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Josué 22

NTBT-2026-11-07

Josué: la fidelidad de Dios y la herencia de Israel

Josué narra la entrada de Israel en Canaán, las campañas principales y la distribución de la tierra. Su centro es la fidelidad de Jehová a la palabra dada a los antepasados, junto con el llamado a escucharle y servirle como pueblo suyo.

Situación y continuidad

El relato comienza después de la muerte de Moisés, cuando Israel todavía debe cruzar el Jordán. Continúa la historia del éxodo y del recorrido por el desierto. Jehová había prometido la tierra a Abraham, Isaac y Jacob; Josué recibe la responsabilidad de conducir al pueblo y distribuir su herencia. La sucesión de dirigentes cambia la etapa de la historia, pero la promesa y la autoridad de Dios permanecen (Deuteronomio 34:4–9; Josué 1:1–9).

Las exhortaciones del libro se dirigen dentro del relato a Israel, a sus dirigentes y a sus tribus. También enseñan a quienes leen después a reconocer lo que Dios ha hecho y a responderle con fidelidad. La pregunta no es solo cómo obtuvo Israel una tierra, sino cómo debe vivir delante del Señor que lo liberó y lo estableció.

Autoría y fecha

El libro lleva el nombre de su protagonista, pero no identifica de manera expresa al responsable de su forma completa. Josué 24:26 afirma que Josué escribió palabras en el libro de la ley de Dios. Ese dato reconoce una actividad escrita suya; no dice que redactara personalmente todas las escenas que ahora leemos.

El final incluye las muertes y sepulturas de Josué y Eleazar, y recuerda el servicio de los ancianos que sobrevivieron a Josué (Josué 24:29–33). Por ello conviene distinguir al dirigente, las palabras que se le atribuyen y la presentación final de la historia. El texto no proporciona una fecha de composición ni permite fijar un año exacto para cada campaña. Su secuencia interna es clara: muerte de Moisés, entrada y establecimiento, despedida y muerte de Josué.

Género y manera de leer

Es una narración histórica con una perspectiva teológica expresa: cuenta acontecimientos, conserva discursos y reúne listas de lugares y límites para mostrar la relación de Israel con Jehová. Las campañas destacan acciones decisivas; los repartos siguen la lógica de las herencias tribales. Una lista de ciudades puede parecer menos dramática que un cruce de río, pero muestra cómo el don anunciado llega a comunidades concretas.

Las afirmaciones generales de victoria deben leerse junto con los detalles del propio libro. Josué 11:23 celebra la conquista y el descanso de la guerra; 13:1 reconoce que queda tierra por poseer. Las campañas principales, la asignación de territorios y la ocupación de todos sus lugares son aspectos relacionados que el relato distingue. La fidelidad de Dios se proclama sin ocultar tareas pendientes ni desobediencias del pueblo.

Recorrido del libro

Capítulos 1–5: encargo a Josué, exploración de Jericó, ayuda de Rahab, cruce del Jordán y preparación del pueblo en Gilgal. La entrada depende de la presencia de Jehová y renueva la memoria de la liberación.

Capítulos 6–12: Jericó, el pecado de Acán, Hai, el acuerdo con los gabaonitas y las campañas principales. Las victorias se relacionan con la palabra divina; el pecado dentro de Israel y las decisiones sin consulta también producen consecuencias.

Capítulos 13–21: distribución de las herencias, límites y ciudades, ciudades de refugio y lugares para los levitas. La sección termina celebrando que Jehová ha cumplido sus buenas palabras (Josué 21:43–45).

Capítulo 22: regreso de las tribus orientales y una controversia sobre un altar. La unidad del pueblo debe conservarse aunque sus herencias queden a distintos lados del Jordán.

Capítulos 23–24: exhortaciones finales, memoria de las obras de Dios y compromiso de servirle. Las sepulturas concluyen una etapa de la historia y dejan ante las generaciones siguientes la responsabilidad de continuar escuchando.

Santidad, juicio y misericordia

Los relatos de destrucción son severos y deben afrontarse con seriedad. La tierra no se concede porque Israel sea moralmente superior. Deuteronomio 9:4–6 relaciona la entrada con el juicio contra la maldad y con el juramento a los antepasados. Génesis 15:16 ya situaba ese juicio dentro de una historia de paciencia divina. Las disposiciones de Deuteronomio 20:16–18 explican además el peligro de adoptar los cultos de esos pueblos.

