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Lucas 23

NTBT-2026-11-07

Introducción al Evangelio según Lucas

Lucas te conduce a conocer a Jesucristo como el Salvador prometido, el Hijo que cumple la voluntad del Padre y busca a los perdidos. Su relato sigue la fidelidad de Dios desde los anuncios del nacimiento hasta la cruz, la resurrección y la ascensión. La buena noticia que comienza en Israel será anunciada a todas las naciones.

El autor y la relación con Hechos

La antigua tradición cristiana atribuye este Evangelio a Lucas, colaborador de Pablo. Las cartas del Nuevo Testamento mencionan a Lucas como «el médico amado» y como colaborador en el ministerio (Colosenses 4:14; Filemón 1:24). El narrador del Evangelio no escribe su nombre dentro del relato; la atribución tradicional debe distinguirse de lo que el prólogo declara expresamente.

El autor explica que ha investigado cuidadosamente los acontecimientos y que recibe el testimonio de quienes fueron testigos oculares y servidores de la palabra. Hechos se dirige al mismo Teófilo y recuerda un primer relato sobre lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar hasta su ascensión (Lucas 1:1–4; Hechos 1:1–2). Ambos libros forman una narración vinculada: el Evangelio presenta la obra de Jesús y Hechos continúa con el testimonio acerca del Señor resucitado por el poder del Espíritu Santo.

Fecha, contexto y destinatarios

El libro no ofrece una fecha ni un lugar de composición. Habitualmente se sitúa en el siglo I, con propuestas que van desde los años sesenta hasta las últimas décadas del siglo. Las diferencias dependen, entre otras cuestiones, de cómo se entiende su relación con Hechos y con los otros evangelios. Conviene reconocer esa discusión sin atribuir al autor un año o una ciudad que no declara.

El destinatario nombrado es Teófilo, quien ya había recibido enseñanza acerca de Jesús. El propósito explícito es que conozca la certeza de esa enseñanza. El tratamiento «excelentísimo» expresa respeto, pero no identifica por sí solo su cargo, su ciudad o una función precisa como patrocinador. El horizonte del libro es más amplio: desde el anuncio de luz para las naciones hasta la misión final, la salvación de Dios se presenta para todos los pueblos (Lucas 2:29–32; Lucas 24:47).

Género y propósito

Es un evangelio: una narración de la vida, la enseñanza, la muerte y la resurrección de Jesús que da a conocer su identidad y llama a responder a él. El prólogo destaca la investigación, el testimonio recibido y la presentación ordenada. Ese orden permite seguir el sentido de la historia; no obliga a suponer que cada enseñanza y cada escena se organicen según una cronología moderna exhaustiva.

Lucas presenta los acontecimientos como cumplimiento de las promesas de Dios. Jesús anuncia el favor del Señor, sana, perdona pecados, llama a seguirlo y se dirige con decisión hacia Jerusalén (Lucas 4:16–21; Lucas 9:51). Su muerte y resurrección dan el significado decisivo a todo ese camino.

Un recorrido por el libro

  1. 1–2: el prólogo y los anuncios, nacimientos e infancia de Juan y Jesús sitúan la salvación dentro de las promesas de Dios a Israel.
  2. 3:1–4:13: la predicación de Juan, el bautismo, la genealogía y la tentación preparan el ministerio de Jesús.
  3. 4:14–9:50: Jesús anuncia el reino en Galilea y sus alrededores, manifiesta su autoridad, reúne discípulos y revela el camino de su padecimiento.
  4. 9:51–19:27: el viaje hacia Jerusalén reúne encuentros, parábolas y enseñanza sobre la misericordia, la oración, las riquezas, el arrepentimiento y el discipulado.
  5. 19:28–21:38: Jesús entra en Jerusalén, enseña en el templo, afronta controversias y anuncia juicio y esperanza, llamando a la vigilancia.
  6. 22–23: la Cena, la oración, el arresto, los juicios, la crucifixión y la sepultura presentan la entrega del Salvador.
  7. 24: el sepulcro vacío, las apariciones, la explicación de las Escrituras y la ascensión preparan a los testigos para anunciar a Cristo a todas las naciones.

