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Ezequiel 23

NTBT-2026-11-07

Introducción a Ezequiel

Ezequiel conduce al lector desde la pérdida de Jerusalén hasta la promesa de una vida reunida alrededor de la presencia de Dios. Sus visiones, advertencias y anuncios de restauración afrontan una pregunta dolorosa: ¿qué futuro puede tener un pueblo que ha profanado el pacto y ha sido llevado al destierro? La respuesta descubre la santidad del Señor, la gravedad de la infidelidad y la misericordia con que él mismo limpia, reúne y renueva. La esperanza cristiana reconoce su centro en Jesucristo, el Pastor que entrega su vida y nos abre la comunión con el Padre por el Espíritu Santo.

El profeta y su tiempo

El libro presenta a Ezequiel como sacerdote, hijo de Buzi, llamado por la palabra de Jehová entre los desterrados junto al río Quebar, en tierra de los caldeos (Ezequiel 1:1–3). Su ministerio se sitúa en la crisis de Judá bajo el dominio de Babilonia. El destierro del rey Joaquín, ocurrido en 597 a. C., sirve de referencia para contar los años. Las revelaciones fechadas que el libro conserva abarcan aproximadamente de 593 a 571 a. C. Estas fechas describen el marco de los mensajes conservados; no ofrecen una biografía completa del profeta.

La primera visión menciona también «el año treinta», sin explicar de manera inequívoca el punto de partida de ese cómputo. Puede relacionarse con la edad de Ezequiel, pero esa posibilidad debe conservarse como interpretación. En cambio, el quinto año del destierro de Joaquín está expresamente identificado. El relato comunica muchas experiencias en primera persona y contiene asimismo la presentación del profeta en tercera persona. Su condición sacerdotal ayuda a comprender la atención a la santidad, la contaminación, el culto y la presencia divina.

Dos noticias permiten seguir la gran ruptura histórica: el anuncio del comienzo del sitio de Jerusalén en Ezequiel 24:1–2 y la llegada del sobreviviente que informa de la caída en Ezequiel 33:21–22. La destrucción de la ciudad ocurrió en 587 o 586 a. C., según el cómputo cronológico adoptado. El orden del libro sigue también propósitos temáticos: la revelación del año veintisiete en Ezequiel 29:17 precede a otra del año undécimo en Ezequiel 30:20.

El recorrido del libro

Capítulos 1–3: la gloria de Dios y el llamado del profeta. Jehová se manifiesta en la tierra del destierro y encarga a Ezequiel comunicar su palabra a un pueblo resistente. La imagen del centinela explica su responsabilidad: escuchar a Dios y advertir fielmente. El mensajero responde por su encargo; quienes escuchan responden por su conducta (Ezequiel 3:16–21).

Capítulos 4–24: el juicio sobre Jerusalén y Judá. Acciones simbólicas, discursos, relatos figurados y visiones desenmascaran la falsa seguridad de la ciudad. El templo no puede emplearse como garantía de impunidad mientras se practica la idolatría y se oprime al prójimo. La visión de la gloria que se aparta de Jerusalén muestra la profundidad de la ruptura (Ezequiel 11:22–25). Las advertencias culminan en la noticia del sitio.

Capítulos 25–32: la palabra del Señor a las naciones. Amón, Moab, Edom, los filisteos, Tiro, Sidón y Egipto quedan bajo la autoridad de Jehová. La hostilidad contra el pueblo, el orgullo comercial y la confianza en el poder reciben juicio. El escenario internacional no está fuera del gobierno de Dios; ninguna riqueza, alianza o grandeza imperial hace invulnerable a una nación.

Capítulos 33–39: responsabilidad y esperanza después de la ruina. La caída de Jerusalén transforma la situación de los oyentes. El Señor denuncia a los pastores infieles, promete buscar a sus ovejas y anuncia limpieza, corazón nuevo y su Espíritu. La visión de los huesos secos y la unión de las dos maderas comunican vida y reunión para Israel. La derrota de Gog afirma que la agresión no frustrará el propósito santo de Dios.

Capítulos 40–48: el santuario y la vida restaurada. El recorrido describe accesos, espacios, servicio y culto; la gloria vuelve a la casa. La tierra se ordena con límites para el poder del príncipe, provisión para quienes sirven e inclusión de extranjeros residentes en la heredad. El río que sale del santuario lleva vida, y el libro termina con el nombre de la ciudad: «Jehová está allí» (Ezequiel 48:35).

