al que vuelve y declara que no se complace en la muerte del malvado (Ezequiel 18:21–23). Ante quienes sienten que sus pecados los consumen, vuelve a llamar con urgencia al arrepentimiento (Ezequiel 33:10–11). La seriedad de la advertencia forma parte de su llamado misericordioso.

El corazón nuevo y el Espíritu de Dios

La renovación comienza en la iniciativa del Señor. Él reúne, limpia de los ídolos, sustituye la dureza del corazón y pone su Espíritu dentro del pueblo (Ezequiel 36:22–28). El corazón de carne expresa una disposición viva y receptiva frente a la insensibilidad de la piedra. La obediencia aparece como resultado de esa obra interior. El regreso a la tierra, por sí solo, no resolvería la infidelidad que había llevado al destierro.

La interpretación que Dios da de los huesos secos debe orientar la lectura: representan a toda la casa de Israel, que se considera sin esperanza (Ezequiel 37:11–14). El Señor promete abrir un futuro donde el pueblo solo ve muerte. La segunda imagen del capítulo añade la reunión de los reinos divididos, un solo pastor y un pacto de paz (Ezequiel 37:21–28). La aplicación personal de estas promesas necesita respetar primero ese destinatario y ese propósito.

Jesús promete que el Padre dará el Consolador para permanecer con los suyos (Juan 14:16–17). El Espíritu Santo es persona divina: guía en la verdad y glorifica al Hijo (Juan 16:13–15). Su obra nos conduce a Jesucristo conforme a la Escritura. Padre, Hijo y Espíritu Santo son el único Dios; sus personas permanecen distintas. La salvación se recibe por gracia mediante la fe en Cristo, y las buenas obras son fruto de esa vida recibida (Efesios 2:8–10).

Jesucristo, el Pastor y Rey de la esperanza

Frente a dirigentes que se alimentaron del rebaño, el Señor promete buscar, reunir, vendar y fortalecer a sus ovejas. Después anuncia a su siervo David como único pastor (Ezequiel 34:11–16; Ezequiel 34:23–24). La promesa une el cuidado de Dios con la esperanza real de la casa de David. El gobierno que restaura debe atender a los débiles y practicar la justicia.

Jesús se presenta como el buen Pastor que conoce a sus ovejas, reúne un solo rebaño y entrega voluntariamente su vida para volver a tomarla (Juan 10:11–18). Su muerte y resurrección fundamentan nuestra salvación y nuestra relación con el Padre. Ningún dirigente humano puede ocupar su lugar. Leer a Ezequiel desde Cristo permite reconocer la profundidad de esa esperanza y medir el servicio de quienes cuidan al pueblo por su fidelidad al Salvador.

El santuario, el río y la presencia de Dios

Las medidas y disposiciones finales expresan una vida ordenada ante la santidad del Señor. El centro del recorrido es el regreso de su gloria y la promesa de habitar en medio de Israel (Ezequiel 43:4–7). La administración de la tierra también debe responder a esa presencia: el príncipe ha de abandonar la violencia y respetar la heredad del pueblo (Ezequiel 45:8–9; Ezequiel 46:18). Los extranjeros residentes con sus familias reciben una participación real en la heredad (Ezequiel 47:21–23).

Las relaciones con Jesucristo requieren atender también a las diferencias. El príncipe de la visión prepara una ofrenda por sí mismo y por el pueblo (Ezequiel 45:22); Jesús es santo, sin pecado, y se ofrece por nosotros (Hebreos 7:26–28). Su sacrificio único y suficiente sostiene toda comprensión cristiana del perdón (Hebreos 10:11–14). La santidad y el culto de estos capítulos deben leerse dentro del conjunto de la Escritura, reconociendo la obra decisiva del Hijo.

El río nace del santuario y transforma aguas y riberas con abundancia de vida (Ezequiel 47:8–12). Apocalipsis retoma el río y el árbol de la vida, y los vincula expresamente al trono de Dios y del Cordero (Apocalipsis 22:1–3). La ciudad final tiene a Dios y al Cordero como su templo (Apocalipsis 21:22–23). Así, la esperanza de presencia que cierra Ezequiel se abre hacia la comunión plena con Dios, libre de muerte y dolor (Apocalipsis 21:3–4).

Cómo acercarse a sus visiones e imágenes

Conviene seguir cada unidad completa, identificar quién habla y a quién se dirige, y escuchar las explicaciones que el propio libro ofrece. Los actos simbólicos pertenecen al encargo particular del profeta; las alegorías de ciudades expresan la gravedad de su infidelidad. Su lenguaje intenso exige discernimiento y nunca concede permiso para ejercer violencia contra otra persona. Las imágenes de la gloria comunican una realidad divina que supera al observador; el vocabulario de semejanza ayuda a reconocer ese límite.

Los nombres antiguos, las cifras y las medidas deben comprenderse dentro de su contexto. Las diferencias de interpretación merecen una evaluación paciente; los parecidos entre un nombre antiguo y uno moderno no bastan para identificar pueblos actuales ni calcular acontecimientos futuros. La atención solicitada al profeta en Ezequiel 40:4 orienta también una lectura cuidadosa: mirar, escuchar y prestar atención al mensaje recibido. El propósito del libro se reconoce en la santidad, la justicia y la vida que proceden del Señor.

