Nueva Traducción BibliaTodo

Jeremías 23

NTBT-2026-11-07

Jeremías: la palabra fiel de Dios entre el juicio y la esperanza

Jeremías acompaña a Judá en las décadas que conducen a la caída de Jerusalén y continúa hablando en medio de sus consecuencias. Denuncia una fe que conserva sus símbolos mientras abandona la justicia, enfrenta las falsas seguridades y anuncia el juicio de Dios sobre su pueblo y sobre las naciones. A la vez, proclama que el Señor no ha agotado su propósito en la destrucción: promete reunir, perdonar y establecer un nuevo pacto. Esa esperanza encuentra su centro salvador en Jesucristo, el Rey justo y mediador que nos reconcilia con el Padre.

El profeta, Baruc y la formación del libro

Jeremías 1:1–3 identifica al profeta como hijo de Hilcías, procedente de los sacerdotes de Anatot, en Benjamín. Sitúa el comienzo de su ministerio en el año trece de Josías y lo extiende a los días de Joacim y Sedequías, hasta el destierro de Jerusalén. Esos datos son afirmaciones expresas del libro. No permiten identificar sin más a su padre con cualquier otro Hilcías conocido ni reconstruir todos los años de su vida.

La relación entre palabra hablada y escritura aparece con claridad en Jeremías 36:1–4: el Señor manda escribir sus palabras y Baruc, hijo de Nerías, las pone por escrito al dictado del profeta. Después de que Joacim quema aquel rollo, se prepara otro y se añaden palabras semejantes. El propio relato muestra así un proceso de conservación y ampliación; no presenta todo el libro como una única sesión de dictado.

Las palabras del profeta conviven con narraciones acerca de él, cartas, fechas y un epílogo histórico. La participación de Baruc en la escritura está documentada, pero no se identifica expresamente al responsable de cada sección ni de la disposición final. La frase «Hasta aquí las palabras de Jeremías», al final del capítulo 51, distingue el capítulo 52 como cierre narrativo. Su cercanía con el final de Reyes tampoco permite atribuirlo con certeza a una persona que el texto no nombra.

La transmisión antigua conserva diferencias importantes entre la forma hebrea masorética y la antigua traducción griega: esta es más breve y coloca en otra posición los anuncios contra las naciones. Algunos fragmentos hebreos de Qumrán apoyan lecturas de la forma más breve. Estos testimonios muestran una historia textual compleja; no autorizan a afirmar que conocemos con certeza cada etapa de su formación. La lectura de este libro sigue su secuencia hebrea recibida, con los anuncios a las naciones en los capítulos 46–51.

Fecha y escenario histórico

El ministerio comienza hacia 627 a. C., tomando como referencia el año trece de Josías, y atraviesa el tránsito entre el predominio asirio, la intervención egipcia y la expansión de Babilonia. Las fechas modernas son aproximaciones de la cronología antigua. La rendición y deportación de Joaquín se sitúan en 597 a. C.; la destrucción de Jerusalén bajo Sedequías, en torno a 587/586 a. C. El texto distingue a Joacim, Joaquín y Sedequías: sus nombres próximos no designan al mismo rey.

La caída de la ciudad no pone fin de inmediato a la actividad del profeta. Los capítulos 40–44 narran los conflictos del remanente y su marcha a Egipto, donde Jeremías sigue anunciando la palabra de Jehová. El libro no relata su muerte. Su último episodio histórico, la liberación de Joaquín en el año treinta y siete de su destierro, lleva el horizonte hasta aproximadamente 561 a. C. Esa fecha corresponde al acontecimiento final narrado; no determina por sí sola cuándo quedó terminada toda la composición.

Los episodios no están colocados en una cronología continua. El capítulo 45 vuelve al cuarto año de Joacim después de los relatos situados tras la destrucción. Conviene atender a las fechas, los destinatarios y los temas de cada unidad antes de suponer que un capítulo ocurre inmediatamente después del anterior.

Destinatarios y propósito

El mensaje interpela a habitantes de Judá y Jerusalén, reyes, sacerdotes, profetas, dirigentes y personas comunes. También alcanza a los desterrados en Babilonia, al remanente que marcha a Egipto y a pueblos extranjeros. No todos los anuncios tienen los mismos destinatarios ni las mismas condiciones; una palabra dirigida a un rey concreto no se convierte automáticamente en una promesa individual para cualquier lector.

Jeremías busca que el pueblo escuche y vuelva al Señor. Desenmascara la idolatría, la sangre inocente, el engaño y la opresión, y explica por qué el templo y la dinastía no garantizan inmunidad. El discurso de Jeremías 7:3–15 une el llamado a enmendar la conducta con el rechazo de la confianza presuntuosa en el santuario. La denuncia no desprecia la adoración: exige que no sea usada para proteger el mal.