La santidad de Dios y la verdad sobre el pecado

La declaración de que conocerán a Jehová acompaña tanto el juicio como la restauración. Conocerlo incluye reconocer su autoridad, su justicia y su fidelidad. La denuncia alcanza prácticas concretas: violencia, soborno, extorsión, abuso y desprecio del extranjero, del huérfano y de la viuda (Ezequiel 22:6–12). El abandono de Dios daña la vida compartida. Por eso, la restauración del culto debe ir acompañada de un ejercicio justo de la autoridad.

El capítulo 18 confronta la pretensión de explicar la propia situación únicamente por la culpa de generaciones anteriores. La historia de la comunidad tiene consecuencias reales, y cada persona es llamada a apartarse de su propia maldad. El Señor anuncia vida al que vuelve y declara que no se complace en la muerte del malvado (Ezequiel 18:21–23). Ante quienes sienten que sus pecados los consumen, vuelve a llamar con urgencia al arrepentimiento (Ezequiel 33:10–11). La seriedad de la advertencia forma parte de su llamado misericordioso.

El corazón nuevo y el Espíritu de Dios

La renovación comienza en la iniciativa del Señor. Él reúne, limpia de los ídolos, sustituye la dureza del corazón y pone su Espíritu dentro del pueblo (Ezequiel 36:22–28). El corazón de carne expresa una disposición viva y receptiva frente a la insensibilidad de la piedra. La obediencia aparece como resultado de esa obra interior. El regreso a la tierra, por sí solo, no resolvería la infidelidad que había llevado al destierro.

La interpretación que Dios da de los huesos secos debe orientar la lectura: representan a toda la casa de Israel, que se considera sin esperanza (Ezequiel 37:11–14). El Señor promete abrir un futuro donde el pueblo solo ve muerte. La segunda imagen del capítulo añade la reunión de los reinos divididos, un solo pastor y un pacto de paz (Ezequiel 37:21–28). La aplicación personal de estas promesas necesita respetar primero ese destinatario y ese propósito.

Jesús promete que el Padre dará el Consolador para permanecer con los suyos (Juan 14:16–17). El Espíritu Santo es persona divina: guía en la verdad y glorifica al Hijo (Juan 16:13–15). Su obra nos conduce a Jesucristo conforme a la Escritura. Padre, Hijo y Espíritu Santo son el único Dios; sus personas permanecen distintas. La salvación se recibe por gracia mediante la fe en Cristo, y las buenas obras son fruto de esa vida recibida (Efesios 2:8–10).

Jesucristo, el Pastor y Rey de la esperanza

Frente a dirigentes que se alimentaron del rebaño, el Señor promete buscar, reunir, vendar y fortalecer a sus ovejas. Después anuncia a su siervo David como único pastor (Ezequiel 34:11–16; Ezequiel 34:23–24). La promesa une el cuidado de Dios con la esperanza real de la casa de David. El gobierno que restaura debe atender a los débiles y practicar la justicia.

Jesús se presenta como el buen Pastor que conoce a sus ovejas, reúne un solo rebaño y entrega voluntariamente su vida para volver a tomarla (Juan 10:11–18). Su muerte y resurrección fundamentan nuestra salvación y nuestra relación con el Padre. Ningún dirigente humano puede ocupar su lugar. Leer a Ezequiel desde Cristo permite reconocer la profundidad de esa esperanza y medir el servicio de quienes cuidan al pueblo por su fidelidad al Salvador.

El santuario, el río y la presencia de Dios

Las medidas y disposiciones finales expresan una vida ordenada ante la santidad del Señor. El centro del recorrido es el regreso de su gloria y la promesa de habitar en medio de Israel (Ezequiel 43:4–7). La administración de la tierra también debe responder a esa presencia: el príncipe ha de abandonar la violencia y respetar la heredad del pueblo (Ezequiel 45:8–9; Ezequiel 46:18). Los extranjeros residentes con sus familias reciben una participación real en la heredad (Ezequiel 47:21–23).

Las relaciones con Jesucristo requieren atender también a las diferencias. El príncipe de la visión prepara una ofrenda por sí mismo y por el pueblo (Ezequiel 45:22); Jesús es santo, sin pecado, y se ofrece por nosotros (Hebreos 7:26–28). Su sacrificio único y suficiente sostiene toda comprensión cristiana del perdón (Hebreos 10:11–14). La santidad y el culto de estos capítulos deben leerse dentro del conjunto de la Escritura, reconociendo la obra decisiva del Hijo.

