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Jeremías 25

NTBT-2026-11-07

Jeremías: la palabra fiel de Dios entre el juicio y la esperanza

Jeremías acompaña a Judá en las décadas que conducen a la caída de Jerusalén y continúa hablando en medio de sus consecuencias. Denuncia una fe que conserva sus símbolos mientras abandona la justicia, enfrenta las falsas seguridades y anuncia el juicio de Dios sobre su pueblo y sobre las naciones. A la vez, proclama que el Señor no ha agotado su propósito en la destrucción: promete reunir, perdonar y establecer un nuevo pacto. Esa esperanza encuentra su centro salvador en Jesucristo, el Rey justo y mediador que nos reconcilia con el Padre.

El profeta, Baruc y la formación del libro

Jeremías 1:1–3 identifica al profeta como hijo de Hilcías, procedente de los sacerdotes de Anatot, en Benjamín. Sitúa el comienzo de su ministerio en el año trece de Josías y lo extiende a los días de Joacim y Sedequías, hasta el destierro de Jerusalén. Esos datos son afirmaciones expresas del libro. No permiten identificar sin más a su padre con cualquier otro Hilcías conocido ni reconstruir todos los años de su vida.

La relación entre palabra hablada y escritura aparece con claridad en Jeremías 36:1–4: el Señor manda escribir sus palabras y Baruc, hijo de Nerías, las pone por escrito al dictado del profeta. Después de que Joacim quema aquel rollo, se prepara otro y se añaden palabras semejantes. El propio relato muestra así un proceso de conservación y ampliación; no presenta todo el libro como una única sesión de dictado.

Las palabras del profeta conviven con narraciones acerca de él, cartas, fechas y un epílogo histórico. La participación de Baruc en la escritura está documentada, pero no se identifica expresamente al responsable de cada sección ni de la disposición final. La frase «Hasta aquí las palabras de Jeremías», al final del capítulo 51, distingue el capítulo 52 como cierre narrativo. Su cercanía con el final de Reyes tampoco permite atribuirlo con certeza a una persona que el texto no nombra.

La transmisión antigua conserva diferencias importantes entre la forma hebrea masorética y la antigua traducción griega: esta es más breve y coloca en otra posición los anuncios contra las naciones. Algunos fragmentos hebreos de Qumrán apoyan lecturas de la forma más breve. Estos testimonios muestran una historia textual compleja; no autorizan a afirmar que conocemos con certeza cada etapa de su formación. La lectura de este libro sigue su secuencia hebrea recibida, con los anuncios a las naciones en los capítulos 46–51.

Fecha y escenario histórico

El ministerio comienza hacia 627 a. C., tomando como referencia el año trece de Josías, y atraviesa el tránsito entre el predominio asirio, la intervención egipcia y la expansión de Babilonia. Las fechas modernas son aproximaciones de la cronología antigua. La rendición y deportación de Joaquín se sitúan en 597 a. C.; la destrucción de Jerusalén bajo Sedequías, en torno a 587/586 a. C. El texto distingue a Joacim, Joaquín y Sedequías: sus nombres próximos no designan al mismo rey.

La caída de la ciudad no pone fin de inmediato a la actividad del profeta. Los capítulos 40–44 narran los conflictos del remanente y su marcha a Egipto, donde Jeremías sigue anunciando la palabra de Jehová. El libro no relata su muerte. Su último episodio histórico, la liberación de Joaquín en el año treinta y siete de su destierro, lleva el horizonte hasta aproximadamente 561 a. C. Esa fecha corresponde al acontecimiento final narrado; no determina por sí sola cuándo quedó terminada toda la composición.

Los episodios no están colocados en una cronología continua. El capítulo 45 vuelve al cuarto año de Joacim después de los relatos situados tras la destrucción. Conviene atender a las fechas, los destinatarios y los temas de cada unidad antes de suponer que un capítulo ocurre inmediatamente después del anterior.

Destinatarios y propósito

El mensaje interpela a habitantes de Judá y Jerusalén, reyes, sacerdotes, profetas, dirigentes y personas comunes. También alcanza a los desterrados en Babilonia, al remanente que marcha a Egipto y a pueblos extranjeros. No todos los anuncios tienen los mismos destinatarios ni las mismas condiciones; una palabra dirigida a un rey concreto no se convierte automáticamente en una promesa individual para cualquier lector.