El libro también prepara para una espera prolongada y sostiene la esperanza después del derrumbe. En Jeremías 29:4–14, los desterrados deben trabajar, formar hogares, buscar la paz de la ciudad y orar mientras aguardan la fidelidad de Dios. La promesa de futuro pertenece a esa situación comunitaria; no ofrece un éxito inmediato ni la realización de todos los proyectos privados.

Géneros y voces que conviene reconocer

El libro reúne poesía profética, discursos de denuncia y promesa, relatos en prosa, oraciones y lamentos, una carta a los desterrados, señales realizadas por el profeta y noticias históricas. La vasija, el yugo, la compra de un campo y el rollo arrojado al río reciben su significado en las explicaciones que los acompañan. No es necesario inventar un símbolo independiente para cada objeto o detalle.

Los lamentos permiten escuchar el costo de la misión y el dolor por el pueblo. Jeremías puede protestar, preguntar y llorar sin dejar de estar llamado a comunicar una palabra que no le pertenece. Hay que distinguir la voz del Señor, la del profeta, las afirmaciones de sus adversarios y las decisiones de los personajes. Que una acción se narre no significa que quede establecida como mandato para imitarla.

Recorrido del libro

  • Capítulo 1: presentación y llamado de Jeremías. Los verbos arrancar, derribar, edificar y plantar anuncian la doble dimensión de juicio y restauración.
  • Capítulos 2–25: denuncias y llamados a volver al Señor. La infidelidad, la falsa seguridad, la injusticia y la resistencia a la palabra conducen al anuncio del dominio babilónico y del juicio sobre las naciones.
  • Capítulos 26–29: conflictos en torno a la palabra profética, oposición al mensajero, discusión sobre el yugo de Babilonia y orientación a los desterrados. La verdad no se decide por la popularidad de una promesa.
  • Capítulos 30–33: promesas de reunión, restauración y nuevo pacto. La compra del campo en medio del asedio expresa confianza en una vida futura que Dios hará posible.
  • Capítulos 34–45: desobediencia de dirigentes y pueblo, rechazo del rollo, padecimientos de Jeremías, caída de Jerusalén y conflictos posteriores, incluida la marcha a Egipto. La palabra dirigida a Baruc cierra esta sección sin seguir una secuencia temporal uniforme.
  • Capítulos 46–51: anuncios contra las naciones, culminando en Babilonia. El imperio usado para juzgar a Judá también debe responder por su orgullo y violencia.
  • Capítulo 52: epílogo histórico sobre la caída, el saqueo, las ejecuciones y las deportaciones. El trato favorable recibido por Joaquín abre una esperanza limitada en medio del destierro.

Conocer a Dios, escuchar su palabra y practicar justicia

Conocer a Jehová no consiste solo en pronunciar su nombre. Jeremías 22:13–17 contrasta la ambición opresora de Joacim con la defensa del pobre que caracterizó a su padre. El cuidado del necesitado responde al carácter de Dios; no compite con la adoración ni puede ser reemplazado por un discurso piadoso.

La palabra del Señor descubre falsas seguridades tanto religiosas como políticas. Las alianzas no pueden convertirse en salvadores, ni el oficio profético permite hablar en nombre de Dios sin haber recibido su palabra. Al mismo tiempo, el juicio sobre Judá no concede inocencia automática a sus conquistadores. El Señor oye el daño causado por los poderosos y anuncia que defenderá la causa de su pueblo.

Esta seriedad moral no enseña a comprar la salvación. La necesidad de arrepentimiento revela precisamente que el pueblo no puede sanar su culpa mediante prestigio, fuerza o una promesa humana de mejorar. La esperanza nace de la iniciativa misericordiosa del Dios que juzga con verdad y también perdona.

El Rey justo y el nuevo pacto en Jesucristo

Jeremías 23:5–6 promete para David un Renuevo justo que gobernará con derecho y justicia. La esperanza responde al fracaso real de los pastores y reyes de Judá. El anuncio del trono de David dado a Jesús en Lucas 1:31–33 dirige nuestra fe hacia el Hijo cuyo reino no termina. Jesucristo es nuestro Señor y único Salvador; la renovación definitiva no depende de repetir la ambición de los gobiernos que fracasaron.

El anuncio de Jeremías 31:31–34 reúne la ley escrita en el corazón, la pertenencia a Dios, el conocimiento del Señor y el perdón de la culpa. El hebreo בְּרִית חֲדָשָׁה, berit jadashah, significa «nuevo pacto». Sus destinatarios expresos son la casa de Israel y la casa de Judá; esa referencia histórica no debe borrarse al leer su alcance en el conjunto de las Escrituras.

