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Lucas 22

NTBT-2026-11-07

Introducción al Evangelio según Lucas

Lucas te conduce a conocer a Jesucristo como el Salvador prometido, el Hijo que cumple la voluntad del Padre y busca a los perdidos. Su relato sigue la fidelidad de Dios desde los anuncios del nacimiento hasta la cruz, la resurrección y la ascensión. La buena noticia que comienza en Israel será anunciada a todas las naciones.

El autor y la relación con Hechos

La antigua tradición cristiana atribuye este Evangelio a Lucas, colaborador de Pablo. Las cartas del Nuevo Testamento mencionan a Lucas como «el médico amado» y como colaborador en el ministerio (Colosenses 4:14; Filemón 1:24). El narrador del Evangelio no escribe su nombre dentro del relato; la atribución tradicional debe distinguirse de lo que el prólogo declara expresamente.

El autor explica que ha investigado cuidadosamente los acontecimientos y que recibe el testimonio de quienes fueron testigos oculares y servidores de la palabra. Hechos se dirige al mismo Teófilo y recuerda un primer relato sobre lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar hasta su ascensión (Lucas 1:1–4; Hechos 1:1–2). Ambos libros forman una narración vinculada: el Evangelio presenta la obra de Jesús y Hechos continúa con el testimonio acerca del Señor resucitado por el poder del Espíritu Santo.

Fecha, contexto y destinatarios

El libro no ofrece una fecha ni un lugar de composición. Habitualmente se sitúa en el siglo I, con propuestas que van desde los años sesenta hasta las últimas décadas del siglo. Las diferencias dependen, entre otras cuestiones, de cómo se entiende su relación con Hechos y con los otros evangelios. Conviene reconocer esa discusión sin atribuir al autor un año o una ciudad que no declara.

El destinatario nombrado es Teófilo, quien ya había recibido enseñanza acerca de Jesús. El propósito explícito es que conozca la certeza de esa enseñanza. El tratamiento «excelentísimo» expresa respeto, pero no identifica por sí solo su cargo, su ciudad o una función precisa como patrocinador. El horizonte del libro es más amplio: desde el anuncio de luz para las naciones hasta la misión final, la salvación de Dios se presenta para todos los pueblos (Lucas 2:29–32; Lucas 24:47).

Género y propósito

Es un evangelio: una narración de la vida, la enseñanza, la muerte y la resurrección de Jesús que da a conocer su identidad y llama a responder a él. El prólogo destaca la investigación, el testimonio recibido y la presentación ordenada. Ese orden permite seguir el sentido de la historia; no obliga a suponer que cada enseñanza y cada escena se organicen según una cronología moderna exhaustiva.

Lucas presenta los acontecimientos como cumplimiento de las promesas de Dios. Jesús anuncia el favor del Señor, sana, perdona pecados, llama a seguirlo y se dirige con decisión hacia Jerusalén (Lucas 4:16–21; Lucas 9:51). Su muerte y resurrección dan el significado decisivo a todo ese camino.

Un recorrido por el libro

  1. 1–2: el prólogo y los anuncios, nacimientos e infancia de Juan y Jesús sitúan la salvación dentro de las promesas de Dios a Israel.
  2. 3:1–4:13: la predicación de Juan, el bautismo, la genealogía y la tentación preparan el ministerio de Jesús.
  3. 4:14–9:50: Jesús anuncia el reino en Galilea y sus alrededores, manifiesta su autoridad, reúne discípulos y revela el camino de su padecimiento.
  4. 9:51–19:27: el viaje hacia Jerusalén reúne encuentros, parábolas y enseñanza sobre la misericordia, la oración, las riquezas, el arrepentimiento y el discipulado.
  5. 19:28–21:38: Jesús entra en Jerusalén, enseña en el templo, afronta controversias y anuncia juicio y esperanza, llamando a la vigilancia.
  6. 22–23: la Cena, la oración, el arresto, los juicios, la crucifixión y la sepultura presentan la entrega del Salvador.
  7. 24: el sepulcro vacío, las apariciones, la explicación de las Escrituras y la ascensión preparan a los testigos para anunciar a Cristo a todas las naciones.

Jesucristo y la salvación por gracia

Jesús vino a buscar y salvar lo perdido (Lucas 19:10). Recibe a pecadores, llama al arrepentimiento y anuncia el gozo por quien vuelve a Dios. Las parábolas de lo perdido y el encuentro con Zaqueo muestran la iniciativa de la gracia y una respuesta que transforma la vida (Lucas 15:1–7; Lucas 19:1–10).

La salvación tiene su fundamento en la persona y en la obra de Jesús. Él entrega su cuerpo y derrama su sangre por los suyos; resucitado, envía a proclamar el arrepentimiento y el perdón en su nombre (Lucas 22:19–20; Lucas 24:46–47). La fe recibe esa gracia, y la obediencia, la generosidad y el servicio son su fruto.