Jeremías busca que el pueblo escuche y vuelva al Señor. Desenmascara la idolatría, la sangre inocente, el engaño y la opresión, y explica por qué el templo y la dinastía no garantizan inmunidad. El discurso de Jeremías 7:3–15 une el llamado a enmendar la conducta con el rechazo de la confianza presuntuosa en el santuario. La denuncia no desprecia la adoración: exige que no sea usada para proteger el mal.

El libro también prepara para una espera prolongada y sostiene la esperanza después del derrumbe. En Jeremías 29:4–14, los desterrados deben trabajar, formar hogares, buscar la paz de la ciudad y orar mientras aguardan la fidelidad de Dios. La promesa de futuro pertenece a esa situación comunitaria; no ofrece un éxito inmediato ni la realización de todos los proyectos privados.

Géneros y voces que conviene reconocer

El libro reúne poesía profética, discursos de denuncia y promesa, relatos en prosa, oraciones y lamentos, una carta a los desterrados, señales realizadas por el profeta y noticias históricas. La vasija, el yugo, la compra de un campo y el rollo arrojado al río reciben su significado en las explicaciones que los acompañan. No es necesario inventar un símbolo independiente para cada objeto o detalle.

Los lamentos permiten escuchar el costo de la misión y el dolor por el pueblo. Jeremías puede protestar, preguntar y llorar sin dejar de estar llamado a comunicar una palabra que no le pertenece. Hay que distinguir la voz del Señor, la del profeta, las afirmaciones de sus adversarios y las decisiones de los personajes. Que una acción se narre no significa que quede establecida como mandato para imitarla.

Recorrido del libro

  • Capítulo 1: presentación y llamado de Jeremías. Los verbos arrancar, derribar, edificar y plantar anuncian la doble dimensión de juicio y restauración.
  • Capítulos 2–25: denuncias y llamados a volver al Señor. La infidelidad, la falsa seguridad, la injusticia y la resistencia a la palabra conducen al anuncio del dominio babilónico y del juicio sobre las naciones.
  • Capítulos 26–29: conflictos en torno a la palabra profética, oposición al mensajero, discusión sobre el yugo de Babilonia y orientación a los desterrados. La verdad no se decide por la popularidad de una promesa.
  • Capítulos 30–33: promesas de reunión, restauración y nuevo pacto. La compra del campo en medio del asedio expresa confianza en una vida futura que Dios hará posible.
  • Capítulos 34–45: desobediencia de dirigentes y pueblo, rechazo del rollo, padecimientos de Jeremías, caída de Jerusalén y conflictos posteriores, incluida la marcha a Egipto. La palabra dirigida a Baruc cierra esta sección sin seguir una secuencia temporal uniforme.
  • Capítulos 46–51: anuncios contra las naciones, culminando en Babilonia. El imperio usado para juzgar a Judá también debe responder por su orgullo y violencia.
  • Capítulo 52: epílogo histórico sobre la caída, el saqueo, las ejecuciones y las deportaciones. El trato favorable recibido por Joaquín abre una esperanza limitada en medio del destierro.

Conocer a Dios, escuchar su palabra y practicar justicia

Conocer a Jehová no consiste solo en pronunciar su nombre. Jeremías 22:13–17 contrasta la ambición opresora de Joacim con la defensa del pobre que caracterizó a su padre. El cuidado del necesitado responde al carácter de Dios; no compite con la adoración ni puede ser reemplazado por un discurso piadoso.

La palabra del Señor descubre falsas seguridades tanto religiosas como políticas. Las alianzas no pueden convertirse en salvadores, ni el oficio profético permite hablar en nombre de Dios sin haber recibido su palabra. Al mismo tiempo, el juicio sobre Judá no concede inocencia automática a sus conquistadores. El Señor oye el daño causado por los poderosos y anuncia que defenderá la causa de su pueblo.

Esta seriedad moral no enseña a comprar la salvación. La necesidad de arrepentimiento revela precisamente que el pueblo no puede sanar su culpa mediante prestigio, fuerza o una promesa humana de mejorar. La esperanza nace de la iniciativa misericordiosa del Dios que juzga con verdad y también perdona.

El Rey justo y el nuevo pacto en Jesucristo

Jeremías 23:5–6 promete para David un Renuevo justo que gobernará con derecho y justicia. La esperanza responde al fracaso real de los pastores y reyes de Judá. El anuncio del trono de David dado a Jesús en Lucas 1:31–33 dirige nuestra fe hacia el Hijo cuyo reino no termina. Jesucristo es nuestro Señor y único Salvador; la renovación definitiva no depende de repetir la ambición de los gobiernos que fracasaron.