En Lucas 22:19–20, Jesús identifica el nuevo pacto con su sangre derramada. Hebreos 8:6–13 cita la promesa de Jeremías para explicar su mediación. La conexión con Cristo está afirmada por el Nuevo Testamento: su entrega afronta el pecado y abre el acceso al Padre. Somos recibidos por gracia mediante la fe; las buenas obras y la obediencia son fruto de esa reconciliación, nunca su precio.

Los creyentes de otras naciones son acercados por la sangre de Cristo y tienen acceso al Padre en un mismo Espíritu. La gracia de Efesios 2:11–18 no permite despreciar a Israel ni apropiarse de cada promesa territorial como garantía de prosperidad personal. Las promesas de regreso, la obra del Mesías y la esperanza final deben relacionarse atendiendo a sus respectivos contextos.

El Padre celestial y la guía del Espíritu Santo

La ley escrita en el corazón no convierte cada emoción en una palabra de Dios. La transformación prometida conduce a conocer y obedecer al Señor. El Espíritu Santo es nuestro guía divino: enseña, consuela y da testimonio de Jesucristo conforme a la verdad. En Juan 14:25–26, Jesús promete el Consolador enviado por el Padre en su nombre; su enseñanza permanece ligada a las palabras del Hijo.

Nos acercamos al Padre celestial por medio de Jesucristo y dependemos de la obra del Espíritu Santo. Confesamos al único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, sin confundir sus personas. Esta comunión nos permite recibir la corrección con esperanza: el Padre no es un refugio para ocultar la culpa, ni la santidad de Dios cancela la misericordia que el Hijo nos ha abierto.

Aplicación editorial: una esperanza que aprende a escuchar

Deja que Jeremías examine tus seguridades antes de usarlo para juzgar a otros. Pregunta si tu manera de hablar, administrar recursos y tratar al vulnerable corresponde al Señor que dices conocer. Cuando descubras pecado, vuelve al Padre por Jesucristo; no necesitas defender una apariencia de inocencia para recibir su gracia.

Si atraviesas duelo, desplazamiento o una espera prolongada, este libro no te exige fingir que el dolor ha terminado. Puedes lamentar, orar, pedir ayuda y seguir haciendo el bien. La mesa concedida a Joaquín al final muestra una bondad concreta, pero no resuelve toda la historia del destierro. Afirma tu esperanza en la fidelidad de Dios y en la vida que Cristo da, mientras pides al Espíritu Santo discernimiento y fortaleza para obedecer hoy.

Regreso del remanente

«¡Ay de los pastores que destruyen y dispersan las ovejas de mi prado! —declara el SEÑOR—. Por eso, así dice el SEÑOR, Dios de Israel, acerca de los pastores que apacientan a mi pueblo: ustedes dispersaron mis ovejas, las ahuyentaron y no se ocuparon de ellas. Ahora me ocuparé de ustedes por la maldad de sus acciones —declara el SEÑOR—. Yo mismo reuniré al resto de mis ovejas de todos los países adonde las arrojé y las haré volver a sus pastos. Serán fecundas y se multiplicarán. Pondré sobre ellas pastores que las apacienten. Ya no tendrán miedo ni se aterrorizarán, y no faltará ninguna —declara el SEÑOR—.

El Rey justo prometido a David

Vienen días —declara el SEÑOR— en que levantaré para David un Renuevo justo. Reinará como rey, actuará con sabiduría y practicará el derecho y la justicia en la tierra. En sus días Judá será salvada e Israel habitará seguro. Este es el nombre con que será llamado: “El SEÑOR, nuestra justicia”. Por eso vienen días —declara el SEÑOR— en que ya no dirán: “¡Vive el SEÑOR, que hizo subir a los hijos de Israel de la tierra de Egipto!”, sino: “¡Vive el SEÑOR, que hizo subir y trajo a la descendencia de la casa de Israel de la tierra del norte y de todos los países adonde yo los había arrojado!”. Y habitarán en su propia tierra».

Denunciación de los falsos profetas

Acerca de los profetas: mi corazón está quebrantado dentro de mí y tiemblan todos mis huesos.
Estoy como un borracho, como un hombre dominado por el vino, a causa del SEÑOR y de sus santas palabras.
Porque la tierra está llena de adúlteros;
a causa de la maldición la tierra está de luto y se han secado los pastizales del desierto.
La carrera de ellos es mala y su poder no se ejerce con rectitud.
«Tanto el profeta como el sacerdote se han corrompido;
hasta en mi casa he encontrado su maldad —declara el SEÑOR—.
Por eso su camino será para ellos como lugares resbaladizos en la oscuridad.
Serán empujados y caerán en él, porque traeré sobre ellos una calamidad en el año de su castigo —declara el SEÑOR—.
Entre los profetas de Samaria vi una insensatez: profetizaban por Baal y extraviaban a mi pueblo Israel. Entre los profetas de Jerusalén he visto algo horrible: cometen adulterio, andan en mentira y fortalecen las manos de los malvados, de modo que nadie se vuelve de su maldad.
Todos ellos son para mí como Sodoma, y sus habitantes como Gomorra.
Por eso, así dice el SEÑOR de los ejércitos acerca de los profetas: voy a darles de comer ajenjo y de beber agua envenenada, porque de los profetas de Jerusalén ha salido la corrupción a toda la tierra».