Aplicación editorial

Lee Ezequiel con reverencia y esperanza. Reconoce el pecado sin esconderte detrás de la historia de tu familia, de un cargo o de una institución. Acude a Jesucristo, nuestro Señor y único Salvador, y recibe por fe su gracia. Pide al Espíritu Santo que forme en ti una respuesta obediente a la Escritura. Al cuidar, trabajar o ejercer autoridad, procura el bien de quienes pueden ser dañados por tus decisiones. Busca ante todo la comunión con el Padre por medio del Hijo: la restauración encuentra su bien mayor en pertenecer al Dios que habita con su pueblo.

Lamento por el esplendor y la ruina de Tiro

La palabra del SEÑOR vino a mí: «En cuanto a ti, hijo de hombre, entona un lamento por Tiro. Dile a Tiro, la que habita en las entradas del mar, la que comercia con los pueblos de muchas costas: Así dice el Señor DIOS:
Tiro, tú has dicho: “Mi hermosura es perfecta”.
Tus fronteras están en el corazón de los mares;
tus constructores perfeccionaron tu hermosura.
Con cipreses de Senir hicieron todas tus tablas;
tomaron un cedro del Líbano para hacerte un mástil.
Con encinas de Basán hicieron tus remos.
Una compañía de asuritas hizo tu cubierta de marfil procedente de las costas de Quitim.
Tu vela era de lino fino bordado de Egipto, para servirte de estandarte;
tu toldo era de azul y púrpura de las costas de Elisa.
Los habitantes de Sidón y de Arvad eran tus remeros.
Tus sabios, Tiro, estaban en ti;
ellos eran tus pilotos.
Los ancianos de Gebal y sus expertos estaban en ti, reparando tus junturas.
Todas las naves del mar y sus marineros estaban en ti para intercambiar tus mercancías.
Persia, Lud y Fut estaban en tu ejército, eran tus hombres de guerra. Colgaban en ti escudos y cascos; ellos te daban esplendor. Los hijos de Arvad y tu ejército estaban sobre tus murallas, todo alrededor, y los gamadeos estaban en tus torres. Colgaban sus escudos en tus murallas, todo alrededor; ellos perfeccionaban tu hermosura.

La red comercial de Tiro

Tarsis comerciaba contigo por la abundancia de toda tu riqueza; te daba plata, hierro, estaño y plomo a cambio de tus mercancías. Javán, Tubal y Mesec comerciaban contigo. Te daban seres humanos y utensilios de cobre a cambio de tus productos. Los de la casa de Togarmá daban caballos, corceles y mulos a cambio de tus mercancías. Los hijos de Dedán comerciaban contigo. Muchas costas eran clientes tuyas; te traían colmillos de marfil y ébano como pago. Aram comerciaba contigo por la abundancia de tus productos. Te daban turquesas, púrpura, bordados, lino fino, corales y rubíes a cambio de tus mercancías. Judá y la tierra de Israel comerciaban contigo. Te daban trigo de Minit, panag, miel, aceite y bálsamo a cambio de tus productos. Damasco comerciaba contigo por la abundancia de tus productos, por la abundancia de toda tu riqueza, con vino de Helbón y lana blanca. Vedán y Javán, desde Uzal, daban a cambio de tus mercancías hierro forjado, casia y caña aromática; estaban entre tus productos. Dedán comerciaba contigo en mantas para montar. Arabia y todos los príncipes de Cedar eran clientes tuyos. Comerciaban contigo en corderos, carneros y machos cabríos; en estas cosas eran tus clientes. Los comerciantes de Sabá y de Raama comerciaban contigo. Te daban lo mejor de todas las especias, toda clase de piedras preciosas y oro a cambio de tus mercancías. Harán, Cane y Edén, los comerciantes de Sabá, Asiria y Quilmad comerciaban contigo. Comerciaban contigo en prendas lujosas, mantos de azul y bordados, y tapices multicolores, atados con cordeles y bien sujetos, entre tus mercancías. Las naves de Tarsis transportaban tus productos. Te llenaste y llegaste a estar muy cargada en el corazón de los mares.

La nave de Tiro naufraga

Tus remeros te llevaron a aguas abundantes.
El viento del este te destrozó en el corazón de los mares.
Tus riquezas, tus mercancías, tus productos, tus marineros, tus pilotos, los que reparan tus junturas, los que intercambian tus productos y todos los hombres de guerra que hay en ti, con toda la multitud que está en medio de ti, caerán en el corazón de los mares el día de tu caída. Al sonido de los gritos de tus pilotos se estremecerán los campos abiertos.

Los navegantes lloran la caída de Tiro

Bajarán de sus naves todos los que empuñan el remo.
Los marineros y todos los pilotos del mar se quedarán en tierra.
Harán oír su voz por ti y gritarán amargamente.
Echarán polvo sobre sus cabezas y se revolcarán en ceniza.
Se raparán la cabeza por ti y se ceñirán de tela de luto.
Llorarán por ti con amargura de alma, con amargo duelo.
En sus gemidos entonarán un lamento por ti y se lamentarán por ti: “¿Quién como Tiro, enmudecida en medio del mar? Cuando tus mercancías salían por los mares, saciabas a muchos pueblos.
Con la abundancia de tus riquezas y tus productos enriquecías a los reyes de la tierra.
Ahora que has sido destrozada por los mares, en las profundidades de las aguas, tus productos y toda tu multitud han caído en medio de ti. Todos los habitantes de las costas han quedado horrorizados por ti.
Sus reyes se han estremecido de terror, con los rostros demudados.
Los comerciantes entre los pueblos te silban.
Te has convertido en un espanto y has dejado de existir para siempre”».

Rights and attribution

Santa Biblia, Nueva Traducción BibliaTodo (NTBT). Publicada por BibliaTodo Bible Society, sello editorial de BibliaTodo LLC.