La condición de Israel no le permite tratar el mandato como una oportunidad de apropiarse de todo. El pecado de Acán suscita juicio dentro del mismo pueblo (Josué 7:1). A la vez, Rahab es preservada y llega a vivir en medio de Israel (6:22–25). La narración exige atender a la relación con Jehová, a su palabra y a la misericordia, sin reducir la historia a una oposición entre pueblos buenos por nacimiento y pueblos malos por nacimiento.

Estos mandatos pertenecen a la situación histórica narrada. La misión que Jesucristo confía a sus discípulos consiste en hacer discípulos, bautizar y enseñar sus mandamientos (Mateo 28:18–20). El libro de Josué no autoriza a una iglesia ni a un dirigente actual a emprender conquistas o violencia contra otros pueblos.

Josué y la esperanza en Jesucristo

La entrada en Canaán es un cumplimiento real, pero no agota la esperanza del pueblo de Dios. Hebreos 4:8–11 explica que, si Josué hubiera dado el reposo definitivo, no se hablaría después de otro día. Esa lectura conduce a escuchar con fe la voz de Dios y a reconocer que su salvación va más allá del establecimiento en una tierra.

Mateo incluye a Rahab en la genealogía de Jesús (Mateo 1:5). La mujer preservada en Jericó queda relacionada con la línea que conduce al Mesías, cuyo propósito es salvar a su pueblo de sus pecados (1:21). La conexión permite seguir la misericordia de Dios en la historia, sin convertir cada objeto o movimiento de Josué en un símbolo de Cristo.

Jesucristo es nuestro Señor y único Salvador (Hechos 4:12). La salvación se recibe por gracia mediante la fe; las buenas obras son fruto de esa gracia (Efesios 2:8–10).

Aplicación editorial

Al leer este libro, puedes aprender a confiar en la fidelidad de nuestro Padre celestial y a escuchar su Palabra bajo la guía del Espíritu Santo, quien da testimonio de Cristo y nos conduce en la verdad.

Regreso de las tribus orientales

Entonces Josué llamó a los rubenitas, a los gaditas y a la media tribu de Manasés, y les dijo: «Ustedes han guardado todo lo que les mandó Moisés, siervo del SEÑOR, y han obedecido mi voz en todo lo que les he mandado. No han abandonado a sus hermanos durante este largo tiempo, hasta el día de hoy, y han guardado lo que les encomendó el SEÑOR su Dios. Ahora el SEÑOR su Dios ha dado descanso a sus hermanos, como les había dicho. Ahora vuelvan y vayan a sus tiendas, a la tierra de su posesión que les dio Moisés, siervo del SEÑOR, al otro lado del Jordán. Solamente cuiden mucho de cumplir el mandamiento y la ley que les ordenó Moisés, siervo del SEÑOR: amar al SEÑOR su Dios, andar en todos sus caminos, guardar sus mandamientos, aferrarse a él y servirlo con todo su corazón y con toda su alma». Josué los bendijo y los despidió, y ellos se fueron a sus tiendas. A la mitad de la tribu de Manasés Moisés le había dado una herencia en Basán; a la otra mitad Josué le dio una herencia con sus hermanos al otro lado del Jordán, al occidente. También cuando Josué los envió a sus tiendas, los bendijo, y les dijo: «Vuelvan a sus tiendas con grandes riquezas, con muchísimo ganado, con plata, oro, bronce, hierro y muchísima ropa. Repartan el botín de sus enemigos con sus hermanos». Los hijos de Rubén, los hijos de Gad y la media tribu de Manasés regresaron y se alejaron de los hijos de Israel desde Silo, en la tierra de Canaán, para ir a la tierra de Galaad, a la tierra de su posesión, de la que habían tomado posesión conforme al mandato del SEÑOR por medio de Moisés.

El altar junto al Jordán provoca una crisis

Llegaron a las regiones del Jordán, en la tierra de Canaán. Allí los hijos de Rubén, los hijos de Gad y la media tribu de Manasés edificaron un altar junto al Jordán, un altar grande e imponente. Los hijos de Israel oyeron decir: «Miren, los hijos de Rubén, los hijos de Gad y la media tribu de Manasés han edificado el altar frente a la tierra de Canaán, en las regiones del Jordán, del lado de los hijos de Israel». Cuando los hijos de Israel lo oyeron, toda la congregación de los hijos de Israel se reunió en Silo para subir contra ellos en guerra. Los hijos de Israel enviaron a Finees hijo del sacerdote Eleazar a los hijos de Rubén, a los hijos de Gad y a la media tribu de Manasés, a la tierra de Galaad, y con él a diez jefes, un jefe por cada casa paterna de todas las tribus de Israel. Cada uno de ellos era jefe de su casa paterna entre los millares de Israel. Llegaron a los hijos de Rubén, a los hijos de Gad y a la media tribu de Manasés, a la tierra de Galaad, y les dijeron:

La preocupación por la fidelidad de Israel

«Así dice toda la congregación del SEÑOR: ¿Qué infidelidad es esta que han cometido contra el Dios de Israel, apartándose hoy de seguir al SEÑOR al edificarse un altar para rebelarse hoy contra el SEÑOR? ¿Es poca para nosotros la iniquidad de Peor, de la que no nos hemos purificado hasta el día de hoy y por la cual hubo una plaga en la congregación del SEÑOR? ¿Y ustedes se apartan hoy de seguir al SEÑOR? Si ustedes se rebelan hoy contra el SEÑOR, mañana él se airará contra toda la congregación de Israel. Pero si la tierra de su posesión es impura, pasen a la tierra que es posesión del SEÑOR, donde habita el tabernáculo del SEÑOR, y tomen posesión entre nosotros. No se rebelen contra el SEÑOR ni se rebelen contra nosotros edificándose un altar aparte del altar del SEÑOR nuestro Dios. ¿No cometió Acán hijo de Zera una infidelidad con lo consagrado, y vino ira sobre toda la congregación de Israel? Él no fue el único que murió por su iniquidad».

El altar como testimonio de la fe común

Los hijos de Rubén, los hijos de Gad y la media tribu de Manasés respondieron y hablaron a los jefes de los millares de Israel: «¡Dios de dioses, el SEÑOR! ¡Dios de dioses, el SEÑOR! Él lo sabe, e Israel también lo sabrá. Si fue por rebeldía o por infidelidad contra el SEÑOR, no nos salves en este día. Si nos edificamos un altar para apartarnos de seguir al SEÑOR, o para ofrecer sobre él holocausto u ofrenda de cereal, o para presentar sobre él sacrificios de paz, que el SEÑOR mismo nos pida cuentas. Lo hicimos por temor de que mañana sus hijos dijeran a nuestros hijos: “¿Qué tienen que ver ustedes con el SEÑOR, Dios de Israel? El SEÑOR puso un límite entre nosotros y ustedes, hijos de Rubén e hijos de Gad: el Jordán. Ustedes no tienen parte en el SEÑOR”. Así sus hijos harían que nuestros hijos dejaran de temer al SEÑOR. Por eso dijimos: “Hagamos ahora esto: edifiquémonos el altar, no para holocausto ni para sacrificio, sino como testigo entre nosotros y ustedes y entre nuestras generaciones después de nosotros, para prestar el servicio del SEÑOR delante de él con nuestros holocaustos, nuestros sacrificios y nuestras ofrendas de paz. Así sus hijos no dirán mañana a nuestros hijos: ‘Ustedes no tienen parte en el SEÑOR’”. También dijimos: “Si mañana nos dicen eso a nosotros o a nuestras generaciones, responderemos: ‘Vean la réplica del altar del SEÑOR que hicieron nuestros padres, no para holocausto ni para sacrificio, sino como testigo entre nosotros y ustedes’”. Lejos esté de nosotros rebelarnos contra el SEÑOR y apartarnos hoy de seguir al SEÑOR, edificando un altar para holocausto, para ofrenda de cereal o para sacrificio, aparte del altar del SEÑOR nuestro Dios que está delante de su tabernáculo».

La explicación preserva la paz entre las tribus

El sacerdote Finees, los jefes de la congregación y los jefes de los millares de Israel que estaban con él oyeron las palabras que hablaron los hijos de Rubén, los hijos de Gad y los hijos de Manasés, y les pareció bien. Finees hijo del sacerdote Eleazar dijo a los hijos de Rubén, a los hijos de Gad y a los hijos de Manasés: «Hoy sabemos que el SEÑOR está entre nosotros, porque no han cometido esta infidelidad contra el SEÑOR. Ahora han librado a los hijos de Israel de la mano del SEÑOR». Finees hijo del sacerdote Eleazar y los jefes regresaron de donde estaban los hijos de Rubén y los hijos de Gad, de la tierra de Galaad a la tierra de Canaán, a los hijos de Israel, y les dieron un informe. El asunto pareció bien a los hijos de Israel, y los hijos de Israel bendijeron a Dios. No hablaron más de subir contra ellos en guerra para destruir la tierra en la que habitaban los hijos de Rubén y los hijos de Gad. Los hijos de Rubén y los hijos de Gad dieron nombre al altar, diciendo: «Es testigo entre nosotros de que el SEÑOR es Dios».

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