Jesucristo y la salvación por gracia

Jesús vino a buscar y salvar lo perdido (Lucas 19:10). Recibe a pecadores, llama al arrepentimiento y anuncia el gozo por quien vuelve a Dios. Las parábolas de lo perdido y el encuentro con Zaqueo muestran la iniciativa de la gracia y una respuesta que transforma la vida (Lucas 15:1–7; Lucas 19:1–10).

La salvación tiene su fundamento en la persona y en la obra de Jesús. Él entrega su cuerpo y derrama su sangre por los suyos; resucitado, envía a proclamar el arrepentimiento y el perdón en su nombre (Lucas 22:19–20; Lucas 24:46–47). La fe recibe esa gracia, y la obediencia, la generosidad y el servicio son su fruto.

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo

El bautismo distingue al Hijo que es bautizado, al Espíritu Santo que desciende y al Padre que declara su complacencia en su Hijo amado (Lucas 3:21–22). Jesús vive en comunión con el Padre, ora y cumple su voluntad. El Espíritu Santo actúa en el anuncio y en el ministerio del Salvador y será enviado sobre sus testigos. El relato revela la acción del único Dios sin confundir las personas del Padre, del Hijo y del Espíritu.

Misericordia y vida de los discípulos

Lucas presta atención a los pobres, a las mujeres, a los enfermos, a los pecadores despreciados y a quienes quedaban al margen de la estima social. La compasión de Jesús conduce a reconocer la dignidad de las personas y su necesidad de salvación. La parábola del samaritano muestra la misericordia hecha acción, mientras el encuentro con Marta y María destaca la atención a la palabra del Señor (Lucas 10:25–42).

La oración, el uso de los bienes, la humildad y la perseverancia forman parte del discipulado. Seguir a Jesús implica recibir su gracia y obedecer su palabra. El Señor forma a seguidores que necesitan corrección y perdón, y los sostiene con su fidelidad (Lucas 9:23–26; Lucas 22:31–32).

Las Escrituras y la esperanza que continúa

La historia de Jesús está enraizada en las promesas a Abraham, David e Israel, y culmina en su cumplimiento salvador. Después de resucitar, el Señor explica que el Cristo debía padecer y entrar en su gloria. Abre el entendimiento de sus discípulos para comprender las Escrituras y los hace testigos (Lucas 24:25–27; Lucas 24:44–49).

El Evangelio termina con Jesús bendiciendo, los discípulos adorándolo y la comunidad alabando a Dios en Jerusalén. Hechos continuará el anuncio del Salvador vivo, comenzando allí y extendiéndose hasta los confines de la tierra (Lucas 24:50–53; Hechos 1:8).

Aplicación editorial

Al leer Lucas, observa qué revela cada encuentro acerca de Jesucristo y cómo responde cada persona a su palabra. Acude al Padre por medio de tu Salvador, recibe su perdón y busca la guía del Espíritu Santo conforme a las Escrituras. Que la gracia de Jesús produzca en ti fe, misericordia, oración y una esperanza firme en su resurrección.

Jesús ante Pilato

Entonces todos ellos se levantaron y lo llevaron ante Pilato. Comenzaron a acusarlo, diciendo: «Hemos encontrado a este hombre extraviando a nuestra nación, prohibiendo pagar impuestos al César y diciendo que él es el Cristo, un rey». Pilato le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Él le respondió: «Tú lo dices». Entonces Pilato dijo a los principales sacerdotes y a la multitud: «No encuentro ningún delito en este hombre». Pero ellos insistían: «Alborota al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí».

Jesús ante Herodes

Al oír esto, Pilato preguntó si el hombre era galileo. Y, al saber que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió a Herodes, que también estaba en Jerusalén en aquellos días. Herodes se alegró mucho al ver a Jesús, porque desde hacía bastante tiempo deseaba verlo por lo que había oído de él, y esperaba verlo realizar alguna señal. Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió nada. Los principales sacerdotes y los escribas estaban allí, acusándolo con vehemencia. Entonces Herodes, junto con sus soldados, lo despreció y se burló de él; le puso un vestido espléndido y lo envió de regreso a Pilato. Ese mismo día Herodes y Pilato se hicieron amigos, pues antes estaban enemistados.