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo

El bautismo distingue al Hijo que es bautizado, al Espíritu Santo que desciende y al Padre que declara su complacencia en su Hijo amado (Lucas 3:21–22). Jesús vive en comunión con el Padre, ora y cumple su voluntad. El Espíritu Santo actúa en el anuncio y en el ministerio del Salvador y será enviado sobre sus testigos. El relato revela la acción del único Dios sin confundir las personas del Padre, del Hijo y del Espíritu.

Misericordia y vida de los discípulos

Lucas presta atención a los pobres, a las mujeres, a los enfermos, a los pecadores despreciados y a quienes quedaban al margen de la estima social. La compasión de Jesús conduce a reconocer la dignidad de las personas y su necesidad de salvación. La parábola del samaritano muestra la misericordia hecha acción, mientras el encuentro con Marta y María destaca la atención a la palabra del Señor (Lucas 10:25–42).

La oración, el uso de los bienes, la humildad y la perseverancia forman parte del discipulado. Seguir a Jesús implica recibir su gracia y obedecer su palabra. El Señor forma a seguidores que necesitan corrección y perdón, y los sostiene con su fidelidad (Lucas 9:23–26; Lucas 22:31–32).

Las Escrituras y la esperanza que continúa

La historia de Jesús está enraizada en las promesas a Abraham, David e Israel, y culmina en su cumplimiento salvador. Después de resucitar, el Señor explica que el Cristo debía padecer y entrar en su gloria. Abre el entendimiento de sus discípulos para comprender las Escrituras y los hace testigos (Lucas 24:25–27; Lucas 24:44–49).

El Evangelio termina con Jesús bendiciendo, los discípulos adorándolo y la comunidad alabando a Dios en Jerusalén. Hechos continuará el anuncio del Salvador vivo, comenzando allí y extendiéndose hasta los confines de la tierra (Lucas 24:50–53; Hechos 1:8).

Aplicación editorial

Al leer Lucas, observa qué revela cada encuentro acerca de Jesucristo y cómo responde cada persona a su palabra. Acude al Padre por medio de tu Salvador, recibe su perdón y busca la guía del Espíritu Santo conforme a las Escrituras. Que la gracia de Jesús produzca en ti fe, misericordia, oración y una esperanza firme en su resurrección.

El complot para matar a Jesús

Se acercaba la fiesta de los Panes sin Levadura, llamada Pascua. Los principales sacerdotes y los escribas buscaban cómo matarlo, porque temían al pueblo. Entonces Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era uno de los doce. Él fue y habló con los principales sacerdotes y los jefes de la guardia sobre cómo entregárselo. Ellos se alegraron y acordaron darle dinero. Él aceptó y buscaba una oportunidad para entregárselo sin que estuviera la multitud.

La preparación de la Pascua

Llegó el día de los Panes sin Levadura, en el que debía sacrificarse el cordero de la Pascua. Jesús envió a Pedro y a Juan, diciéndoles: «Vayan y preparen la Pascua para que la comamos». Ellos le preguntaron: «¿Dónde quieres que la preparemos?». Él les dijo: «Al entrar en la ciudad, les saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo hasta la casa en la que entre, y díganle al dueño de la casa: “El Maestro te pregunta: ¿Dónde está la sala en la que voy a comer la Pascua con mis discípulos?”. Él les mostrará una sala grande, amueblada, en el piso de arriba. Preparen allí». Ellos fueron, encontraron todo como les había dicho y prepararon la Pascua.

La Cena del Señor

Cuando llegó la hora, se recostó a la mesa, y los apóstoles con él. Les dijo: «He deseado intensamente comer esta Pascua con ustedes antes de sufrir, porque les digo que no volveré a comerla hasta que se cumpla en el reino de Dios». Luego tomó una copa, dio gracias y dijo: «Tomen esto y repártanlo entre ustedes, porque les digo que desde ahora no beberé del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios». Después tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: «Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes. Hagan esto en memoria de mí». Del mismo modo, después de cenar, tomó la copa y dijo: «Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que es derramada por ustedes. Pero miren, la mano del que me entrega está conmigo en la mesa. Porque el Hijo del Hombre va según lo que se ha determinado, pero ¡ay de aquel hombre por medio del cual es entregado!». Entonces comenzaron a preguntarse unos a otros cuál de ellos sería el que iba a hacer eso.

La grandeza en el servicio

También surgió entre ellos una disputa sobre cuál de ellos era considerado el mayor. Él les dijo: «Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen autoridad sobre ellas son llamados bienhechores. Pero ustedes no deben ser así. Al contrario, el mayor entre ustedes debe hacerse como el más joven, y el que dirige, como el que sirve. Porque ¿quién es mayor: el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Sin embargo, yo estoy entre ustedes como el que sirve.