El río nace del santuario y transforma aguas y riberas con abundancia de vida (Ezequiel 47:8–12). Apocalipsis retoma el río y el árbol de la vida, y los vincula expresamente al trono de Dios y del Cordero (Apocalipsis 22:1–3). La ciudad final tiene a Dios y al Cordero como su templo (Apocalipsis 21:22–23). Así, la esperanza de presencia que cierra Ezequiel se abre hacia la comunión plena con Dios, libre de muerte y dolor (Apocalipsis 21:3–4).

Cómo acercarse a sus visiones e imágenes

Conviene seguir cada unidad completa, identificar quién habla y a quién se dirige, y escuchar las explicaciones que el propio libro ofrece. Los actos simbólicos pertenecen al encargo particular del profeta; las alegorías de ciudades expresan la gravedad de su infidelidad. Su lenguaje intenso exige discernimiento y nunca concede permiso para ejercer violencia contra otra persona. Las imágenes de la gloria comunican una realidad divina que supera al observador; el vocabulario de semejanza ayuda a reconocer ese límite.

Los nombres antiguos, las cifras y las medidas deben comprenderse dentro de su contexto. Las diferencias de interpretación merecen una evaluación paciente; los parecidos entre un nombre antiguo y uno moderno no bastan para identificar pueblos actuales ni calcular acontecimientos futuros. La atención solicitada al profeta en Ezequiel 40:4 orienta también una lectura cuidadosa: mirar, escuchar y prestar atención al mensaje recibido. El propósito del libro se reconoce en la santidad, la justicia y la vida que proceden del Señor.

Aplicación editorial

Lee Ezequiel con reverencia y esperanza. Reconoce el pecado sin esconderte detrás de la historia de tu familia, de un cargo o de una institución. Acude a Jesucristo, nuestro Señor y único Salvador, y recibe por fe su gracia. Pide al Espíritu Santo que forme en ti una respuesta obediente a la Escritura. Al cuidar, trabajar o ejercer autoridad, procura el bien de quienes pueden ser dañados por tus decisiones. Busca ante todo la comunión con el Padre por medio del Hijo: la restauración encuentra su bien mayor en pertenecer al Dios que habita con su pueblo.

Las dos hermanas

La palabra del SEÑOR vino a mí: «Hijo de hombre, hubo dos mujeres, hijas de una misma madre. Se prostituyeron en Egipto; desde su juventud se prostituyeron. Allí fueron apretados sus pechos y allí manosearon sus senos virginales. Sus nombres eran Aholá, la mayor, y Aholibá, su hermana. Llegaron a ser mías y dieron a luz hijos e hijas. En cuanto a sus nombres, Aholá es Samaria y Aholibá es Jerusalén. Aholá se prostituyó cuando era mía y se apasionó por sus amantes, los asirios, vecinos suyos, vestidos de azul, gobernadores y oficiales, todos ellos jóvenes apuestos, jinetes montados a caballo. Se entregó a sus prostituciones con ellos, todos hombres escogidos de Asiria. Con todos aquellos por quienes se apasionó, con todos sus ídolos, se contaminó. No abandonó sus prostituciones de Egipto, pues se habían acostado con ella en su juventud, habían manoseado sus senos virginales y derramado sobre ella sus prostituciones. Por eso la entregué en manos de sus amantes, en manos de los asirios por quienes se había apasionado. Ellos descubrieron su desnudez, se llevaron a sus hijos y a sus hijas, y a ella la mataron a espada. Se hizo famosa entre las mujeres, pues ejecutaron sentencias contra ella.

Jerusalén no aprende de la caída de su hermana

Su hermana Aholibá lo vio, pero se corrompió en su pasión más que ella, y sus prostituciones superaron las prostituciones de su hermana. Se apasionó por los asirios, gobernadores y oficiales, vecinos suyos, lujosamente vestidos, jinetes montados a caballo, todos ellos jóvenes apuestos. Vi que se había contaminado; las dos seguían un mismo camino. Pero aumentó sus prostituciones. Vio hombres dibujados en la pared, imágenes de caldeos pintadas de bermellón, con cinturones ceñidos a la cintura y amplios turbantes sobre la cabeza, todos con apariencia de oficiales, semejantes a los babilonios, cuya tierra natal es Caldea. Se apasionó por ellos en cuanto los vio y les envió mensajeros a Caldea. Los babilonios vinieron a ella, al lecho de amores, y la contaminaron con sus prostituciones. Se contaminó con ellos y luego su alma se apartó de ellos con asco. Expuso sus prostituciones y descubrió su desnudez. Entonces mi alma se apartó de ella con asco, como mi alma se había apartado de su hermana. Pero multiplicó sus prostituciones, recordando los días de su juventud, cuando se prostituía en la tierra de Egipto. Se apasionó por sus amantes, cuyos miembros eran como los de los asnos y cuyo flujo era como el de los caballos. Así añoraste la depravación de tu juventud, cuando los egipcios manoseaban tus senos, los pechos de tu juventud.