Jesús sentenciado a muerte

Pilato reunió a los principales sacerdotes, a los gobernantes y al pueblo, y les dijo: «Me han traído a este hombre como a uno que extravía al pueblo. Pero lo he interrogado delante de ustedes y no he encontrado en él ningún delito de los que lo acusan. Tampoco Herodes, pues nos lo ha devuelto. Como ven, no ha hecho nada que merezca la muerte. Así que lo castigaré y lo dejaré libre». [Él tenía la obligación de ponerles en libertad a un preso en cada fiesta.] Pero todos gritaron a una: «¡Fuera con este! ¡Suéltanos a Barrabás!». Este había sido encarcelado por una revuelta ocurrida en la ciudad y por un homicidio. Pilato volvió a hablarles, queriendo dejar libre a Jesús. Pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!». Él les dijo por tercera vez: «¿Pues qué mal ha hecho este? No he encontrado en él ningún delito que merezca la muerte. Así que lo castigaré y lo dejaré libre». Pero ellos insistían a grandes voces, pidiendo que fuera crucificado, y sus gritos prevalecieron. Entonces Pilato decidió que se hiciera lo que pedían. Dejó libre al que había sido encarcelado por revuelta y homicidio, al que ellos pedían, y entregó a Jesús a la voluntad de ellos.

Crucifixión y muerte de Jesús

Cuando se lo llevaban, agarraron a un hombre llamado Simón, de Cirene, que venía del campo, y le pusieron la cruz encima para que la llevara detrás de Jesús.

Jesús advierte a las mujeres de Jerusalén

Lo seguía una gran multitud del pueblo y de mujeres que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Jesús se volvió hacia ellas y dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes mismas y por sus hijos. Porque vienen días en que dirán: “Dichosas las estériles, los vientres que no dieron a luz y los pechos que no amamantaron”. Entonces comenzarán a decir a los montes: “¡Caigan sobre nosotros!”, y a las colinas: “¡Cúbrannos!”. Porque si hacen estas cosas con el árbol verde, ¿qué sucederá con el seco?». También llevaban a otros dos, que eran malhechores, para ejecutarlos junto con él.

Jesús es crucificado entre malhechores

Cuando llegaron al lugar llamado la Calavera, lo crucificaron allí, junto con los malhechores, uno a su derecha y otro a su izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Y se repartieron su ropa echando suertes. El pueblo permanecía allí mirando. También los gobernantes se burlaban, diciendo: «A otros salvó; que se salve a sí mismo, si él es el Cristo de Dios, el Elegido». Los soldados también se burlaban de él; se acercaban, le ofrecían vino agrio y decían: «Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». También había sobre él una inscripción: «Este es el rey de los judíos».

Los dos malhechores y la promesa de Jesús

Uno de los malhechores colgados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!». Pero el otro lo reprendió: «¿Ni siquiera temes a Dios, estando bajo la misma condena? Nosotros estamos condenados justamente, porque recibimos lo que merecen nuestros hechos; pero este no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino». Él le respondió: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».

La muerte de Jesús y las señales que la acompañan

Ya era cerca del mediodía, y hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta las tres de la tarde, pues la luz del sol se apagó. Y el velo del santuario se rasgó por la mitad. Entonces Jesús gritó con voz fuerte: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y, después de decir esto, expiró. Al ver lo sucedido, el centurión glorificaba a Dios, diciendo: «Verdaderamente este hombre era justo». Toda la multitud que se había reunido para ver aquel espectáculo, al contemplar lo ocurrido, regresaba golpeándose el pecho. Pero todos sus conocidos permanecían a distancia, junto con las mujeres que lo habían seguido desde Galilea, mirando estas cosas.

Jesús es sepultado

Había un hombre llamado José, miembro del concilio, hombre bueno y justo. Él no había estado de acuerdo con la decisión ni con las acciones de ellos. Era de Arimatea, ciudad de los judíos, y esperaba el reino de Dios. Este fue ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo, lo envolvió en un lienzo de lino y lo puso en un sepulcro excavado en la roca, donde todavía no se había colocado a nadie. Era el día de la Preparación, y el sábado estaba por comenzar. Las mujeres que habían venido con él desde Galilea lo siguieron y vieron el sepulcro y cómo había sido colocado su cuerpo. Luego regresaron y prepararon especias aromáticas y ungüentos. Y el sábado descansaron conforme al mandamiento.

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