La promesa de participar en el reino

Ustedes son los que han permanecido conmigo en mis pruebas. Y yo les concedo un reino, como mi Padre me lo concedió a mí, para que coman y beban a mi mesa en mi reino; y se sentarán en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.

Jesús anuncia la negación de Pedro

Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido zarandearlos a ustedes como al trigo. Pero yo he rogado por ti para que tu fe no falle. Y tú, cuando hayas vuelto, fortalece a tus hermanos». Él le dijo: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo tanto a la cárcel como a la muerte». Pero Jesús respondió: «Te digo, Pedro, que hoy no cantará el gallo antes de que hayas negado tres veces que me conoces».

Bolsa, alforja y espada

Entonces les preguntó: «Cuando los envié sin bolsa de dinero, sin alforja y sin sandalias, ¿les faltó algo?». Ellos respondieron: «Nada». Él les dijo: «Pero ahora, el que tenga una bolsa de dinero, que la lleve, y también una alforja. Y el que no tenga espada, que venda su manto y compre una. Porque les digo que debe cumplirse en mí esto que está escrito: “Fue contado entre los transgresores”. Pues lo que se refiere a mí llega a su cumplimiento». Ellos dijeron: «Señor, aquí hay dos espadas». Él les respondió: «Basta».

Jesús ora en Getsemaní

Luego salió y fue, como de costumbre, al monte de los Olivos; los discípulos también lo siguieron. Cuando llegó al lugar, les dijo: «Oren para no entrar en tentación». Se apartó de ellos como a un tiro de piedra, se puso de rodillas y oraba, diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo fortalecía. Y, estando en agonía, oraba con más intensidad. Su sudor se volvió como gruesas gotas de sangre que caían al suelo. Cuando se levantó de la oración y fue a los discípulos, los encontró dormidos a causa de la tristeza. Les dijo: «¿Por qué duermen? Levántense y oren para no entrar en tentación».

Arresto de Jesús

Mientras todavía hablaba, apareció una multitud. El llamado Judas, uno de los doce, iba al frente de ellos y se acercó a Jesús para besarlo. Pero Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?». Cuando los que estaban con él vieron lo que iba a suceder, preguntaron: «Señor, ¿herimos con la espada?». Y uno de ellos hirió al esclavo del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Pero Jesús respondió: «¡Basta ya!». Y, tocándole la oreja, lo sanó. Entonces Jesús dijo a los principales sacerdotes, a los jefes de la guardia del templo y a los ancianos que habían venido contra él: «¿Han salido con espadas y palos como contra un bandido? Cada día estaba con ustedes en el templo, y no extendieron las manos contra mí. Pero esta es su hora y el dominio de las tinieblas».

Pedro niega a Jesús

Lo prendieron, se lo llevaron y lo hicieron entrar en la casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía de lejos. Encendieron un fuego en medio del patio y se sentaron juntos; Pedro se sentó entre ellos. Una criada lo vio sentado junto al fuego, lo miró fijamente y dijo: «Este también estaba con él». Pero él lo negó, diciendo: «Mujer, no lo conozco». Poco después, otro lo vio y dijo: «Tú también eres uno de ellos». Pero Pedro respondió: «Hombre, no lo soy». Pasada cerca de una hora, otro insistía: «Sin duda, este también estaba con él, porque también es galileo». Pero Pedro dijo: «Hombre, no sé de qué hablas». Y al instante, mientras todavía hablaba, cantó un gallo. Entonces el Señor se volvió y miró fijamente a Pedro. Pedro recordó lo que el Señor le había dicho: «Hoy, antes de que cante el gallo, me negarás tres veces». Y salió afuera y lloró amargamente.

Golpes y burlas contra Jesús

Los hombres que custodiaban a Jesús se burlaban de él y lo golpeaban. Le cubrieron el rostro y le preguntaban: «¡Profetiza! ¿Quién te golpeó?». Y decían muchas otras cosas, insultándolo.

Jesús ante el concilio

Cuando se hizo de día, se reunió el consejo de ancianos del pueblo, tanto los principales sacerdotes como los escribas, y lo llevaron ante su concilio, diciendo: «Si tú eres el Cristo, dínoslo». Él les respondió: «Si se lo digo, no creerán; y si les pregunto, no responderán. Pero desde ahora el Hijo del Hombre estará sentado a la derecha del poder de Dios». Entonces todos preguntaron: «¿Así que tú eres el Hijo de Dios?». Él les dijo: «Ustedes dicen que lo soy». Ellos dijeron: «¿Qué necesidad tenemos ya de testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca».

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