Los antiguos amantes se vuelven contra Jerusalén

Por eso, Aholibá, así dice el Señor DIOS: Voy a levantar contra ti a tus amantes, de quienes tu alma se apartó con asco, y los traeré contra ti de todas partes: los babilonios y todos los caldeos, los de Pecod, Soa y Coa, y con ellos todos los asirios, jóvenes apuestos, todos gobernadores y oficiales, capitanes y hombres de renombre, todos montados a caballo. Vendrán contra ti con armamento, carros y ruedas, con una multitud de pueblos. Se apostarán a tu alrededor con grandes escudos, escudos pequeños y cascos. Les encargaré el juicio y te juzgarán conforme a sus leyes. Dirigiré mis celos contra ti y te tratarán con furor. Te cortarán la nariz y las orejas, y tus sobrevivientes caerán a espada. Se llevarán a tus hijos y a tus hijas, y lo que quede de ti será consumido por el fuego. Te quitarán la ropa y se llevarán tus hermosas joyas. Pondré fin a tu depravación y a tus prostituciones desde la tierra de Egipto. No volverás a alzar los ojos hacia ellos ni volverás a recordar a Egipto. Porque así dice el Señor DIOS: Voy a entregarte en manos de quienes odias, en manos de aquellos de quienes tu alma se apartó con asco. Te tratarán con odio, se llevarán todo el fruto de tu trabajo y te dejarán desnuda y descubierta. Quedará expuesta la desnudez de tus prostituciones, tu depravación y tus prostituciones. Se te harán estas cosas porque te prostituiste tras las naciones y te contaminaste con sus ídolos.

La copa de Samaria pasa a Jerusalén

Seguiste el camino de tu hermana, y yo pondré su copa en tu mano. Así dice el Señor DIOS: Beberás la copa de tu hermana, honda y ancha. Será motivo de risa y de burla; es de gran capacidad. Te llenarás de embriaguez y de dolor. Es la copa de horror y desolación, la copa de tu hermana Samaria. La beberás y la vaciarás; roerás sus pedazos y te desgarrarás los pechos, porque yo he hablado, declara el Señor DIOS. Por eso, así dice el Señor DIOS: Porque te olvidaste de mí y me arrojaste detrás de tu espalda, carga tú también con tu depravación y tus prostituciones».

La acusación y la sentencia contra las dos ciudades

El SEÑOR me dijo: «Hijo de hombre, ¿juzgarás a Aholá y a Aholibá? Declárales sus abominaciones. Porque han cometido adulterio y hay sangre en sus manos. Han cometido adulterio con sus ídolos y aun a sus hijos, los que dieron a luz para mí, se los ofrecieron como alimento. También me hicieron esto: contaminaron mi santuario aquel día y profanaron mis días de reposo. Después de degollar a sus hijos para sus ídolos, entraron en mi santuario aquel mismo día para profanarlo. Eso fue lo que hicieron en medio de mi casa. Además, mandaron a buscar hombres que vinieran de lejos. Se les envió un mensajero y ellos vinieron. Para ellos te bañaste, te pintaste los ojos y te adornaste con joyas. Te sentaste en un lecho suntuoso, ante el cual había una mesa preparada, y pusiste sobre ella mi incienso y mi aceite. En ella se oía el ruido de una multitud despreocupada. Con hombres de la multitud fueron traídos borrachos del desierto, que pusieron brazaletes en las manos de las mujeres y hermosas coronas sobre sus cabezas. Entonces dije acerca de la que estaba consumida por los adulterios: “¿Ahora se prostituirán con ella, y ella con ellos?”. Entraron a ella como se entra a una prostituta. Así entraron a Aholá y a Aholibá, mujeres depravadas. Pero hombres justos las juzgarán con la sentencia de las adúlteras y con la sentencia de las que derraman sangre, porque son adúlteras y hay sangre en sus manos. Porque así dice el Señor DIOS: Haz subir una multitud contra ellas y entrégalas al terror y al saqueo. La multitud las apedreará y las despedazará con sus espadas. Matarán a sus hijos y a sus hijas, y quemarán sus casas con fuego. Pondré fin a la depravación en la tierra. Todas las mujeres recibirán una advertencia y no imitarán la depravación de ustedes. Harán recaer sobre ustedes su depravación, y cargarán con los pecados de sus ídolos. Entonces sabrán que yo soy el Señor DIOS».

Derechos y atribución

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