El anuncio de Jeremías 31:31–34 reúne la ley escrita en el corazón, la pertenencia a Dios, el conocimiento del Señor y el perdón de la culpa. El hebreo בְּרִית חֲדָשָׁה, berit jadashah, significa «nuevo pacto». Sus destinatarios expresos son la casa de Israel y la casa de Judá; esa referencia histórica no debe borrarse al leer su alcance en el conjunto de las Escrituras.

En Lucas 22:19–20, Jesús identifica el nuevo pacto con su sangre derramada. Hebreos 8:6–13 cita la promesa de Jeremías para explicar su mediación. La conexión con Cristo está afirmada por el Nuevo Testamento: su entrega afronta el pecado y abre el acceso al Padre. Somos recibidos por gracia mediante la fe; las buenas obras y la obediencia son fruto de esa reconciliación, nunca su precio.

Los creyentes de otras naciones son acercados por la sangre de Cristo y tienen acceso al Padre en un mismo Espíritu. La gracia de Efesios 2:11–18 no permite despreciar a Israel ni apropiarse de cada promesa territorial como garantía de prosperidad personal. Las promesas de regreso, la obra del Mesías y la esperanza final deben relacionarse atendiendo a sus respectivos contextos.

El Padre celestial y la guía del Espíritu Santo

La ley escrita en el corazón no convierte cada emoción en una palabra de Dios. La transformación prometida conduce a conocer y obedecer al Señor. El Espíritu Santo es nuestro guía divino: enseña, consuela y da testimonio de Jesucristo conforme a la verdad. En Juan 14:25–26, Jesús promete el Consolador enviado por el Padre en su nombre; su enseñanza permanece ligada a las palabras del Hijo.

Nos acercamos al Padre celestial por medio de Jesucristo y dependemos de la obra del Espíritu Santo. Confesamos al único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, sin confundir sus personas. Esta comunión nos permite recibir la corrección con esperanza: el Padre no es un refugio para ocultar la culpa, ni la santidad de Dios cancela la misericordia que el Hijo nos ha abierto.

Aplicación editorial: una esperanza que aprende a escuchar

Deja que Jeremías examine tus seguridades antes de usarlo para juzgar a otros. Pregunta si tu manera de hablar, administrar recursos y tratar al vulnerable corresponde al Señor que dices conocer. Cuando descubras pecado, vuelve al Padre por Jesucristo; no necesitas defender una apariencia de inocencia para recibir su gracia.

Si atraviesas duelo, desplazamiento o una espera prolongada, este libro no te exige fingir que el dolor ha terminado. Puedes lamentar, orar, pedir ayuda y seguir haciendo el bien. La mesa concedida a Joaquín al final muestra una bondad concreta, pero no resuelve toda la historia del destierro. Afirma tu esperanza en la fidelidad de Dios y en la vida que Cristo da, mientras pides al Espíritu Santo discernimiento y fortaleza para obedecer hoy.

Setenta años de desolación

Esta es la palabra que llegó a Jeremías acerca de todo el pueblo de Judá, en el cuarto año de Joacim, hijo de Josías, rey de Judá, que era el primer año de Nabucodonosor, rey de Babilonia. El profeta Jeremías la proclamó a todo el pueblo de Judá y a todos los habitantes de Jerusalén, diciendo: «Desde el año trece de Josías, hijo de Amón, rey de Judá, hasta hoy, durante estos veintitrés años, me ha llegado la palabra del SEÑOR. Les he hablado desde temprano y sin cesar, pero no han escuchado. El SEÑOR les ha enviado a todos sus siervos los profetas, desde temprano y sin cesar, pero no han escuchado ni han inclinado el oído para oír». Decían: «Vuélvanse, cada uno de su mal camino y de la maldad de sus acciones, y habiten en la tierra que el SEÑOR les dio a ustedes y a sus antepasados desde siempre y para siempre. No sigan a otros dioses para servirlos y postrarse ante ellos. No me provoquen a ira con las obras de sus manos, y no les haré mal». «Pero no me han escuchado —declara el SEÑOR—, y me han provocado a ira con las obras de sus manos, para su propio mal».