Los mensajes de falsa paz

Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «No escuchen las palabras de los profetas que les profetizan.
Los llenan de vanas esperanzas;
hablan visiones de su propio corazón, que no salen de la boca del SEÑOR.
Dicen sin cesar a los que me desprecian: “El SEÑOR ha dicho: ‘Tendrán paz’”.
Y a todos los que siguen la terquedad de su corazón les dicen: “No vendrá sobre ustedes ninguna calamidad”.
¿Quién ha estado en el consejo del SEÑOR para ver y oír su palabra?
¿Quién ha prestado atención a su palabra y la ha escuchado?
Miren, la tempestad del SEÑOR ha salido con furor;
un torbellino se arremolina sobre la cabeza de los malvados.
La ira del SEÑOR no se apartará hasta que haya realizado y cumplido los propósitos de su corazón.
En los días venideros lo comprenderán plenamente.
Yo no envié a esos profetas, pero ellos corrieron;
no les hablé, pero ellos profetizaron.
Si hubieran estado en mi consejo, habrían hecho oír mis palabras a mi pueblo y lo habrían hecho volver de su mal camino y de la maldad de sus acciones.

La palabra de Dios y los sueños falsos

¿Soy un Dios solo de cerca —declara el SEÑOR— y no un Dios de lejos? ¿Puede alguien esconderse en escondites sin que yo lo vea?
—declara el SEÑOR—.
¿No lleno yo los cielos y la tierra?
—declara el SEÑOR—.
He oído lo que dicen los profetas que profetizan mentira en mi nombre: “¡He soñado, he soñado!”. ¿Hasta cuándo estará esto en el corazón de los profetas que profetizan mentira, que profetizan el engaño de su propio corazón, que piensan hacer que mi pueblo olvide mi nombre con los sueños que se cuentan unos a otros, como sus antepasados olvidaron mi nombre por Baal? El profeta que tenga un sueño, que cuente el sueño; pero el que tenga mi palabra, que hable mi palabra con fidelidad. ¿Qué tiene que ver la paja con el grano? —declara el SEÑOR—. ¿No es mi palabra como fuego —declara el SEÑOR— y como un martillo que hace pedazos la roca? Por eso estoy contra los profetas —declara el SEÑOR— que se roban mis palabras unos a otros. Estoy contra los profetas —declara el SEÑOR— que usan su lengua y dicen: “¡Oráculo!”. Estoy contra los que profetizan sueños falsos —declara el SEÑOR— y los cuentan, extraviando a mi pueblo con sus mentiras y su temeridad. Yo no los envié ni les di órdenes, y de ningún modo son de provecho para este pueblo —declara el SEÑOR—.

El abuso de «oráculo del SEÑOR»

Cuando este pueblo, un profeta o un sacerdote te pregunte: “¿Cuál es el oráculo del SEÑOR?”, les dirás: “¿Cuál oráculo? Los abandonaré —declara el SEÑOR—”. Al profeta, al sacerdote o a cualquiera del pueblo que diga: “Oráculo del SEÑOR”, lo castigaré a él y a su casa. Así se dirán unos a otros, cada uno a su prójimo y a su hermano: “¿Qué ha respondido el SEÑOR? ¿Qué ha dicho el SEÑOR?”. No vuelvan a mencionar el oráculo del SEÑOR, porque la palabra de cada uno será su propia carga. Han tergiversado las palabras del Dios vivo, del SEÑOR de los ejércitos, nuestro Dios. Así le dirás al profeta: “¿Qué te ha respondido el SEÑOR? ¿Qué ha dicho el SEÑOR?”. Pero si dicen: “Oráculo del SEÑOR”, entonces así dice el SEÑOR: por haber dicho estas palabras, “Oráculo del SEÑOR”, cuando yo les envié a decir que no dijeran: “Oráculo del SEÑOR”, voy a olvidarlos por completo y a arrojarlos de mi presencia, a ustedes y a la ciudad que les di a ustedes y a sus antepasados. Pondré sobre ustedes una afrenta eterna y una humillación eterna que no se olvidará».

Rights and attribution

Santa Biblia, Nueva Traducción BibliaTodo (NTBT). Publicada por BibliaTodo Bible Society, sello editorial de BibliaTodo LLC.