El juicio anunciado mediante Babilonia

Por eso, así dice el SEÑOR de los ejércitos: «Por no haber escuchado mis palabras, voy a mandar a buscar a todas las familias del norte —declara el SEÑOR— y a Nabucodonosor, rey de Babilonia, mi siervo. Los traeré contra esta tierra, contra sus habitantes y contra todas estas naciones vecinas. Los destruiré por completo y los convertiré en motivo de horror, de burla y de ruina perpetua. Haré desaparecer de entre ellos la voz de gozo y la voz de alegría, la voz del novio y la voz de la novia, el sonido del molino y la luz de la lámpara. Toda esta tierra será ruina y desolación, y estas naciones servirán al rey de Babilonia durante setenta años.

Babilonia responderá por su culpa

Cuando se cumplan los setenta años, castigaré por su culpa al rey de Babilonia y a esa nación —declara el SEÑOR—, y a la tierra de los caldeos la convertiré en desolación perpetua. Haré caer sobre aquella tierra todas las palabras que he pronunciado contra ella, todo lo escrito en este libro que Jeremías profetizó contra todas las naciones. Porque también a ellos los someterán muchas naciones y grandes reyes. Les pagaré según sus hechos y según las obras de sus manos».

La copa de ira para las naciones

Así me dijo el SEÑOR, Dios de Israel: «Toma de mi mano esta copa del vino del furor y haz que beban de ella todas las naciones a las que te envío. Beberán, se tambalearán y enloquecerán a causa de la espada que enviaré en medio de ellas». Tomé la copa de la mano del SEÑOR e hice beber a todas las naciones a las que el SEÑOR me había enviado: a Jerusalén y a las ciudades de Judá, a sus reyes y a sus jefes, para convertirlos en ruina, horror, burla y maldición, como sucede hoy; al faraón, rey de Egipto, a sus servidores, a sus jefes y a todo su pueblo; a todos los extranjeros, a todos los reyes de la tierra de Uz, a todos los reyes de la tierra de los filisteos, a Ascalón, a Gaza, a Ecrón y al resto de Asdod; a Edom, a Moab y a los hijos de Amón; a todos los reyes de Tiro, a todos los reyes de Sidón y a los reyes de las costas que están más allá del mar; a Dedán, a Tema, a Buz y a todos los que se rapan las sienes; a todos los reyes de Arabia y a todos los reyes de los pueblos mezclados que habitan en el desierto; a todos los reyes de Zimri, a todos los reyes de Elam y a todos los reyes de Media; a todos los reyes del norte, los cercanos y los lejanos, unos tras otros, y a todos los reinos del mundo que están sobre la superficie de la tierra. El rey de Sesac beberá después de ellos. «Les dirás: “Así dice el SEÑOR de los ejércitos, Dios de Israel: beban, embriáguense, vomiten, caigan y no se levanten, a causa de la espada que enviaré en medio de ustedes”. Si se niegan a tomar la copa de tu mano para beber, les dirás: “Así dice el SEÑOR de los ejércitos: ciertamente beberán. Porque comienzo a traer calamidad sobre la ciudad que lleva mi nombre, ¿y ustedes quedarán sin castigo? No quedarán sin castigo, porque llamo a la espada contra todos los habitantes de la tierra —declara el SEÑOR de los ejércitos—”.

El juicio del SEÑOR alcanza a las naciones

Tú profetizarás contra ellos todas estas palabras. Les dirás:
“El SEÑOR rugirá desde lo alto, hará oír su voz desde su santa morada.
Rugirá con fuerza contra su redil;
lanzará un grito como los que pisan las uvas contra todos los habitantes de la tierra.
El estruendo llegará hasta los confines de la tierra, porque el SEÑOR tiene un pleito con las naciones;
él entra en juicio con todo ser humano.
Entregará a los malvados a la espada —declara el SEÑOR—”».
Así dice el SEÑOR de los ejércitos: «La calamidad pasa de nación en nación;
una gran tempestad se levanta desde los confines de la tierra.
En aquel día los muertos por el SEÑOR estarán de un extremo de la tierra al otro.
No los llorarán, no los recogerán ni los enterrarán;
serán como estiércol sobre la superficie de la tierra.

El lamento de los dirigentes del rebaño

¡Giman, pastores, y griten!
¡Revuélquense en el polvo, jefes del rebaño!
Ha llegado el tiempo de su matanza y su dispersión;
caerán como una vasija preciosa.
No habrá huida para los pastores ni escape para los jefes del rebaño. Se oye el clamor de los pastores y el gemido de los jefes del rebaño, porque el SEÑOR está devastando sus pastos. Los prados apacibles quedan desolados por la ardiente ira del SEÑOR. Como un león ha abandonado su guarida, porque su tierra ha quedado desolada por el furor del opresor y por el ardor de su ira».

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